No es amor, es trabajo no pago

¿Qué pasa con las trabajadoras domésticas en la cuarentena?

Frente a la pandemia del coronavirus, el trabajo doméstico parece ser la cara invisible de la sociedad productivista. Tradicionalmente realizada por mujeres, es una de las actividades peor pagas, más carentes de regulación y con menor acceso a la seguridad social en el mundo. ¿Cómo impactó el aislamiento en las trabajadoras de casas particulares?

Limpiar, cocinar, lavar, planchar, cuidar niñes, personas mayores o el cuidado no terapéutico de personas enfermas son parte de las tareas que en Argentina realizan diariamente alrededor de un millón de trabajadoras en hogares ajenos. El trabajo doméstico remunerado, una actividad tradicionalmente realizada por mujeres, es uno de los rubros peor pagos, más carentes de regulación y acceso a la seguridad social en el mundo. En nuestro país, este sector está compuesto en un 95% por mujeres, que en general tienen hijes a su cargo, y representa una de las actividades de mayor importancia entre las trabajadoras asalariadas. Solamente en la Ciudad de Buenos Aires, existen alrededor de 77.100 personas que se dedican al trabajo en casas particulares.

En estos días, y frente a la pandemia del coronavirus, el trabajo doméstico –una vez más – parece ser la cara invisible de la sociedad productivista. Los cuerpos de las trabajadoras y sus familias se encuentran expuestos a múltiples situaciones de incertidumbre y vulnerabilidad. Hace veinte días, en el estado de Río de Janeiro, en Brasil, se registró la primera muerte por coronavirus: una trabajadora doméstica de 63 años que realizaba tareas cuatro veces a la semana en un barrio pudiente de esta ciudad. Sus empleadores habían regresado de Italia y, si bien presentaban síntomas, no dieron aviso a la mujer para que dejase de concurrir a su lugar de trabajo. El médico que atendió a la trabajadora dijo que nunca trataron el caso como sospechoso de coronavirus. Un día después de su muerte, sus empleadores dieron positivo en el test de COVID-19.  Ya era demasiado tarde.

En Argentina, frente al aislamiento social preventivo y obligatorio, el Gobierno dispuso un Ingreso Familiar de Emergencia (IFE) que otorgará el ANSES. Entre quienes pueden recibir el bono de $10.000, se encuentran las trabajadoras de casas particulares. ¿Por qué? Porque representa uno de los sectores laborales que recibe peores salarios. Actualmente, según lo fijado por la Comisión Nacional de Trabajo en Casas Particulares (CNTCP), una persona con retiro que realiza tareas de limpieza cobra mensualmente apenas 17.150 pesos.

El mundo laboral de las trabajadoras de casas particulares es muy heterogéneo. Con retiro, sin retiro, en una casa o en varias, por horas, registradas o sin registrar, realizando tareas de lo más diversas, trabajando en countries o para familias de clase media. El denominador común es que todas están expuestas a múltiples desigualdades como las de género, clase y étnicas que generan contextos de absoluta vulnerabilidad social, económica y cultural.

Mientras transitábamos la cuarentena, el 3 de abril fue el día de las trabajadoras de casas particulares, que tiene su origen en el día de la promulgación de la Ley N°26.844 de Contrato de Trabajo para el Personal de Casas Particulares del año 2013. La nueva normativa, que vino a derogar un decreto-ley de la dictadura de Aramburu que rigió durante 57 años el sector, representó la extensión de derechos laborales y sociales a todas las trabajadoras domésticas sin importar el número de horas trabajadas. Desde entonces, si bien la tasa de registro laboral ha aumentado, se estima que un 78% de las trabajadoras en nuestro país continúa en la informalidad.

Vivir entre la negociación y la incertidumbre

En una nota del 17 de marzo, el diario La Nación titulaba: «¿Hay que darle licencia al personal doméstico durante la cuarentena?» La respuesta no debería sorprenderle a nadie, pero cuando se trata de trabajo doméstico es mejor aclarar.

