Keka Bosio

«Presionar y escrachar a los diputados es un mensaje para nada cristiano»

La Iglesia sigue siendo una de las instituciones que más resistencia impone a la legalización del aborto. Un día antes de que se debata nuevamente la ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo en el Congreso, El Grito del Sur habló con Teresa “Keka” Bosio, presidenta de Católicas por el Derecho a Decidir, sobre la relación entre religión y feminismo, la presión eclesiástica y los escraches antiderechos. 

Si bien “Iglesia y Estado asunto separado” es una consigna que levantan gran parte de los feminismos, aborto y religión no siempre son conceptos contradictorios entre sí. Según la encuesta “Sociedad, religión y ley de IVE”, sólo el 17,2% de les católiques consultades opinan que el aborto debe estar prohibido bajo cualquier circunstancia, cifra que llega al 41,9% entre les evangéliques. Además, de quienes creen en Dios, el 19,5% dice que el aborto debe ser legal siempre y 55,8% por causales. De manera que, mientras la cúpula eclesiástica es profundamente misógina y conservadora, muchas comunidades religiosas ya se posicionaron en favor de la legalización del aborto.

Esta tensión -que demuestra que los feminismos no conocen de diferencias políticas ni de credos- también se vio representada durante las exposiciones informativas en Diputados, por donde pasaron desde representantes de iglesias “provida”, como el Padre Pepe Di Paola, el pastor evangelista Oscar Carnival y el rabino Fishel Szlajen, hasta creyentes que apoyan la legalización del aborto como Soledad Deza, abogada integrante del colectivo Católicas por el Derecho a Decidir.

Católicas por el Derecho a Decidir (CDD) es una organización de la sociedad civil que desde 1993 trabaja en el acceso a la justicia social y los derechos humanos, con énfasis en aquellos relativos a los derechos sexuales y (no) reproductivos, especialmente el acceso al aborto legal. Esta organización, que es miembro fundador de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito, busca apartarse de la jerarquía eclesiástica antiderechos para militar por una maternidad deseada y una sexualidad libre.

Un día antes de que se debata por segunda vez la ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo en el Congreso, El Grito del Sur habló con Teresa “Keka” Bosio, presidenta de CDD, sobre la relación entre religión y feminismo, la presión de la Iglesia y los escraches antiderechos.

¿Qué es Católicas por el Derecho a Decidir?

Católicas por el Derecho a Decidir nace hace 27 años, en diálogo con otras compañeras de América Latina que venían disputando el modelo patriarcal de la iglesia, sobre todo de su jerarquía. Esta expresión surge en los Encuentros Feministas Latinoamericanos, junto con las teologías feministas. El Concilio Vaticano II permitió estas expresiones diversas dentro de la iglesia que fueron dando lugar a otras voces, sobre todo en lo que refiere a la moral sexual heteronormativa de la jerarquía católica. Somos un colectivo que disiente con el pensamiento religioso único y conservador que pretende imponer un solo modo de habitar la fe reproduciendo estereotipos de género y movilizando discursos conservadores o fundamentalistas en la política nacional e internacional. Nosotras reafirmamos nuestra identidad católica rescatando del cristianismo un proyecto de solidaridad, amor e inclusión que debe ser recreado cada día.

¿Por qué siendo católicas están a favor de la legalización del aborto?

Que las mujeres puedan decidir sobre su cuerpo y sus proyectos de vida, no siempre ligados a la maternidad, resulta un tema polémico e intolerable para las religiones, que articuladas con la modernidad, nos impusieron el mandato de procrear para sostener el sistema capitalista y sus exigencias de trabajo. La religión católica y evangélica juegan un rol obstaculizador para el efectivo acceso a los derechos sexuales y reproductivos, sosteniendo un sentido común punitorio sobre las mujeres que deciden sobre su cuerpo, sexualidad y reproducción. En ese sentido las religiones no previenen abortos, sino que crean problemas de conciencia, imponen un estigma y naturalizan que sí o sí existe la culpa en la conciencia de las mujeres que abortan, sosteniendo la suposición de que la interrupción de un embarazo implica necesariamente estar en contra de la vida humana y juzgándonos desde esa posición. Creemos que la maternidad debe ser una decisión personal, que se reafirma de manera permanente, libre, oportuna e informada. Si se respeta el derecho a decidir de las mujeres, se crean mejores condiciones de salud, protección y bienestar para la mujer y la criatura por venir. En cambio, si la maternidad es forzada es probable que la mujer haga lo posible e incluso lo imposible para interrumpir ese embarazo.

