El yugo de la clandestinidad sigue marcando los abortos

Romper el estigma

El 13 de junio de 2018, 129 diputades dieron media sanción al proyecto de Interrupción Voluntaria del Embarazo. Dos años después, El Grito del Sur reconstruye dos miradas -la personal y la profesional- de aquel hito inconcluso, que se chocó con el Senado de los dinosaurios. Parirás con dolor; abortarás también.

S. es S. pero podría ser A, B, C, D, E o muchas otras letras del abecedario. S. es S. porque abortó, como lo hacen miles de personas al año a pesar de que el Estado argentino aún no ha sancionado la ley que permite el acceso irrestricto. En esta nota no habrá nombres ni apellidos porque el aborto todavía es un estigma que se susurra en los baños, en los grupos de amigas, en las reuniones familiares. Porque el imaginario social no concibe la interrupción del embarazo fuera de la vergüenza y el trauma, del discurso de la confesión, del castigo introspectivo. Uno de los mayores pesos de la clandestinidad es el mandato de silencio obligatorio; otro, el del dolor. El deber infundado de que hay que sufrir por elegir no continuar un embarazo. El yugo de la mala mujer, la mala madre. Parirás con dolor; abortarás también.

S. tiene 20 años e interrumpió dos veces su embarazo, ambas con pastillas de misoprostol. La primera en la clandestinidad, la segunda en un CESAC. Aunque siempre estuvo a favor de la legalización de la IVE y sabía que no quería continuar gestando, S. debió enfrentar sus propios fantasmas, por donde se filtran los mandatos sociales, la presión de ser madre y la idea de que tener hijes es una meta principal en la vida de las mujeres. «No sentí culpa porque sabía que era mi decisión, pero sí vergüenza por esa idea inculcada de «tenés que cerrar las piernas» que no permitió que se lo diga a muchas amigas, incluso sabiendo que estaban a favor de la legalización. Eso era lo que más me pesaba: tener que ocultar lo que me estaba sucediendo. Era todo muy secreto y solo me amparé en un círculo cerrado de personas. Eso es lo que termina sucediendo en la clandestinidad, donde no hay un Estado que te acompaña».

Aunque nunca estuvieron a favor de la legalización, su familia fue capaz de acompañarla, enfrentándose a la realidad de que el aborto es una problemática trasversal y no solo algo que se ve detrás de un vidrio. Sin embargo, lo que para S. resultó fundamental fue tener contacto con las organizaciones que tejen redes feministas. «Yo no sé qué hubiera hecho si no tenía esos contactos. Creo que lo peor de la clandestinidad es que no sabés a dónde ir, la desinformación. Porque, por más de que haya muchas ideas de cómo se debe hacer, incluso páginas de Google, no circula información médica fehaciente”, explica. “La primera vez que quedé embarazada durante la ecografía me hicieron escuchar el latido. Me acuerdo que el obstetra me dijo: «Te felicito» sin siquiera saber si yo lo había planeado o no. En ese momento pensé en lo importante que es tener obstetras feministas».

Fotos: Catalina Distefano

V. es psicóloga, integrante de la Red de Profesionales por el Derecho a Decidir y coordinadora de Casa Fusa. Fusa es una ONG que trabaja realizando interrupciones legales del embarazo con pastillas y el método de AMEU en el marco de los causales establecidos por el artículo 86 del Código Penal desde 1921. “En la Facultad de Psicología te enseñan a mantener distancia con el paciente pero a veces es imposible, especialmente en esta área. Nos encontramos con historias de violencia y abuso donde (cuando quieren abortar) las mujeres siguen pasando por lugares donde las violentan. Choca escuchar el maltrato que reciben, no sólo en clínicas clandestinas sino en el sistema de salud, en los hospitales públicos y privados donde médicos y médicas utilizan su poder para seguir replicando esa violencia. En los lugares clandestinos a todas las duermen, por eso ni siquiera saben qué procedimiento les realizaron”.

Cuando hablamos de aborto hay más relatos de culpa que de alivio por terminar con un destino no deseado, como si ciertos relatos estuvieran más habilitados que otros, como si la decisión de interrumpir un embarazo solo fuera válida si es la contracara de una situación límite y no una opción motorizada por el (no)deseo. «Yo estaba decidida a hacerlo pero me sentía mal por ser la segunda vez. Antes del aborto tenía síntomas físicos, pero después del procedimiento la respuesta siempre fue un alivio mental y físico”.

Fotos: Catalina Distefano

“Existe una idea de que si elegís interrumpir tu embarazo tiene que doler; muchas están esperando que llegue el momento”- explica V. -“En verdad no duele. Tenemos la idea de que es una gran intervención y es un procedimiento como cualquier otro. Por los acompañamientos que hacemos acá, con una buena analgesia previa no resulta doloroso. La interrupción del embarazo no llega a ser traumática cuando se resuelve. Lo que genera el trauma en relación al aborto es el silencio, la oscuridad de tener que hacerlo en un lugar clandestino donde no se sabe qué va a pasar o si va a haber consecuencias físicas. Pero si se puede acceder a un servicio de salud interdisciplinario donde se pueda consultar, escuchar los motivos y tener opciones -como con cualquier otro procedimiento-, el trauma se diluye. Incluso cuando hay violencia alrededor, el aborto se resuelve. Después hay que abordar los otros temas, pero ahí el trauma no es por el aborto sino por los años que la mujer estuvo inmersa en una situación de violencia de género”.

