Discursos machistas

Por qué las mujeres no deberíamos ser violadas

El diario español "El País" publicó un artículo titulado "por qué los hombres violamos" justificando y apañando conductas violentas y machistas. Desde el sur gritamos cada vez más fuerte que no nos callamos más y desandamos el discurso misógino para contestarle.

El lunes 30 de Abril el diario español “El País” publicó un artículo titulado “Por qué los hombres violamos” y firmado por el profesor de Ciencias Políticas Víctor Lapuente. En un intento de falsa objetividad científica, Lapuente intentó justificar en la biología y la sociología el comportamiento de los violadores. Su argumento se basó en tres puntos que forman parte de un discurso de complicidades y justificaciones que se expande y se filtra en la conciencia colectiva. Ante la falta total de veracidad y las grandes contradicciones con la empiria científica intentaré contestarle a Víctor Lapuente desandando su discurso sobre tres ejes fundamentales a la hora de escribir algo que será público: la veracidad, la lógica y la empatía.

El artículo de Lapuente plantea como primer punto que los hombres tienen conductas de abuso sexual hacia mujeres y cuerpos feminizados por las hormonas de la testosterona, las cuales dificultarían el “autocontrol” de sus deseos sexuales. Sin embargo, un estudio realizado en las Universidades de Zurich y Royal Holloway de London demuestra que esta teoría basada en pruebas de testosterona en animales es falsa. La hormona no reaccionaría de igual manera en animales que en seres humanos, dejando inválida la noción preconcebida de que la testosterona sólo provoca un comportamiento agresivo o egoísta en los humanos. Según los científicos que participaron de la investigación, “parece no ser la testosterona misma lo que introduce la agresividad sino el mito que la rodea”, como dice el neurocientífico de la Universidad de Zurich Christoph Eissenegger.

El segundo argumento del politólogo español se basa en que, a diferencia de la creencia popular en la que se funda la lógica patriarcal  -por la cual la mujer estaría emparentada a la sensibilidad y la introspección y al hombre con lo público, lo bélico y lo fuerte- sería falsa y que en cambio los hombres estarían fuertemente afectados en su sensibilidad por los preceptos patriarcales, la obligación de triunfar, de ser sustento económico de la familia, de no mostrarse sensibles ante lo que los rodea, etcétera. Hasta allí en nada disgrega nuestro interlocutor con la teoría feminista. Sin embargo, vale aclarar que si rastreamos un poco las raíces de este pensamiento surgen en gran parte gracias a pensadores hombres que en la antigüedad y la modernidad pusieron sus teorías en función de justificar desigualdades falsas. El propio Nietzsche, filósofo troncal de la modernidad occidental, diría: “La mujer no tendría el genio del adorno si no poseyera también el instinto de desempeñar el papel secundario”.

Sin embargo Lapuente basa su artículo en un dato más cercano e inexacto. Él dice que “el éxito profesional o social de nuestras parejas afecta negativamente nuestra autoestima. En contraste la confianza de las mujeres no se ve minada por nuestros logros”. En primer lugar, me parece importante revisar que las parejas no siempre son heterosexuales y partir de la base de que lo natural de esto es también infringir una violencia. Por otro lado, si algún hombre o mujer se siente afectada negativamente por los logros de su pareja, familiar, amigo o amiga cercana estamos hablando de una base de inseguridad e insatisfacción con su propio presente, que no parece resolverse en vistas de que aquella otra persona con mayor fortuna deje de tenerla.

Sin embargo, si las mujeres y cuerpos feminizados según Lapuente no nos sentimos afectadas por los logros ajenos (teoría con la cual disiento), debe ser porque hicimos mella de siglos de historia en que nuestros propios logros que fueron invisibilizados, nuestras creaciones adjudicadas a los hombres que nos rodeaban, y nuestras voces apagadas en función de nuestros padres, hermanos o maridos. No hay mejor ejemplo de esto que escarbar la historia del arte y la cultura para entender cuántos de los grandes logros masculinos no son más que plagios o robos de mujeres que al día de hoy en mayor o menor medida siguen sucediendo.

Si seguimos la línea de pensamiento de Lapuente sería extraño que luego de siglos de estar relegadas, subestimadas, maltratadas, violentadas, carentes de derechos, obligadas a realizar tareas domésticas sin retribución monetaria, negadas a entrar en los ámbitos de representación políticos, económicos y académicos, y condenadas a ser posesiones de los hombres que nos rodean las mujeres y cuerpos feminizados no hayamos salido a violar en estampida a todo hombre que se nos cruzara.

Tal vez porque, como dice la antropóloga argentina Rita Segato, la violación muchas veces tiene que ver con un diálogo y una demostración de poder entre masculinidades. “El crimen sexual no es del mismo tipo que los otros: es moralizador, castigador. El violador siente y afirma que está castigando a la mujer violada, por algún “desvío”, un desacato a una ley patriarcal. Por ende, él es un castigador, él no siente que actuó contra la ley, sino a favor de una ley que es una ley moral. Por otro lado el violador nunca está solo. Aunque actúe solo, está en un proceso de diálogo con sus modelos de masculinidad. Está demostrándole algo a alguien (a otro hombre) y al mundo a través de ese otro hombre.”

Finalmente, el último argumento que utiliza Lapuente en su imprescindible aporte a la teoría de género es en relación a la sensación de desplazamiento que tienen los hombres a través de los nuevos espacios profesionales y sociales que estaríamos ocupando las mujeres. Quiero recordarle al señor Lapuente que la violación es un acto casi tan añejo como la humanidad y que desde la época medieval el dueño del terreno tenía derecho a pasar la primera noche de bodas de cualquier campesina que se casara en sus latifundios, humillando públicamente y pertrechado su voluntad de elegir . Y que hay casos de violaciones famosas como el de Artemisa Gentilescci que datan del Renacimiento. Sin embargo, me gustaría saber si en su obtusa sensibilidad Lapuente es capaz de justificar los abusos intrafamiliares, la pederastía que la Iglesia Católica ampara e invisibiliza desde hace muchos años, o los casos como el que conocimos recientemente en el cual se violó a una beba de 1 años y 7 meses con la “nueva” participación de la mujer en el mercado laboral.

Si a pesar de todos estos argumentos el politólogo no busca cambiar de opinión, lamento decirle que su discurso cómplice que sólo intenta alivianar culpas y naturalizar la violencia no va a lograr que el movimiento feminista dé ni un paso atrás. Las violaciones son parte de una lógica patriarcal compleja e intrincada que solo haremos temblar en base a una gran introspección y cuestionamiento de todos los ordenamientos morales y sociales. En la práctica, si algo evidenció en estas semanas el hashtag #Cuentalo no es solo que las mujeres y cuerpos feminizados no nos callamos más, sino que somos conscientes y memoriosas, que sabemos encarnar en la nuestra las voces de las compañeras que nos arrancaron. Que lejos estamos de quedarnos paralizadas por el miedo, formamos nuestra propia red de contención, nuestra propia grupa. Así que señor Lapuente, por respeto a quienes escriben en otros medios de comunicación o por lo menos en respeto de lxs víctimas de violaciones, y a sus familiares y amigxs, la próxima vez que publique algo, piénselo dos veces.