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Keynesianismo cannábico: ¿Cómo es pegar porro en el Uruguay legal?

En la farmacia, en la casa o en un club. ¿Cómo se puede acceder a la marihuana en el primer país de Latinoamérica que legalizó la producción, comercialización y tenencia de la planta de cannabis? Crónica de un marihuanero en el Uruguay legal.

– «De parte de Berna», arranca la llamada el pibe, que no debe tener más de 15 años. Sin hola, sin buenos días, sin presentación. De parte de Berna, a modo de saludo y santo y seña. Después agrega: «Dos de 10 pesos».

-«En media en Donato y Cesar Díaz», responden del otro lado y cortan.

Ese pibe soy yo y Berna mi amigo del barrio. A mediados del año 2005, 20 pesos eran todavía una pequeña fortuna, así que juntamos entre varios para ir a comprar porro por primera vez a lo de «Luis». La secuencia, para nosotros, tenía más adrenalina de lo que la situación ameritaba, pero la prohibición implica peligro, ilegalidad, el hecho de transgredir la ley, de transformarse -en estrictos términos policiales- en un delincuente.

«El efecto más importante que ha provocado la regulación legal del mercado de cannabis es el desplazamiento progresivo de la actividad ilícita», explica Diego, y no puedo evitar acordarme de las secuencias de mi adolescencia. Diego es Olivera, secretario general de la  Junta de Drogas de Uruguay y directivo en el Instituto de Regulación y Control del Cannabis (IRCCA). Cuenta que desde que se legalizó la marihuana, el Estado uruguayo evitó que 25 millones de dólares fuesen capturados por las redes de narcotráfico, generados a base de contrabando y comercio de cargamentos gigantes de prensado paraguayo.

Uruguay rebatió de la manera más efectiva posible el oxidado argumento de la «guerra contra el narcotráfico»: hoy, la principal vía de afectación de los intereses narcos es la regulación estatal, y para eso existen tres vías de acceso para usuarios de cannabis: farmacias, autocultivo y asociaciones. La comercialización en farmacias autorizadas permite adquirir paquetes de 5 gramos, con un máximo de 10 gramos semanales y 40 al mes. La oferta permite elegir entre sativa o indica y el paquete cuesta unos 250 pe uruguayos, unos $370 de nuestros devaluados pesos, menos de 80 pesos el gramo. Eso sí: las flores traen un promedio de THC de entre 7 y 9% de psicoactividad, algo más bajo que el standard de consumo.

«Tenés que fumarte un buen bate», dice Hipólito, que atiende un Grow Shop en la calle Pérez Castellano por el centro de Montevideo. En el local venden todo tipo de merchandising: desde stickers con el Pepe Mujica rodeado de flores hasta soles de la bandera patria bajo el evidente efecto de algún cannabinoide. En el local no pueden comercializar marihuana, pero sí brownies o semillas. Las semillas cumplen un rol fundamental porque obedecen a la segunda línea de abastecimiento legal: el cultivo doméstico. Un máximo de 6 plantas para uruguayes y residentes. Y para los que no quieren farmacias ni mancharse las manos de tierra se les suma la tercera opción: la adhesión a clubes de membresía, que pueden contar con un máximo de 99 plantas y no más de 45 miembros. Siempre, claro, adultes y mayores de 18 años.

En febrero de este año fue detenido en Argentina Alejandro Di Tullio, un cosechador que producía marihuana para tratar los dolores de escoliosis de su pareja. El de Alejandro es sólo un ejemplo de miles: en los últimos años, en nuestro país, aumentó 145% la cantidad de detenidos por infracciones a la ley de drogas, la mayoría de ellos por pequeños volúmenes de marihuana.

Del otro lado del charco -y de la grieta-, en Uruguay ya hay casi 50 mil personas inscriptas en el registro oficial para acceder directamente al cannabis de farmacia. Además, Diego Olivera agrega que «la marihuana se caracteriza por usuarios que acceden por uso compartido. Los consumidores menos frecuentes no acceden directamente, por lo que, si proyectamos cantidad de usuarios, tenemos una proporción muy importante que se abastece de manera legal». En consecuencia, en Uruguay el narcotráfico se ha replegado fuertemente: el descenso de la comercialización se redujo a valores en los que apenas 1 o 2 cada 10 usuarios persisten consumiendo cannabis ilegal: el tristemente célebre «prensado paraguayo».

En Uruguay, el Estado ya no se dedica a perseguir sino a controlar y regular. «Tampoco nos dedicamos a producir: la ley no lo impide pero preferimos que produzcan privados», explican desde la Junta de Drogas. El esquema de cultivo y distribución para uso no medicinal en farmacias lo llevan adelante las empresas anotadas en el Instituto de Regulación del Cannabis. Hasta ahora sólo existen dos, pero ya hay otras tres con permiso en trámite. Cada una tiene autorización para producir hasta 2 toneladas, por lo que se espera que para 2020 la producción uruguaya legal de cannabis alcance las 10 toneladas de flores secas. Todas producen en un predio proporcionado por el Estado, con genéticas autorizadas por éste y comercializadas a un precio que se determina de antemano. Keynesiamo porrero.

Dentro de las iniciativas que quedan pendientes, Olivera explica que buscan ahondar en la investigación. Actualmente hay 14 licencias para investigación que permiten cultivar o manipular cannabis. La mayoría de ellas por intermedio de la Universidad de la República, y distribuidas en las áreas de medicina, odontología y veterinaria. Asimismo, está en discusión un proyecto de ley que otorga el 20% de los recursos obtenidos de la comercialización de marihuana a la investigación científica y crea un centro especializado de estudio sobre cannabis.

El cannabis sigue siendo la sustancia ilícita más consumida en el mundo. Según el Informe Mundial sobre Drogas de la UNDOC, se calcula que el número de personas que la habían consumido al menos una vez oscila entre el 2,9% y  el 4,3% de la población mundial de entre 15 a 64 años de edad. En Uruguay se legalizó la actividad, se reguló el circuito de producción y comercialización, se le cerró la canilla al narco y se le abrió a la investigación. Experiencias cercanas, para que la próxima tengamos alternativas cuando nos ofrezcan la salida de persecución a las drogas y guerra al narcotráfico.