Relato del primer día de cuarentena

Día uno: relato de lo que pareció (y fue) el agónico fin del mundo

El día que se declaró la cuarentena, María del Mar Ramón empezó a escribir un diario describiendo el sismo personal y político que significaba para ella el encierro. La primera hoja de un relato de lo que, por momentos, pareció el fin del mundo.

El día que se declaró la cuarentena empecé a escribir un diario. Algunas de mis predicciones catastróficas tuvieron lugar y otras no: no pinté nunca, la pasé mal con el cuerpo y después no tanto, nadie cercano murió (por suerte), me mudé de ese departamento, engordé y no pasó nada, lloré mucho en muchos lugares de mi casa muy intensamente, sentí que me rendía y fracasaba, la gente que la pasaba mal la está pasando peor y el mundo sí es un lugar peor, hice ejercicio con bidones de agua, volví a fumar y escribí una novela. Meses después, luego de la mudanza, decidí publicar parte del relato.
La primera hoja de un relato de lo que, por momentos, pareció (y fue) el agónico fin del mundo.

19 DE MARZO 2020

DÍA 1

Estaremos, todo en futuro, en un aislamiento social. O distanciamiento, como les gusta llamar a esta serie de medidas que buscan alejarnos a unos de los otros mientras el mundo se ve amenazado por una pandemia no tan mortal, pero muy contagiosa que desploma las bolsas, a los viejos y las certezas sociales. Nuestro contacto es peligroso. Somos tóxicos para los demás. Nuestros abrazos, besos y afectos podrían contagiarnos y matarnos. Nunca una metáfora fue tan literal.

La gente dice que nunca había vivido algo así. Es la primera vez que cierran las fronteras de los países y todos estamos obligados a quedarnos en nuestras casas para no propagar “el virus”, el COVID-19, del que queremos saber, creemos que sabemos y volvemos a enterarnos todo el día el loop. Vino de unos murciélagos, pero no se sabe bien cómo pasó de los bichos a los hombres. Por estos días hemos aprendido un montón de epidemiología, de medio ambiente, de virus, de psicología y de economía.

La cosa es que parece que es todo culpa nuestra por deforestar lugares que no deberíamos deforestar y comernos bichos que no deberíamos comer. Todo el tiempo sabemos de estas cosas que son culpa de los seres humanos y sabemos de especies que están en vía de extinción, pero la mayoría de las veces (al menos a mí), no me interesa. Hasta ahora. El presente distópico que habitamos hace que nos tengamos que preguntar por la urgencia de la sostenibilidad y todas esas angustias que por lo general me parecen de gente blanca, rica y desconsolada que prefiere cuidar secoyas antes de tocar, cuidar y pensar en los pobres. Bueno, ahora imagino que esta crisis causada por la sobrepoblación, la deforestación y el aniquilamiento de especies seguro van a producir muchísimos más pobres. Que los que ya son pobres la van a pasar muchísimo peor, y ahí todos esos jipis ricos de GreenPeace me parecen más humanos. Al menos siento que estamos del mismo lado.

En este momento estoy en mi casa. Se pronostican aislamientos totales y muchas catástrofes, pero mi mamá me dice que procure no pensar en el futuro y su consejo escueto y obvio me resulta lo más lógico y sensato para hacer. Por ahora no hay futuro. El futuro no existe y este cráter en la cotidianidad hace que hasta refugiarnos en la ficción sea una buena manera de imaginar el porvenir. Las medidas a tomar cambian todos los días, los diagnósticos, las preguntas, los enfermos y las soluciones también. Miro mi casa y me parece un lugar hostil. El lugar que amo la mayoría del tiempo, ahora, ante la amenaza de tener que quedarme acá hasta nuevo aviso, me roba el aire. La odio, me parece chiquita, detesto los lugares que todavía están sucios y cada una de las insulsas maderitas de su piso me parece monótona. Después pienso en las noticias de esa pobre gente atrapada en no sé dónde sin poder volver a lo ridículo de su propio suelo y quiero abrazarla y pedirle perdón.

He hecho las compras y los planes: si todo se pone terrible iré a esconderme a la casa de mi amiga y su familia, o eso pienso para consolarme. Quisiera ir a la casa de la mía, pero están en otro país, uno que seguramente tratará la crisis peor, pero en el que soy más rica. Como con todas las cosas, en un país sin Estado, como el mío, los ricos seremos impunes. O más impunes. O seguramente encontraremos la manera de que los que menos tienen no puedan acceder a la seguridad, bienestar y felicidad de los que tenemos más.

Antes de empezar lo que sea que hay que empezar, mi prima, que es psicóloga me ha preguntado cómo me siento. Me lo dijo porque mi psicóloga me había dado de alta hace unos meses. Me siento mal, angustiada y fatalista. Me dijo que sí, que es normal, que soy una persona para la que el aislamiento es riesgoso en términos psicológicos. Enumeró las razones con terminología técnica: ansiedad por desórdenes alimenticios, antecedente de una ciclotimia muy fuerte que me dio hace años (cuya sigla no recuerdo y me da pereza buscar).

