Las voces de la Plaza

Néstor, santo de nuestra devoción

El mural pintado sobre las baldosas de la Plaza de Mayo se convirtió en una suerte de altar, al que miles de personas acercaron ayer velas, flores y plegarias para recordar a Néstor Kirchner. Las voces de la Plaza, entre homenajes y el recuerdo de quien "devolvió la fe en la política".

Una de las condiciones básicas para la invención de un santo popular es que tenga su propio altar donde rendirle culto, donde ir a llorarlo o a pedirle. En algo muy parecido a eso se convirtió ayer la Plaza de Mayo para les miles que muy despacio, a medida que bajaba el sol, se acercaron con velas y flores para despedir nuevamente a Néstor Kirchner, diez años después de aquel estallido de devoción que lo inmortalizó. Algunes intentaron mantener la distancia social alrededor del mural con el rostro del ex presidente pintado sobre las baldosas, otros se amucharon en contacto estrecho contra las rejas de la Rosada, pero todes con la misma parsimonia de una peregrinación. Hubo quienes habían estado allí mismo el 27 de octubre de 2010, hubo otres que lo conocieron años más tarde por YouTube, hubo madres con sus hijes, militantes de las secundarias, de los barrios, de los gremios, vecinos llegados en auto o en tren desde el conurbano, desocupados, jubilados, porteños de clase media, y a todes les brotaban palabras similares, que se referían más o menos a lo mismo: “Néstor nos devolvió la fe en la política y la democracia”, “gracias a él volvimos a creer en que se pueden cambiar las cosas”, “hablaba y te convencía”, “cuánta falta nos hace hoy”, “más que un presidente, fue un compañero”.

MURAL, MURGA y CARAVANA

Cerca de las siete de la tarde, llegó el turno de encender las velas y colocarlas alrededor del mural pintado sobre las baldosas, con la figura de un Néstor de traje y corbata. Ramón y Alcira, dos jubilados porteños, habían tomado la posta y repartían velas a la gente que seguía llegando. Su idea era participar de la caravana desde de su Fiat Palio, pero las ganas de llevarse algo, algún souvenir, algún recuerdo –ambos son fotógrafos aficionados– pudieron más. Estacionaron el coche sobre Diagonal Sur para bajarse y llegar a pie a la Plaza, no sin cautela. El miedo de adentrarse entre la gente fue cediendo y se los veía repartiendo indicaciones sobre cómo acercarse al altar improvisado. “Veníamos con ganas de ver pibes jóvenes, de sentir que vamos pasándole la posta a los que quizás no vivieron lo que fue su Gobierno ni toda la historia del peronismo. Esto nos reconforta”, explicaba Alcira, señalando a su alrededor. “Acá, de esta plaza, me fui expulsado por Perón, que habló ese día detrás de un blindex. Creo que hemos aprendido y que lo más importante es la democracia, y Néstor le devolvió a toda esta gente esa apuesta por la democracia y la política”, reflexionaba Ramón. “Se lo extraña mucho”.

Alrededor suyo se tocaba el único bombo que se vio en la plaza, se tomaba cerveza (“más fría que el pecho de Macri”, bromeaba un cervecero) y se conversaba en rondas no muy numerosas, separadas por varios metros entre sí. La sensación que reinaba era una contradicción entre el abrazo afectuoso y el calor humano del encuentro de toda marcha y el miedo a un probable contagio. Del grupo del bombo, de la CTA, surgió el primer canto de la marcha de la tarde, entonada con cierta timidez. Alrededor de la plaza, como en remolino, seguían circulando autos, formando un coro de bocinazos. La venta de merchandising peronista se multiplicó: se vendían gorras, posters, remeras, banderines, estampillas, prendedores, barbijos y encendedores con los símbolos clásicos. A un costado del altar, una pantalla y unos parlantes reproducían discursos icónicos del ex presidente, como aquel del 24 de marzo de 2004 en que pidió “perdón en nombre del Estado” por la impunidad de los genocidas hasta entonces. También de Cristina, hablando de “él”. Un Néstor inflable, vestido con un barbijo gigante que rezaba “el amor vence al odio”, coronaba la escenografía. Había el suficiente espacio para ir y venir y recorrer, como si fuese una feria de barrio.

Foto: Catalina Distefano

LAS REJAS DE LA ROSADA

Ángel, de 57, y Adriana, de 29, son vecinos. Viven en el mismo piso de un edificio de Balvanera. Se conocieron y se hicieron amigos inseparables de marchas defendiendo al gobierno de Cristina cada vez que se cruzaban en el palier o el ascensor, no recuerdan hace ya cuánto tiempo. Llegaron juntos y se agolparon cerca de las rejas de la Rosada, bien atentos a la salida de funcionarios, que no los defraudaron: primero Alberto se asomó al balcón, generando una mini avalancha, y más tarde Wado de Pedro, “¡Guadito!”, hizo lo propio sobre la calle Balcarce y chocó palmas como las estrellas de rock. Los dos hablaban con el lenguaje “ultra K”. “Odiaba verlo al mamerto bailar cumbia allá arriba como el pelotudo que es”, disparó Adriana, sonriendo. “Que haya salido Alberto me pagó el hecho de haber venido acá”.

Foto: Catalina Distefano

EL REENCUENTRO

Agustina (33), Sebastián (38) y Guillermina (28) se conocen de haber militado en San Cristóbal, en una UB de La Cámpora de la que fueron y vinieron durante años. Se encontraron de casualidad (o no tanta, era fácil identificar a los propios caminando por ahí) después de una larga asuencia, en la que medió la cuarentena. “Es raro todo esto, muy raro”, dijo él. “Pero teníamos que estar igual”.

Foto: Catalina Distefano

“Es una mezcla de nostalgia y felicidad”, resumió Guillermina, que recuerda muy bien dos cosas: que estaba trabajando en el censo cuando oyó no sabe si en la tele o la radio o de boca de uno de los que fue a encuestar ese día la noticia terrible de la muerte de Néstor. Terminó de trabajar a las cinco de la tarde, en Constitución, y se mandó a la Plaza a despedirlo. Recuerda la lluvia torrencial que la recibió y la multitud de gente llorando y gritando cosas inentendibles, entre cantos peronistas y frases de amor gritadas al viento, las gargantas ahogadas, la transpiración. También se acuerda que exactamente una semana después, agarró sus cosas y se mandó a la UB en la que militó durante años, para nunca más dejar de hacerlo. “Ya era kirchnerista, pero no fui militante hasta ese día”.

Foto: Catalina Distefano

MADRE E HIJO

Valeria, de 42 años, llegó de la mano de su hijo Lucas, de 23. Ambos son de la «República Autónoma de Mataderos», al punto que no se consideran porteños. «Las marchas de la capital siempre son gorilas», dice él. Valeria coincide. Ella estuvo en la Plaza hace 10 años, pero él se queja de que no lo trajo. «Eras muy chiquito», replica la madre, y agrega que en realidad no sabe cómo fue que llegó a la Plaza en 2010, que las piernas le caminaban solas, que llegó sola y la multitud resultó tan abrumadora que se sintió perdida. Igual logró entrar a ver el ataúd. «Néstor nos hizo volver a creer en la política», dicen ambos casi a coro, en sintonía con casi todo el resto. A la vuelta, los esperaba otra cena familiar: Valeria tiene seis hermanas y «todas son kirchneristas».

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