Opinión

Crisis y COVID-19

Susana Presta es Doctora en Antropología (FFyL-UBA), investigadora adjunta del CONICET y profesora de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA). En este artículo analiza las tendencias de un nuevo orden mundial a partir de la biopolítica, la pandemia y la digitalización.

Estamos ante una situación dolorosa e incierta, sin embargo, la historia vivida en cada momento de nuestra cotidianeidad, nos interpela constantemente a preguntar, a cuestionar, a pesar de la angustia, el miedo y la esperanza. De modo que resulta imposible analizar nuestro presente sin una mirada en perspectiva de la historia. En este sentido, si queremos comprender la crisis actual, es necesario que abarquemos algunas dimensiones de lo que Foucault llama “superficie de emergencia histórica”.

Si miramos hacia atrás y, más allá de la famosa “burbuja financiera” y la “hipotecas basura”, la crisis de 2007 creó las condiciones materiales para poner en duda las instituciones del Estado, las garantías laborales y las políticas sociales y, con ello, desbloqueó un refinamiento de lo que se conocía como “tercera revolución industrial” (desarrollo de la informática y telecomunicaciones), hacia lo que hoy se conoce como “cuarta revolución industrial” (Big Data, Inteligencia Artificial, tecnologías de fabricación digital). Recordemos que la “tercera revolución industrial” fue desbloqueada a partir de la crisis del ’60 y profundizada con la crisis de 1973, que se descargó sobre la clase trabajadora con el avance de gobiernos dictatoriales en Nuestra América. Esto último, fue una condición de posibilidad para la implementación de los cambios organizativos, legislativos, productivos, económicos y culturales. Mientras tanto, la década del ’80 con la crisis de las deudas soberanas y en los ’90 con el “Consenso de Washington” terminó por consolidarlos.
Ahora, una nueva mutación del capitalismo entra en escena, acelerada y agravada por la pandemia, con la compulsiva implementación de formas de digitalización del trabajo.

En los últimos años, numerosos informes en relación al “futuro del trabajo” han sido producidos desde el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, el Banco Interamericano para el Desarrollo, la Organización Internacional del Trabajo, entre otros, los cuales plantean la necesidad imperiosa de una reforma educativa, laboral y previsional, el requerimiento de “habilidades blandas” (empatía, solidaridad, creatividad, innovación) y la necesidad de “adaptación y reciclaje” de los trabajadores y trabajadoras “obsoletos” que generaría la digitalización de los procesos productivos y del trabajo humano hacia formas asociativas de organización como formas de gestionar el conflicto social y generar consenso bajo la figura del “emprendedor”. Sabemos muy bien que lo que llamamos “neoliberalismo” no se reduce a un paquete de políticas de ajuste económico sino que se trata de una teoría social que pretende incidir sobre nuestra forma de relacionarnos, sobre nuestros valores y sentimientos. Es entonces imprescindible que nos preguntemos y cuestionemos toda “nueva normalidad”, todo “sentido común” construido e impuesto desde distintos sectores.

La crisis de 2007 sentó las condiciones estructurales para la actual crisis mundial. La creciente “nueva burbuja” de las deudas soberanas y corporativas que han crecido un 26% desde 2007 (no sólo de países “en desarrollo”), llevó a entidades financieras (J. P. Morgan y Moody’s) a elaborar una serie de informes que ya en 2018 y 2019, sostenían una crisis inminente en 2020, “peor que la crisis de 2007”. Ahora no hay “rescate” a las grandes corporaciones y entidades financieras, sino la valoración de la salud mundial como premisa. Mientras tanto las grandes corporaciones despiden, suspenden o reducen salarios en nombre del Covid-19.

Las transformaciones, otrora lentas y ahora aceleradas, se enfrentaron con la lucha social y popular que se armó con renovadas fuerzas en Nuestra América (Chile, Ecuador, Colombia, por ejemplo) y, así también, arremetieron los sectores hegemónicos con el golpe de Estado en Bolivia. Mientras tanto, Ecuador desgarra nuestros corazones con sus muertos tirados en la calle. Hoy día, con pandemia y aislamiento social, en Chile continúa la lucha. Esa es la consigna que une a Nuestra América contra los tempestuosos arrebatos de los grandes capitales y el neoliberalismo contra los derechos sociales y laborales.

Pero, entonces, vale preguntarnos: ¿Por qué todo lo que dije anteriormente tiene alguna relación con nuestra realidad “pandémica” actual?
La Organización Internacional del Trabajo estima la pérdida de 195 millones de empleos a nivel mundial a causa de la pandemia, así como desde distintos medios de comunicación, también se afirma que la actual crisis económica, financiera y socio-laboral es una consecuencia directa de la pandemia del Covid-19. No obstante esta lectura estratégica de la situación, la pandemia sólo constituye un doloroso agravante de la crisis, cuyas condiciones estructurales y concretas dieron rienda suelta a la financiarización del sector productivo. Los “grandes ganadores” son las empresas como Apple, Google, Facebook, Amazon, o sea, empresas líderes en el marco de la “cuarta revolución industrial”.