No sabía que podía ser un grupo de riesgo psicológico. Pensé que de salud zafaba por mi edad y que estaba todo bien, pero no. Primero: me da pánico la enfermedad. Eso, si bien no importa la normalidad, me hace vivir menos tranquila. La idea de estar enferma me da taquicardia y sólo puedo pensar en desenlaces fatalistas. Sentirme mal del cuerpo, verme fallar, es algo a lo que no tengo tolerancia en mi vida habitual. Todo eso, sumado a muchas otras cosas, hacen que sea una persona muy ansiosa puesta ahora en la situación excepcional de una pandemia que nos obligará a aislarnos y tratar de no pensar cada minuto en las mil formas de apocalipsis que vamos a atravesar.

Sin embargo, en la vida cotidiana considero que soy masomenos funcional. No he tenido ataques de pánico que haya podido identificar, la paso mal, me angustio de más y lloro mucho, pero eso le pasa a la mayoría de la gente y no me impide trabajar, pagar impuestos y hacer esa clase de cosas que dan cuenta de la “normalidad”. Ahora no podré.

Mi prima psicóloga tiene razón: tengo pánico a engordar. Es un pánico que nunca podría confesar por las cosas que hago en la vida habitual, pero ese riesgo me genera mucha ansiedad. Engordar, atiborrarme de comida, comerme toda la comida que compré para la cuarentena. Hacer ejercicio en la casa me parece idiota y la idea de levantar bidones de agua me da vergüenza ajena. Tampoco quiero fumar de más, porque imagino que para una infección respiratoria está bueno no fumar. Aunque dará igual llegada la hora. Pero bueno. No quiero pensar en la comida compulsivamente ante la inminencia de no poder distraerme, ni poder salir, ni poder cuidarme con el fin de que otros me vean. De que alguien más verifique mi disciplina, mi sanidad y mi cordura. Por otro lado: no me quiero enloquecer. Le temo al escenario depresivo de perder la cordura funcional que ostento y empezar a tener pensamientos suicidas, o esa clase de cosas que no me pasaron nunca, pero que a veces temo que estén todas escondidas tras una puerta de mi cabeza emboscándome. Como ahora. Con todo este espacio para jugarme una mala pasada.

Después temo por mi familia. Temo por la distancia y la idea de la muerte me cierra la garganta de miedo. No sólo la muerte, el duelo de la muerte: puedo imaginarlo desde acá. El desgarro de no poder despedirme, la secuencia de llorar con la cara mojada, tener que tomar antidepresivos, la angustia de no poder viajar y escuchar audios del celular aferrándome a ese último recuerdo de la sonoridad. Tengo tanto miedo de la muerte que soy capaz de construir duelos ajenos en mi mente con sumo detalle, como si fuera posible un simulacro de ese duelo. Una simulación emocional. Pensar en cómo serían los mensajes de las redes sociales, las caras de los velorios, los trámites de viaje. El miedo que me genera el duelo hace que lo viva antes de que pase. Ahora le añado la cuarentena, la distancia, el trámite riesgoso y el no poder abrazar.

Así que para salir de ese pensamiento circular, escribo. Pienso tratar de escribir estas cosas durante el tiempo que “esto”, lo que sea que es, dure. Pienso en narrar el mundo antes y durante lo que esperamos que pase. También con asombro de nuestra propia capacidad para acostumbrarnos y construir cotidianidad en una tragedia. Escribir no me hace bien, pero me saca del pensamiento obsesivo. Ponerlo en palabras me obliga a darle una narrativa y ponerle una dimensión, un tamaño: Arial 11, específicamente. Mis peores temores son de la proporción de una fuente de Word.

Escribiré y trataré de apegarme a las rutinas: levantarse, bañarse, tender la cama, como dijo la prima psicóloga. En mi vida “normal”  nunca tiendo la cama, pero quizás sea un buen momento para empezar. También está cocinar y limpiar. No dejar que el desorden deprima. No dejar que nada distinto a la depresión me deprima. Tratar de salir a caminar mientras se pueda y pedir ayuda, eso siempre. Hablar. No acostumbrarse al silencio. Yo le he sumado escuchar música y bailar. También me ha dicho la psicóloga que arreglarse, maquillarse y tomarse fotos para redes puede ser una buena manera de estar en contacto con buenos hábitos de salud mental. Lo intentaré. El pijama también pone en riesgo el equilibrio emocional.

Por ahora no tengo ninguna calentura ni ánimos de hacerme una paja, algo que hago con muchísima regularidad. Pienso constantemente en las inseguridades con mi cuerpo y las pienso con angustia, más ahora, que no me puedo validar con los demás. Eso también tengo que entrenarme para no hacerlo y eso también se puede identificar en el contexto actual. Pero bueno, cuando llegue la calentura veremos.

Hoy tuve un impulso irrefrenable por comprar colores para colorear y dibujar. También compré un lápiz y unas hojas blancas. No fue indicación de mi psicóloga, pero lo hice igual. Planeo documentar el mundo con más que mis palabras, porque a veces me aburro de ellas, de nosotras. Planeo amigarme con esta casa, la mía, en todos los sentidos, incluso este cuerpo, así sea sólo durante esta cuarentena, si además de describirla, la puedo dibujar.