En su libro “Un departamento en Urano”, Paul Beatriz Preciado explica que el útero es un órgano biopolítico donde se construye la soberanía nacional. “No cabe duda de que, de todos lo órganos del cuerpo, el útero ha sido históricamente aquel que ha sido objeto de una mayor apropiación política y económica. Cavidad potencialmente gestacional, el útero no es un órgano privado, sino un espacio biopolítico de excepción, al que no se le aplican las normas que regulan el resto de nuestras cavidades anatómicas. Como espacio de excepción, el útero se parece más a un campo de refugiados o a una prisión que al hígado, a un pulmón o un riñón”.

Fotos: Catalina Distefano

**********

En la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, 3815 de los 4110 abortos que se realizaron durante el año 2018 fueron en Centros de Salud y Atención Comunitaria (CeSAC) y el 26% a través de un de un tratamiento farmacológico. Si bien el misoprostol es uno de los métodos más seguros para interrumpir un embarazo, es importante aclarar ciertos conceptos al respecto. “Con el misoprostol, lo que sucede es que la indicación a nivel de los organismos internacionales es que se use en consonancia con otra medicación que se llama mifepristol; con esa combinación sí hay una efectividad de aproximadamente el 90%. En Argentina, la mifepristona no está aprobada por la ANMAT; por lo tanto, los efectores de salud no tenemos acceso. Otro tema con el misoprostol es que el tratamiento tiene que estar bien realizado y hay muchos profesionales que lo indican mal. El misoprostol bien administrado tiene un 85% de efectividad, el 15% que falla puede ser porque se utilizó mal o porque se utilizó muy tempranamente (se recomienda utilizarlo a partir de las 7 u 8 semanas)”, cuenta la psicóloga de FUSA.

«La segunda vez que decidí abortar fui al CESAC y recibí las pastillas. Mientras estaba en la sala de espera rellenando un formulario, conocí a una chica que había comenzado el procedimiento pero tuvo complicaciones y tenía que tomar las pastillas de nuevo no solo porque era su decisión abortar, sino porque además podía tener riesgos. En ese momento me enteré que no había más medicación en la salita y que yo era la última que había recibido las pastillas. Me sentí muy culpable así que le pedí su teléfono y la seguí acompañando en lo que podía mientras ella recorría hospitales y centros de salud. Meses después nos encontramos en la vigilia, cuando el proyecto de ley se votaba en la Cámara de Senadores. Nos dimos un abrazo re sincero y entendimos que estábamos ahí porque nosotras tuvimos que hacerlo de esa forma y no queríamos que más gente pasara por lo mismo».

Fotos: Catalina Distefano

“Educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar, aborto legal para no morir” es el triple lema de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito. Sin embargo, la Ley de Educación Sexual Integral aún no se aplica en muchos colegios y su presupuesto fue ampliamente reducido durante la gestión macrista. Por eso algunos -quienes hacen una lectura simplista de la situación- no terminan de dimensionar la intrínseca relación entre ésta y los embarazos no planificados. Aunque muchos y muchas de los funcionarios y funcionarias que votaron en contra de la ley de IVE -amparados en sus creencias religiosas- se respaldaron en la necesidad de proveer más educación sexual a los y las jóvenes, en general son estos grupos los más reticentes a integrar los contenidos a las currículas. En nuestro país se calcula que solo el 14% de las personas utiliza preservativo en todas sus relaciones sexuales, y si bien es una decisión mutua -y no es la intención de este escrito generalizar-, aún lo que más cuesta es que los varones cis acepten usarlo. Es por eso que no se puede pensar la interrupción del embarazo sin la cadena de factores sociales que la anteceden  y las posibles soluciones, tanto estructurales como inmediatas.

“Hay un estigma social que sólo las pobres abortan”- aclara V.- “En verdad, para todas las personas que tienen útero existe la posibilidad de que haya un embarazo no deseado y de que decidan abortar; el tema son las condiciones en las que cada persona lo hace de acuerdo a su estatus social. Las mujeres de clase alta, que no tienen ningún inconveniente económico, seguramente lo resuelvan rápidamente sin contarle a nadie y todo queda ahí encerrado. Las mujeres de bajos recursos no tienen esa posibilidad, por eso es importante que el aborto sea legal porque es una cuestión de salud pública que el Estado tiene que garantizar”.

Fotos: Catalina Distefano

Según la Red de Acceso al Aborto en Argentina (REDAAS), se estima que en nuestro país se realizan entre 370.000 y 520.000 abortos por año. Las muertes por abortos inseguros en Argentina representaron el 17% del total de las muertes maternas entre 2014-2016 y desde 1980 los abortos inseguros son la primera causa individual de muerte materna. Desde la recuperación de la democracia, se estima que han muerto 3030 personas con capacidad de gestar por abortos inseguros. En Uruguay, desde la legalización del aborto, el porcentaje de muertes por esta causa descendió de 37% a 8%.

El 13 de junio del 2018, 129 diputados y diputadas nacionales decidieron darle media sanción al dictamen de Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo. Si bien la decisión legislativa fue de ellas y ellos, el terreno para que esto sea posible fue allanado hace años por miles de personas con capacidad de gestar, muches de elles englobades dentro de la Campaña Nacional por el Aborto Legal, Seguro y Gratuito. La batalla se ganó en las calles, con un millón de cuerpos burbujeando y aunque dos meses después la Cámara Alta dilató el proceso, el resultado ya está cantado. S. es S. pero podría ser A, B, C, D, E o muchas otras letras del abecedario. S. es S. y en su relato se hacen eco muchos otros. S. es S. y frente a un grabador toma la voz para hablar, para que el aborto deje de ser algo que se susurre en los baños, en los grupos de amigas, en las reuniones familiares.