Sin embargo, quienes hablan de las 2 vidas o la vida desde la concepción apelan a Dios y fundamentos religiosos… 

Cuando los sectores conservadores dicen defender las dos vidas, usan un discurso ambiguo que siempre prioriza el mandato de la reproducción y no del deseo y la voluntad de maternar. Para nosotras la vida no es solo el desarrollo de células que se van multiplicando, implica también que se pueda gozar de una “calidad de vida” y la responsabilidad de acompañar esa “vida” desde un deseo subjetivo, desde la autonomía de personalizarla y darle entidad. Las mujeres y las personas gestantes no somos envases, la vida en potencia necesita de nosotras como sujetos bio/psico/sociales. Alberto Kornblihtt, en la presentación del Congreso (en 2018), disputó esta mirada desde su encuadre disciplinar, ampliando la gestación en el marco de lo que aporta la placenta, la conformación genética y la viabilidad de la vida. El interés implícito de estos grupos no es la defensa de la vida, sino condicionar la sexualidad en pos de la reproducción, y volver a poner a las mujeres en su lugar, como si nuestras decisiones y nuestros derechos, estuvieran inexorablemente subordinados a este mandato de la maternidad obligatoria más allá de toda circunstancia.

Foto: Sol Arellano

La Iglesia suele castigar el placer y la sexualidad femenina. ¿Cómo se hace para despegar eso de la fe?

La jerarquía (eclesiástica) le da demasiada relevancia a la moral sexual, que siempre es una vivencia personal y subjetiva que no afecta a otres mientras se realice con empatía. En esa moral sexual las mujeres recibimos el mandato de ser sumisas y atentas, vivir el amor como una renuncia a nuestros propios deseos y ponernos a disposición. Ese amor «incondicional», que muchas veces está cruzado por el sacrificio, nos saca energía, nos pone en un lugar de no reconocimiento. Es desde ese mandato del «amor» que realizamos todas las tareas de cuidado y reproducción de la vida, y si no lo hacemos somos «malas madres, esposas, hijas». No pasa lo mismo con los varones. Es en esos procesos de socialización y desde esa lógica se produce la discriminación y la subordinación.

Más allá de la Iglesia como institución, ¿en algún lugar de la doctrina católica se habla del aborto?

San Agustín y Santo Tomas hablaron del inicio de la vida. Ellos tenían la teoría de la hominización tardía, es decir que al embrión le llegaba el alma a los 40 días si era varón y 90 si era mujer, por eso las mujeres siempre fuimos consideradas casi humanas. El concepto del inicio de la vida no es un dogma, es un debate dentro de la Iglesia que concluye que la animación es sucesiva y tardía a la formación del cuerpo de cada ser humano. Estos conceptos, expuestos por Santo Tomás en su Summa Theologica, predominaron en los siglos posteriores. Fue tarea del Papa Pío XII plantear ante los médicos y los científicos la necesidad de defender los derechos del niño antes de nacer.

¿Qué pensás de la presión de la Iglesia sobre los diputados para que voten en contra?

Las iglesias deben respetar la laicidad del Estado y saber que sus creencias no pueden invadir y exigir que se tengan en cuenta en las políticas públicas. En el caso del aborto es una cuestión de salud, el Estado no obliga a nada, solo ofrece alternativas y protecciones para aquellas personas gestantes que no pueden o no quieren continuar un embarazo. Presionar y escrachar a los diputados, amenazarlos, es un mensaje para nada cristiano, sino al contrario mafioso, vinculado con el dogmatismo y el odio que caracterizó a la iglesia mediante la inquisición. Se trata de imponer un pensamiento único que incluso dentro de la propia comunidad religiosa muchas no compartimos.

 

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