Biopolítica, pandemia y digitalización: tendencias de un “nuevo orden mundial”

Lejos de ser un tema actual, tanto en un artículo de Bill Gates del año 2015 publicado en el New England Journal of Medicine, como en notas de la página oficial de la Fundación Rockefeller e informes de Comisión Trilateral, se configuran algunos lineamientos hacia el “gobierno corporativo”. Ya entonces se planteaba la necesidad de la consolidación de la utilización de Big Data e Inteligencia Artificial para conformar formas de formas de vigilancia digital (biológica y social): creación de sistema global de vigilancia en el cual todos los países deben poner a disposición los datos de sus ciudadanos. De modo que la articulación entre Fundaciones y empresas de tecnología resulta imprescindible para aunar y analizar datos, tales como: registros de la actividad de los celulares, patrones de movilidad de los individuos, sondeos en la población acerca de lo que están viendo, conteos poblacionales, conexiones sociales. China y Corea del Sur son un claro ejemplo de la implementación de esto último en el marco de la pandemia. En los últimos días, el Reino Unido se sumó a dicha modalidad.

A partir del siglo XIX, se constituyen un conjunto de mecanismos por medio de los cuales los rasgos biológicos fundamentales de la especie humana, se convierten en parte de una estrategia política y una estrategia general de poder, es decir, resulta en la construcción de lo que Foucault llamó “biopoder”.
En el neoliberalismo, las tecnologías de poder no se centran tanto en las disciplinas sino en tecnologías de gobierno de sí mismo (que actúan sobre nuestro poder ser, sobre nuestros valores, sentimientos y afectos). Desde la posguerra de la Segunda Guerra Mundial, el neoliberalismo en sus distintas vertientes ha concentrado sus objetivos en la gestión y administración del conflicto social ante cada mutación del sistema capitalista. Con la pandemia, las formas en que se gestionarán del miedo y esperanza, no sólo por el Estado sino también por las grandes corporaciones, empresas y organismos internacionales, es una cuestión sobre la que debemos estar atentos.
Las consecuencias de la crisis y la pandemia, pueden implicar nuevos procesos de subjetivación (transformaciones en la construcción de relaciones sociales y construcción de sentidos). Desde la perspectiva de la biopolítica, existen tendencias hacia la construcción de un gran panóptico digital anclado en formas vigilancia y auto-vigilancia digital y el gobierno de las emociones. Sin embargo, la intención de terminar por construir a un sujeto encerrado en sí mismo (por miedo o esperanza de salvación), bajo una vigilancia constante sobre su tiempo y espacio de vida, con su cotidianeidad digitalizada, encontrará profundos obstáculos y contra-conductas. Resistencias que emanan de la fuerza de la vida misma.


Se habla de un “juego de guerra” (“war game”), en lo cual es necesario crear una institución global que pueda tomar decisiones por sobre la soberanía de los países. En un documento-borrador de la Comisión Trilateral para su reunión anual de 2008 titulado Global Health as a Human Security Challenge, se señala que, desde 1960, los líderes de EEUU plantearon la necesidad de expandir la idea de lo que la “seguridad” significaba, incluyendo a la pobreza y la enfermedad. Dicha idea de “seguridad ampliada” implica que cada individuo, cada comunidad debe construir su propia resiliencia o adaptación a las amenazas actuales o futuras antes que ser dependientes de que otros cuiden de ellos. Léanse, en este sentido, la des-regulación, privatización y des-financiamiento de la salud. Y el documento agrega que, generalmente, los países están más dispuestos a recibir ayuda por desafíos en temas de salud porque es menos controversial y amenazante, además de impactar en un nivel emocional profundo.

En su libro «La Doctrina del Shock. El auge del capitalismo del desastre», Naomi Klein sostiene el modo en que las catástrofes pueden terminar por legitimar políticas que antes encontraban fuertes obstáculos a nivel social. Si bien el brote de SARS en 2003 y la pandemia de Gripe A en 2009 no se comparan con el impacto social y económico del Covid-19, el punto es que el marco previo a la pandemia estaba signado por fuertes luchas sociales y políticas, por el avance contra los derechos de la clase trabajadora y el desplazamiento de la forma-salario hacia la forma-emprendimiento y heterogéneas formas de “trabajo autónomo”, por la profundización de la pobreza y la desigualdad. Rescatemos los aportes de Klein para evitar colectivamente que la actual pandemia resulte en un terreno fértil para avanzar con reformas estructurales del capitalismo.