Los nuevos pobres en la Ciudad y los comedores populares

«Viene gente que antes no tenía la necesidad»

La situación se repite en varios barrios de la Ciudad: familias que nunca habían tenido la necesidad, se acercan a los comedores y merenderos en busca de un plato de comida. Según el último informe de la Dirección de Estadísticas y Censos, la "clase media" porteña se redujo a sus mínimos históricos. Las organizaciones populares vienen advirtiendo sobre la situación hace varios meses, pero el Ejecutivo de Horacio Rodríguez Larreta sigue retaceando la ayuda alimentaria.

La pobreza en la Ciudad de Buenos Aires creció 9 puntos en lo que va del año, a caballo de la pandemia, según el último dato disponible de la Dirección General de Estadísticas y Censos porteña. En números redondos, creció del 17,6 por ciento de los hogares durante el segundo semestre de 2019 al 26,1 por ciento en los primeros seis meses de este 2020. Si la cuenta se saca sobre las personas, el panorama es brutal: llega al 33,6 por ciento, por la incorporación en ese período de 353 mil nuevos pobres. El informe del Ejecutivo que conduce Horacio Rodríguez Larreta, publicado en septiembre, confirma un dato sobre el que venían alertando las organizaciones sociales y políticas de base: el sector que se mide socioeconómicamente como “clase media-media” se redujo en 4 puntos si se toman los hogares y en 5 si se cuentan a las personas. Lo mismo sucedió con el “sector medio frágil” y entre quienes están en “situación vulnerable”, cuya participación en la estadística se redujo a sus mínimos históricos.

El escenario no es ninguna novedad para aquellas organizaciones sociales que desde el primer día salieron a dar una mano a través de los “Comités de Emergencia” creados al calor de la pandemia y sostenidos hasta hoy, muchas veces sin el reconocimiento institucional del Gobierno porteño. En barrios como Caballito, San Telmo, Congreso o La Boca hubo un aumento considerable de las personas que por primera vez se acercaron a los comedores y merenderos, y también a las Unidades Básicas o Centros Culturales a medio abrir. Muchos, dicen las organizaciones, son (o eran) de clase media: jubilados y jubiladas, trabajadores autónomos, artesanos y feriantes y hasta comerciantes.

A todas las organizaciones, además, las atraviesa un reclamo común: la mayoría tuvo que apelar a campañas de solidaridad o a poner de sus propios recursos para dar abasto con la demanda, porque la cobertura de la Ciudad en cuanto a la asistencia con alimentos fue –y sigue siendo– deficitaria. Y en algunos casos, nula.

Fotos: Matias Radicci

SAN TELMO

“Nos dimos cuenta por la ropa. De golpe, empezó a venir gente que no se parecía en nada a la que venía antes, quizás con alguna timidez. Nos llamó mucho la atención, era algo que al menos yo no veía desde hace 20 años”, explica el secretario general del PJ de la Comuna 1, Víctor Cantero. En el club comenzó a funcionar un comedor sostenido por el Centro Cultural Martín Fierro y la murga Los Caprichosos, que se encargan de la logística junto a militantes de La Cámpora de un local cercano. Todas las viandas que se reparten, dice Cantero, se arman en base a alimentos comprados por la propia organización. La comida se prepara en el Martín Fierro (sobre la vereda de la calle Perú, bajo la 25 de Mayo) y se lleva hasta la plaza Vera Peñaloza, donde se reparte.

Cantero enumera vecinos que trabajaban en restaurantes y comercios que, en el pico del aislamiento, tuvieron que acercarse para llevarse alguna de las 250 porciones que reparten en la plaza tres veces por semana los martes, jueves y sábados. “Esas situaciones se dieron hasta hace dos meses atrás. A partir de mediados de agosto, que se fueron abriendo algunas actividades y la economía repuntó, dejaron de venir”, dice.

LA BOCA

Antes de la pandemia, la red de organizaciones “La Boca Resiste y Propone” asistía con sus comedores y merenderos a unas 90 familias. Desde marzo, a unas 220. Pese a ese incremento desproporcionado, la Ciudad sólo aumentó en un 15 por ciento las raciones. Eso motivó más de una protesta de las organizaciones, que insisten en el reclamo de aumento de las viandas y los bolsones que entrega el Ministerio de Desarrollo Humano y Hábitat, pero sin una respuesta favorable. “Como siempre, el Gobierno porteño hizo como si nada pasara”, explica Natalia Quinto, referente de la organización.

