Hijas del fuego, la última pelicula de Albertina Carri se estrenó en Buenos Aires luego de ganar la vigésima edición del BAFICI. ¿Road movie, pornografía o manifiesto político del goce?

No hay tecnología de los cuerpos cuando hay urdimbre, no hay jerarquías sino redes que se expanden, cuerpo a cuerpo, agua y fuego, los materiales se mezclan con los sabores y las texturas. “El cuerpo es relacional: constituido por relaciones. Internas entre los órganos, externas con otros cuerpos y afecciones, esto es, por la capacidad de afectar a otros cuerpos y ser afectado por ellos sin destruirse, regenerándose con ellos y regenerándolos. Un cuerpo es una unión de cuerpos”, escribió el filósofo Baruch Spinoza y, siglos después, Albertina Carri traduce la afectividad de los cuerpos al lenguaje cinematográfico.

Las imágenes incomodan por su naturalidad: primeros planos de escenas sexuales explícitas, látigos, dildos, shibari, frutas que se comen sobre cuerpos ajenos. Albertina Carri, incomoda. La última película de la directora argentina se estrenó el primero de noviembre en los cines de la Ciudad de Buenos Aires luego de haber obtenido el premio a la Mejor Película de la Competencia Argentina en la vigésima Edición del Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente –BAFICI-.

‘Hijas del fuego’. ¿Es una road movie, una producción independiente o una película porno?  ¿Importa acaso la respuesta? Carri tensa los límites. “¿Si no le quito la subjetividad al personaje sigue siendo una película porno?”, se pregunta desde la voz en off.

¿Si hay protagonismo femenino, deseo sin subordinación, goce que abunda pero no exagera, cuerpos diversos, prácticas sexuales no hegemónicas, sigue siendo una porno? ¿Se puede realizar una película porno insurrecta colmada de escenas de sexo explícito, cuyo fin no sea explícitamente excitar al espectador y su recepción sea colectiva?

En una entrevista que realizó para la página web de los ‘Premios Sebastiane’, Carri afirma que parte de la experiencia de la película es que se vea en salas para generar una experiencia compartida.

La fotografía realizada por Inés Duacastella y Soledad Rodríguez desliza el ojo de la cámara por entre los paisajes patagónicos. Por momentos, la iluminación barroca recuerda a las obras de Rubens como la escena de sexo entre varias mujeres ambientada en el altar de una iglesia.

Juegos con el lenguaje cinematográfico y la problemática sobre como reelaborar los codigos  de la pornografía son constantes. “El problema no es la representación de los cuerpos; el problema es cómo estos cuerpos se vuelven paisaje ante la cámara”, dice la voz en off de Carri.

Las hijas del fuego emprenden el viaje. Los cuerpos se empoderan, son diversos, libres, sin censura. Curvas, pelos, acentos y colores varios. Nada recuerda a las escenas sexuales pacatas y mal censuradas de las ficciones narrativas tradicionales, pero en la afectividad de los gestos, las caricias, los planos detalle, las siestas compartidas y la búsqueda de un placer ondulante -que se expande y se contrae como ondas de sonido- se distancia del porno tradicional.

La trama toma varias aristas de las relaciones entre mujeres, la búsqueda de vínculos amorosos sin exclusividad, el placer propio y compartido, la reciprocidad, los celos, la responsabilidad afectiva, la autoaceptación propia para construir empatía -y placer- con el cuerpo ajeno. Los lazos no se restringen a la sexualidad, las jóvenes funcionan como conjunto cuando enfrentan al marido violento del personaje que encarna Erica Rivas, demostrando que la creación de comunidades de afectos entre feminidades y disidencias también son gestos políticos.

Carolina Alamino es una de las protagonistas de la película. Sobre su experiencia cuenta que “fue un proceso muy hermoso y muy colectivo. Previamente discutimos mucho cómo filmar las escenas, cómo nos sentíamos cómodas, hicimos talleres de BDSM, de masturbación colectiva, naturalizamos andar desnudas, cosas que para el mundo como esta formado está mal. La diferencia con el porno tradicional es que dejamos de ser objetos y nos convertimos en sujetos. Todas las mujeres, lesbianas travestis y trans que participamos fuimos conscientes de la implicancia política de la peli y lo sentimos como una extensión de nuestra militancia feminista”.