Primer testimonio travesti en un juicio de lesa humanidad

Travestir la memoria para decir Nunca Más

Valeria del Mar Ramírez será la primera persona travesti en dar testimonio como querellante en un juicio de lesa humanidad como sobreviviente del Pozo de Banfield. Trabajadora sexual y militante de AMMAR, Ramírez pone de relieve la importancia de los relatos de les detenides desaparecides LGBT silenciados.

El 27 de octubre, el Tribunal Oral Federal Nº 1 de La Plata dio comienzo al juicio unificado por los delitos de lesa humanidad cometidos en los ex centros de detención clandestina el Pozo de Banfield, el Pozo de Quilmes y El Infierno de Avellaneda. En las audiencias, que se realizarán todos los martes de manera remota hasta que las condiciones sanitarias sean las aptas para retornar a la presencialidad, podrán escucharse los relatos de 400 testigos que permitirán juzgar a los 18 imputados por 419 víctimas. Entre los acusados se encuentran se encuentra Miguel Etchecolatz y entre las víctimas estarán comprendidos las y los jóvenes secuestrados durante “La noche de los Lápices”.

Pero dentro de estos testimonios, que llevan cosidos experiencias, que entretejen historias, que anudan duelos, hay uno que rompe todos los cánones de una justicia que, por más justa que intente ser, aún es renuente a desempolvarse el resabio patriarcal. Valeria del Mar Ramírez es secretaria de Derechos Humanos de AMMAR y una de las sobrevivientes del Pozo de Banfield. Aunque su abogado la va a representar en las audiencias, en enero del 2021 se convertirá en la primera persona travesti en dar testimonio como querellante en un juicio de lesa humanidad y, según lo determinado por el juzgado, lo hará de forma presencial.

En 1976, Valeria tenía 20 años y ejercía el trabajo sexual en Camino de Cintura de Ruta 4 en Llavallol cuando, luego de una redada policial, fue llevada detenida a la comisaría, maltratada y abusada. Aunque en esa ocasión la soltaron a los dos días, la joven no tuvo la misma suerte un año después, cuando junto con su amiga Romina quedó secuestrada en la comisaría de Banfield para luego ser trasladada al Centro Clandestino de Detención el Pozo de Banfield. En ese momento, Valeria y Romina eran las más jóvenes en Camino de Cintura y, aunque les habían advertido lo peligroso que era para las travestis salir durante la dictadura, la necesidad de sostenerse era mayor y el trabajo sexual la única opción posible. “En ese momento nosotras no militábamos en ningún partido, éramos murciélagos, no podíamos ser vistas de día. Solo salíamos de noche y con cuidado a comprar algunas cosas personales porque sino la policía nos manoteaba. Si estabas teñida de rubio tenias que taparte con un pañuelo y en provincia tenias que ir por una calle de tierra, no podías ir por la avenida”.

Valeria y Romina fueron trasladadas al Pozo de Banfield encapuchadas, intuyendo lo que sucedería pero sin tener aún la dimensión real. Hasta el día de hoy -y jura que jamás se lo va a quitar de la cabeza-, Valeria recuerda que cuando llegaron, luego de pasar un descampado enorme, uno de los militares gritó irónicamente “ahora aviso que nos trajeron las cachorras que pedimos”. “Me hicieron subir la escalera encapuchada, era de noche y estaba todo oscuro, de ahí directamente me tiraron en el buzón. Durante todo ese tiempo no supe nada de Romina. Solo sé de las heridas que lleva mi cuerpo por esos hijos de yuta que satisficieron sus fantasías sexuales en nosotras. Yo, estando secuestrada, vi nacer una criatura en el último buzón”, cuenta la sobreviviente del Centro de Detención, donde funcionó una maternidad clandestina.

