Una despedida bien maradoniana

La espera se hace interminable. Miles de almas se amuchan en fila desde Plaza Constitución hasta la Casa Rosada. Todo gira en torno a la obstinación, a creer que Diego sigue vivo. Y emerge la incredulidad de la tristeza frente a lo sucedido: porque la figura de Diego Armando Maradona luce inmortal. Notas de lo que dejó un 26 de noviembre inolvidable.

Una inmensa marea humana se amucha en fila desde la Plaza Constitución hasta la Casa Rosada. Es la una del mediodía de un inolvidable 26 de noviembre de 2020 y la espera se hace interminable a lo largo de las 20 cuadras que muestran al pueblo argentino en todo su esplendor: camisetas de todos los colores, ojos humedecidos, silencios cómplices y cánticos felices que recuerdan al más grande futbolista de todos los tiempos. «El que no salta, es un inglés», se escucha desde un sector e inmediatamente cientos de almas empiezan a saltar y gritar con la fuerza antiimperialista que Diego Armando Maradona supo representar a la perfección, con sus goles más famosos en el Mundial 1986 que representaron un consuelo para el pueblo argentino tras la derrota en la Guerra de Malvinas.

Él vivió y dejó vivir. Quienes lo amaron supieron también hacerlo a su forma. «Cuando lo vi en el Mundialito de Japón me enamoré de él», cuenta a El Grito del Sur Luisa, una mujer que bordea los 70 años y cuyo amor hacia Diego trasciende las fronteras futbolísticas. «Porque fue el mejor futbolísticamente, digan lo que digan no me importa, porque se le plantó a Bush, porque es antiimperialista y porque es peronista», agrega casi a los gritos con la intención de que la escuchen quienes estaban a su alrededor. La confusión verbal entre pasado y presente es una constante de la jornada: todo gira en torno a la obstinación, a creer de que Diego sigue vivo físicamente y la incredulidad de la tristeza frente a lo sucedido: porque su figura luce inmortal. Un lugar que sólo a los grandes de la historia le corresponde.

Fotos: Catalina Distefano

«Algún día tus hijos te preguntarán quién fue Maradona», reza un póster que formó parte del activo merchandising desatado tras su muerte. El tinte intergeneracional de la gigante fila que se dirigía rumbo al altar de D10S daba cuenta que su legado continuará trascendiendo a lo largo de las décadas subsiguientes: gran parte de los que estaban allí eran menores de 30 años, con lo cual prácticamente no lo vieron jugar en vivo y en directo. «Entré hace un rato a despedirlo a Diego y no me puedo ir, es impresionante la gente que hay», señala Gonzalo con un asombro que sintetiza el sentir de la mayoría. Cámaras de fotos profesionales registran cada uno de los momentos mágicos, celulares graban videos que quedarán en lo más íntimo de los recuerdos. Para algunos ésta no es una simple movilización más: Pedro viajó casi un día entero desde San Salvador de Jujuy para despedir al Diego y, a poco más de media cuadra de cumplir «el sueño que le falta», sólo le salen unas pocas palabras entre lágrimas: «Diego de mi vida, vos sos la alegría de mi corazón».

La emblemática Plaza de Mayo otra vez pintada de pueblo, como antes de la pandemia. Una pantalla gigante muestra a Maradona levantando la Copa del ´86 y en sus principales tiempos de esplendor: la Selección, el Napoli, Boca y Argentinos Juniors, entre otros. Como la memoria es selectiva, otra vez hubo cánticos y la multitud empezó a cantar: «Volveremo´ otra vez, volveremo´ a ser campeones… como en el ´86». Colgado muy cerca, un poético pasacalles de La Poderosa reaviva la nostalgia y los agradecimientos: «Gracias Diego. Sos la villa en carne viva». No es para menos: la humildad de Diego, quien pasó sus últimos días como director técnico de Gimnasia y Esgrima de La Plata -cuando muchas figuras de su talla podrían haberse recluido en la comodidad y el lujo absoluto-, viene desde sus orígenes en Villa Fiorito y buena parte de quienes lo vinieron a despedir viven en los barrios populares de nuestro país. Diego es pueblo, lo demás es confusión.

Fotos: Catalina Distefano

Una pareja de jóvenes, ambos con la camiseta de San Lorenzo, lleva en sus manos un ramo de rosas que depositarán al lado del féretro cerrado. Antes de entrar se sacan una selfie para capturar el momento. Como si los comportamientos se mimetizaran, varios y varias hacen lo mismo. El final es más triste del que se esperaba a priori: las miles de almas terminarán desbordando a la enclenque organización, la Policía reprimirá a quienes intentaron meterse de prepo a la Casa Rosada -vestida de luto por cierto- y a quienes se quedaron en la interminable fila muy lejos de llegar a destino. Corridas y violencia, todo un repertorio innecesario para culminar una tarde de emociones. Casi como otra piedra puesta al final de su camino, ni siquiera el epílogo de Diego Armando Maradona pudo ser en paz. Un despedida bien maradoniana.

 

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Sebastián Furlong

Licenciado y profesor en Ciencias de la Comunicación (UBA). Periodista comprometido con los intereses populares.