Alex Roig y los cambios en el mundo del trabajo, parte 1

Del Mayo francés a la Economía Popular

Nacido en Francia, criado entre mudanzas desde la Nicaragua sandinista a Barcelona y más tarde a Montevideo, Alexandre Roig eligió finalmente la Argentina como su lugar en el mundo. En plena crisis del 2001 vino para investigar desde la sociología el estallido popular que parió una época y hoy milita en los movimientos sociales hijos de aquel entonces. ¿Con qué mecanismos de despojo, cada vez más disimulados, el sistema precariza y empobrece a millones de personas? De todo eso charló en exclusiva vía Zoom con El Grito del Sur.

Es sociólogo, es francés, vino a investigar la crisis en el 2001 y se terminó quedando en Argentina. ¿Qué le falta a Alexandre Roig para convertirse en un personaje de novela?

Este investigador todoterreno  —estudió antropología, economía, historia, ciencia política— es uno de los creadores del Registro Nacional de Trabajadores de la Economía Popular (Renatep), una tarea en estos días en construcción.

Milita en el Movimiento Evita y desde finales de 2019 es asesor de la Secretaría de Economía Social que conduce Emilio Pérsico. Se trata del área desde la que los movimientos populares que integran el gobierno buscan generar políticas de Estado para el sector. Aunque la palabra sector, a esta altura, ya quedó chica. Los trabajadores que no encuentran lugar dentro del mercado laboral son hoy un cuarto de la Población Económicamente Activa. Vendedores ambulantes, cartoneros y recicladores, limpiavidrios, feriantes, trabajadores de la construcción, productores de verduras agroecológicas, trabajadores sociocomunitarios y varios etcéteras integran la economía popular, un término que engloba a los argentinos y las argentinas que en las últimas décadas debieron inventarse un trabajo. Son hoy seis millones de personas, un número que con la pandemia, lejos de disminuir, está en crecimiento.

La extensión de este fenómeno, su prolongación en el tiempo, obliga a repensar todo lo que sabemos relacionado al trabajo, incluso las preguntas que habría que formularse. Roig plantea algunas:

¿Con qué mecanismos de despojo, cada vez más disimulados, el sistema precariza y empobrece a millones de personas?

¿Por qué es tan costoso que la política entienda a la economía popular?

¿Qué imaginarios sociales y políticos nublan o deforman la visión del país real?

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Alex Roig nació en Montpellier, al sur de Francia, en 1976. “Mis viejos fueron de alguna manera hijos del mayo del ‘68. Ellos estaban bastante politizados y eso marcó mi relación con América Latina prácticamente desde que nací”, cuenta del otro lado de la pantalla. La entrevista es virtual, y este zoom que hacemos para la nota es uno de los muchos que él atraviesa por día desde que empezó la pandemia. Desde la militancia de las organizaciones populares lo llaman para capacitaciones y debates.

Sin embargo, pocos de los que lo escuchan hablar, explicando llanamente las transformaciones del mundo del trabajo, pueden imaginar su recorrido hasta llegar acá, su condición de europeo crecido entre mudanzas, libros al por mayor y cierta devoción heredada por América Latina. Tenía meses cuando su familia se fue a vivir a Nicaragua. En 1979 volvieron a Francia, luego se trasladaron a Barcelona (“era una casa a la que iban muchos exiliados chilenos y otros latinoamericanos”). A sus 17 años se volvió a mudar, esta vez a Uruguay. Adolescente en Montevideo, se reconectó con una sociedad de la que no había dejado de oír mientras crecía. “En mi familia había una fantasía muy grande sobre esta región, sobre la política en América Latina. Uruguay fue un regreso a eso. Y para mí un descubrimiento de cierta cultura política que yo no conocía hasta ese momento”.

Hizo en Montevideo el colegio secundario y los primeros meses de la facultad. Cruzaba seguido a Buenos Aires, con sus padres, y es fácil entender, al escucharlo, que ya entonces tuvo la idea de que podía sentirse cómodo de este lado del mapa.

A los 18 volvió a Francia para hacer la carrera universitaria. Estudió Ciencia Política en la Universidad de Toulose y Sociología Económica del Desarrollo en  L’École des Hautes Études en Sciences Sociales. Hizo un máster de Estudios del Desarrollo en Ginebra. “Y en realidad, me hice sociólogo con el tiempo, porque empecé estudiando ciencias políticas con una orientación en derecho, aunque al mismo tiempo estudiaba economía e historia.  Y después me puse a estudiar mucho más antropología”. Volvería a la Argentina con 25 años, ya con varios títulos bajo el brazo y la idea de hacer una tesis.  

Y acá viene un paréntesis: esta nota fue hecha en realidad con dos entrevistas. La primera para hablar del Renatep. En ese momento, buscando qué preguntar a Roig, apareció una parte de su historia. Daba para armar un perfil. ¿Y qué tal si la nota incluía alguna de sus ideas?