Durante los 14 días que estuvo secuestrada, los compañeros de Valeria la buscaron incansablemente, se acercaron a la comisaría a dejar cartas y hablaron con los vecinos y vecinas. Fue así que consiguieron un abogado que, mediante un habeas corpus, logró que la liberaran. “Cuando me soltaron le pregunté a un policía por mi compañera y me dijo directamente: ‘cerrá el culo y callate la boca la sacaste barata que vos te vas’. Después llamé al abogado y lo primero que me dijo fue ‘no vuelvas a Camino de Cintura porque te pueden llevar de nuevo y yo no te voy a poder sacar. Te lo digo porque si seguís ahí podés aparecer en un zanjón’. A partir de ese momento no fui más y me quedé en la casa de la madre de mi ahijada en Rafael Castilla, a Romina la vi un par de veces más y después supe que algunas de mis compañeras habían muerto”, dice Valeria, quien en 2012 fue la primera persona travesti en recibir su DNI rectificado de parte de Cristina Fernández de Kirchner gracias a la ley de Identidad de Género.

Años después del secuestro, en 1999, Valeria comenzó a ejercer el trabajo sexual en Constitución donde conoció la organización Buenos Aires Sida. Dentro de ésta realizó un curso de peluquería y ayudó a difundir información sobre SIDA a personas cis y trans como promotora de salud. Fue a partir de las conversaciones que se dieron en ese ámbito que empezó a tomar dimensión de lo que había sucedido y a comenzar su búsqueda de justicia. “Mi primera declaración la hice en Derechos Humanos en Capital Federal, donde me defendieron abogados que eran hijos de detenidos desaparecidos, pero como el secuestro había sucedido en provincia tuvimos que ir a los tribunales de ahí. En ese momento, aparte de ser víctima, decidí ser querellante. En ese momento el juez lo aceptó y quedé en la causa”.

Valeria sabe que su testimonio es fundamental. En su voz, que ahora se repite en los medios y pronto lo hará frente al tribunal que se encargará de cerrar una de las heridas fundamentales de nuestro país, resuenan los ecos de (al menos) 400 detenides desaparecides gays, lesbianas, travestis y trans. Éstes recibieron torturas específicas por su orientación sexual, fueron discriminades dentro de sus propias organizaciones, vivieron criminalizades por los edictos policiales y fueron invisibilizades en la construcción social de la memoria, algo que reclaman hasta el día de hoy. “Cuando yo declaré, el colectivo LGBT no aparecía en el Archivo Nacional de la Memoria. Entonces hicimos el Archivo de la Memoria de la Diversidad Sexual, que se inauguró en el salón Cuatro Columnas de la ESMA en 2011. A raíz de todo esto se empezó a recabar información sobre diferentes casos, porque en esa época no se decía pero todes sabíamos que en cada familia había un tío puto o una tía torta. Ahí empezaron a llegar los testimonios y fuimos abriendo puertas para que se sepa que en la dictadura hubo muchos más detenides desaparecidess del colectivo», explica y al mismo tiempo acepta que el reconocimiento por parte de la sociedad tardó mucho en llegar. «¿En ese momento quién nos apoyaba a nosotras? No había organismos de Derechos Humanos que nos apoyaran como ahora, no sabíamos qué hacer, no teníamos ninguna puerta abierta y hasta hoy todavía seguimos luchando. Por eso me siento satisfecha de que aceptaran mi declaración, para contar lo que me hicieron, para hablar de las heridas que tengo en mi cuerpo que no me las borra nadie y para que esto no vuelva a suceder nunca más».

Si hay algo en lo cual Valeria es tajante, es que la violencia institucional, la falta de oportunidades laborales, la esperanza de vida de entre 35 y 40 años y la pobreza extrema a la que se enfrentan las personas travestis y trans las mantiene lejos de ser sujetas de derechos: «nosotras no estamos en democracia, tenemos leyes pero no se respetan y por eso tenemos que seguir luchando, porque en la sociedad hay gente que todavía no nos acepta. Democracia es que no nos pare la policía por nuestra cara, por ser extranjeras. Acá en Constitución las trabajadoras sexuales salen media cuadra y las para la policía, vivimos peleando por acceder a la salud y la vivienda. Yo quiero que nuestro colectivo tenga siempre las mismas posibilidades de acceso a la salud y al trabajo que los demás», finaliza con voz emocionada detrás del teléfono y en sus palabras queda claro que se necesitan muchas más voces incómodas para recuperar el habla, travestir la memoria para decir Nunca Más.

Foto de portada: Facundo Nivolo

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