Natalia describe que en el barrio la pandemia pegó sobre una situación previa de empobrecimiento que se arrastraba por lo menos desde el 2018, con los efectos de la crisis del gobierno anterior. Ya desde antes, pero empujadas por el COVID, muchas familias que no estaban acostumbradas “al circuito de la pobreza”, explica Natalia, comenzaron a necesitar de las ollas y los bolsones para sobrevivir.

La red de cobertura que armaron las organizaciones en La Boca abarca todos los rincones del barrio. Son más de 60 las agrupaciones, centros culturales y barriales los que reparten y asisten, además del CESAC y la Iglesia. El despliegue es enorme: Natalia estima que se reparten unas diez mil raciones de comida caliente cada semana, de lunes a lunes, al mediodía y a la noche. También hay un circuito de reparto de alimentos casa por casa. La mayoría proviene de donaciones, porque el Ejecutivo porteño retacea la ayuda. “La negativa de la Ciudad a ayudar al barrio tiene que ver con no reconocer la verdadera dimensión del problema, algo que no tienen intención de hacer, porque en lo único que piensan es en que no se note la pobreza en la Ciudad, es lo único que les preocupa”, denuncia.

Natalia celebra que los y las feriantes del barrio de a poco puedan volver a su actividad, pero señala que con la ausencia del turismo, a buena parte del barrio le va a costar recuperar sus ingresos previos a la pandemia. Lo mismo los comerciantes, artesanos, changarines y trabajadores por cuenta propia. Muchos, explica, son gente grande en edad a los que se les va a hacer más cuesta arriba. Y también hay que tener en cuenta, dice, las deudas que se acarreaban desde antes, desde el alquiler del techo hasta el de un local, por caso. “La recuperación de esas familias va a ser muy complicada, porque no sólo es económico el problema, también se junta la frustración de esta nueva situación y todos los problemas que genera eso en el ánimo y en la situación personal de cada uno”, asegura.

CABALLITO

“Si hay un barrio donde a priori uno diría que la gente no se acercaría con necesidad de un plato para comer es Caballito. Pero pasó”, dice el comunero por el Frente de Todos Osvaldo Balossi, también referente de La Cámpora. Cuenta que antes de la pandemia, la ayuda se restringía a las personas en situación de calle, pero que hubo un momento durante el aislamiento de estos meses en que la necesidad se generalizó. Para dar una respuesta, intentaron coordinar con el resto de las autoridades comunales, pero no hubo caso. El Comité de Crisis del barrio funcionó aún sin el reconocimiento oficial.

En Caballito, las organizaciones que se referencian en el Frente de Todos reparten comida puerta por puerta a unas 400 familias, unas tres veces por semana. Para ello se organizan en tandas, a bordo de autos, con el aporte de los y las militantes. Todo se junta con donaciones de los propios vecinos y vecinas: hay quienes reciben y quienes dan, solidariamente. Hace poco lanzaron una aplicación a través de la cual se puede brindar ayuda, si se quiere y se puede, y también se puede pedir lo que se necesite. Todo en una especie de anonimato, para evitar cierta incomodidad que puede generarle a priori a una familia el hecho de mostrarse vulnerable, cuando nunca había pasado antes por esa situación. También se brinda apoyo y asesoramiento en materia de violencia intrafamiliar y de género.

“Hace poco hubo donaciones de una cama y hasta de una heladera y la idea es fomentar ese gesto solidario y hacer nuestro aporte”, dice Balossi. Todo se hace de puerta a puerta: Caballito es uno de los pocos barrios porteños donde prácticamente no hay ollas populares. Además se trató de evitar que se formen filas, para evitar posibles contagios. Todo ese nuevo mecanismo se inauguró con la pandemia y sigue en pie. “Con la pandemia empezó a pasar pedidos de familias de barrio que no estaban pudiendo sostenerse, lo que genera mucha angustia. Pero por suerte el barrio sigue organizándose para sostener los operativos solidarios”, afirma.

CONGRESO

La organización Abrigar Derechos trabaja hace años con población en situación de calle. Desde poco antes de la pandemia tienen su sede en pleno Congreso. Nunca antes habían hecho asistencia alimentaria, pero ahora reparten más de 120 viandas varias noches a la semana. “Para nosotros fue una sorpresa que de golpe tengamos personas que no están en calle necesitando comida. En su gran mayoría son jubilados y jubiladas, vecinos del barrio que tienen su departamento”, describe Paola Vázquez, referente de la organización.

“Hay una persona que cada día que salimos, a las cinco de la tarde, viene a tocar timbre y buscar su vianda, antes incluso de que salgamos a repartir. También vienen muchos otros, tímidamente, a preguntar si vendemos. Siempre tratamos de armar un bolsón para ellos también”, relata.

 

TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR:

«La cumbia es una expresión que busca la alegría en tiempos de tormento»