Porque lo que propone traduce el fondo de la búsqueda que hoy están haciendo los movimientos sociales.

Aquí van algunos fragmentos de la conversación: “Es necesario un proceso de reflexión para entender esta época, porque estamos en una situación similar a la que hubo en el siglo XIX con el auge del capitalismo industrial -señala Roig-. No es que entonces todo el mundo tenía claro que existía la plusvalía. La gran genialidad de Marx fue decir ‘esto que les está pasando se llama explotación, y esta sensación que vos tenés, de que hay algo que te falta se llama alienación y captación de plusvalor’. Pero hoy no alcanza para explicar lo que nos pasa, y muchas de las experiencias que tenemos son experiencias sin conceptos”.

“Por ejemplo, la experiencia de la deuda: es una experiencia que conocen muchos sectores sociales y es peor en los sectores populares porque las tasas de interés son más altas. No es lo mismo preocuparse por pagar tus deudas que preocuparte porque tu salario no alcanza para llegar a fin de mes. No es que sea mejor o peor, es otra subjetividad. Y a eso hay que nombrarlo”.

Y lo que está por nombrar es más de una cosa, porque “¿cuál es la gran operación, la gran transformación del capitalismo después de fines de los años ‘60? Fue que, justamente, fue disimulando cada vez más su proceso de explotación. ¿Cómo? Acumulando más allá del trabajo, de la plusvalía. Sigue acumulando porque, aunque no haya patrón ni plusvalía, finalmente vos pagás todo con tu trabajo. No con otra cosa que con trabajo”.

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Roig es un entrevistado con muchos costados, y todos aportan a lo que piensa. Su aspecto más académico está ligado a la UNSAM, universidad donde dirigió la facultad de sociología, y en la que continúa. Desde allí, en 2009,  llevó esa carrera a la cárcel de San Martín, en una experiencia poco frecuente, si se piensa que los presos suelen estudiar Derecho, no Sociología. Pero lo más atípico del lugar es que cursan juntos presos y guardiacárceles.

En la cárcel, constató que al Vigilar y Castigar no tenía ni que explicarlo porque a Foucault lo captaba todo el mundo, sin formular objeciones. En cambio, sus estudiantes podían enredarse en discusiones interminables sobre si la educación superior era transformadora, o tan transformadora como para dejar de delinquir. Obviamente, había quienes apuntaban que la universidad servía, sí, pero para que no te den la cana.

Participó también de la creación de un colegio secundario técnico dependiente de la Universidad de San Martín en José León Suárez. Quienes conocen el territorio señalan que ese colegio fue un antes y un después para los pibes de la región.

Del viaje a la Argentina recuerda el avión vacío. ¿Quién quería mudarse a Buenos Aires el 10 de diciembre de 2001? Sólo alguien con ganas de estudiar una crisis.

Llegó en los días del corralito, faltaba poco para la caída de Fernando De la Rúa.

Tenía un contrato de trabajo en la embajada de Francia que le permitía, además de hacer su tesis, zafar del servicio militar que por entonces era obligatorio en Francia, pero reemplazable por una cooperación internacional.

Se acomodó rápido a la vida en Buenos Aires, aunque pronto tiró a la basura el tema de la tesis. “Cuando vi la salida de la convertibilidad me metí mucho más a estudiar los fenómenos monetarios”. Se vinculó además con un grupo de estudio que hacía investigación de acción participativa en asentamientos del conurbano.

Así desembarcó en el barrio 8 de Mayo, el primer lugar del Gran Buenos Aires que conoció, en José León Suárez, pegado al Ceamse.

Dice sobre las organizaciones barriales nacidas del 2001: “Estaban llenas de acciones y de preguntas. Tenían una vitalidad impresionante. Yo, por mi parte, llegaba de una sociedad europea donde reinaba una especie de fatalismo sobre la situación del desempleo. Porque vengo de una familia donde mucha gente estuvo y está desempleada, desde hace años,  y la verdad es que veo un desasosiego… la desocupación se acompaña de cierta seguridad material, porque los sistemas de protección social son mejores, pero el sinsentido de la vida es tremendo”.

“Y es un sinsentido que no tiene solamente que ver con la cuestión del trabajo. El hecho de que la política no pueda dar respuesta al desempleo, implica que a la política le cuesta producir un sentido común en la sociedad europea. Los discursos se mordían la cola permanentemente, ningún discurso planteaba que habría que pensar la cosa de manera distinta. En cambio acá, en Argentina, es todo mucho más tensionado, mucho más conflictivo, pero hay disputa de sentido”.

“Encontré una vitalidad impactante. Había millones de personas que decían ‘no, miren que nosotros somos trabajadores. Aunque estemos desempleados’. Ese desplazamiento todavía hoy me sigue fascinando. No hay muchos casos donde un proceso social, colectivo, resiste de esta manera la imposición de un nuevo imaginario. Eso es algo que implica una ruptura fabulosa”.

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«Queremos definir cuánto debe ganar un cartonero o una mujer que trabaja en un merendero»