El sindicato de la Unión del Personal Auxiliar de Casas (U.P.A.C.P.) comunicaba a sus afiliadxs que, a pesar de que sus empleadores den excusas y ellas estén o no estén registradas, tenían el derecho de no ir a trabajar durante el aislamiento social preventivo y obligatorio. A excepción de trabajadoras de la categoría 4 -cuidadoras de personas mayores- que no sean grupos de riesgo ni tengan hijos en edad escolar. Asimismo, los empleadores tienen la obligación de no despedir, deben abonar el salario de siempre y pagar mediante las vías que ofrece el gobierno. El sindicato también aclaró que el Ingreso de Emergencia “no es un pago a cuenta o sustituye al sueldo. No lo permitan. Es un error o una trampa (o una «avivada»), no tiene nada que ver con él o los sueldos que cobrás habitualmente; son dos cosas diferentes y separadas”.

Inmediatamente las redes se llenaron de consultas y testimonios que dan cuenta de que, si bien hay empleadores que cumplen, hay muchos otros que no. Y el sector está desprotegido y expuesto a diversos abusos. Muchas trabajadoras afirman que, desde que se decretó la cuarentena y no asistieron a sus lugares de trabajo, no les quisieron pagar más o las despidieron. En el caso de Delia (los nombres en esta nota fueron cambiados, para preservar la identidad) que vive en el barrio Riccardelli (ex villa 1.11.14) y trabaja una vez por semana limpiando una casa, su empleadora le dijo que le iba a pagar sólo por el primer período de la cuarentena -del 20 al 31 de marzo-, pero que luego “ya no se hace cargo”.

Algunos empleadores dicen que no tienen plata, otros que no les corresponde cobrar porque no están yendo a trabajar. Una trabajadora comenta enojada en la página de Facebook del sindicato que su empleador no le contesta: “Ni siquiera me pregunta cómo subsisto”. Es que el trabajo en casas particulares está marcado en muchos casos por la inestabilidad y la falta de empatía de quienes contratan, como explica Viviana, que trabaja limpiando casas por hora: “Yo no me puedo enfermar. Si yo me enfermo, yo no voy, yo no cobro. Esos trescientos, cuatrocientos, yo no cobro. ¿Y después qué?”.

Otro de los abusos por parte de los empleadores fue el cambio de categoría, como relata en primera persona una usuaria en las redes del sindicato: quisieron cambiarla de categoría 5 –limpieza- a la categoría 4 –cuidado-, categoría considerada esencial. Mientras tanto, a muchas le redujeron la cantidad de horas hasta tanto la situación se normalice e incluso hay casos donde les redujeron el sueldo.

Al ser un trabajo aislado, existe una marcada desigualdad de poder entre empleadas/empleadorxs frente a la negociación de salarios y condiciones laborales. “Estos problemas con mi empleador los tengo todos los meses cuando me tienen que pagar, siempre buscan la forma de sacarme algún peso. Son un dolor de cabeza”, cuenta Lucía, madre de 3 hijos que trabaja en una vivienda en la Provincia de Buenos Aires desde hace 7 años. Y concluye: “Es una gremio al cual nadie escucha. Tampoco tenemos esa fuerza para hacer un día de paro e imponer nuestros derechos. Las empleadas domésticas también somos personas. No somos esclavas que tenemos que trabajar de sol a sol haciendo de todo por migajas, y en los peores casos con malos tratos”.

“Habitar la fragilidad es más emancipador que suponerse empoderado”

Valorar el trabajo doméstico

En su cuenta de Twitter, la actriz Verónica Llinás publicó un video humorístico interpretando a una mujer que por primera vez intentaba prender una hornalla y hacerse unos fideos. La escena no está tan alejada de la realidad. En la nota de La Nación, Sandra, empleadora que respetó la licencia de su empleada, comenta al matutino: «Estamos mucho tiempo juntos, todo se desordena. Ayer fue la primera experiencia, sin ayuda y anoche mismo decidimos con mi marido organizar una lista de tareas y responsabilidades”.

Esa ayuda que no es ayuda, es trabajo. Trabajo mal pago que requiere mucha dedicación pero que también es el único ingreso para muchas mujeres, que, en su mayoría, tienen hijes que alimentar.

Seguramente por estos días que transcurren entre cocinar, limpiar, lavar, cuidar niñes y un infinito etcétera, muchos empleadores se encontraron por primera vez, como Sandra o la «cheta” del video de Llinás, con estas tareas esenciales para la sostenibilidad de la vida, que tienen que ser valoradas porque representan un importante aporte a la economía de las familias y del país. Y porque, como dice la historiadora Silvia Federici, eso que llaman amor es trabajo no pago.