El Papa autorizó a las mujeres a acceder al lectorado y el acolitado

«Hay una fe cristiana que puede comulgar con la lucha feminista»

Este lunes, el papa Francisco decretó a través de un Motu Propio que a partir de ahora las mujeres pueden acceder a los ministerios del "lectorado" y el "acolitado". Si bien esto ya se venía llevando a cabo en muchas comunidades el aval de la Santa Sede resulta fundamental para formalizar el avance de las mujeres en la religión.

Este lunes, el papa Francisco tomó una decisión que muchos calificaron como histórica: oficializó la participación de las mujeres en los altares de las iglesias. El Pontífice decretó que, a partir de ahora, las mujeres pueden acceder a los ministerios del «lectorado» y el «acolitado», dos funciones de importancia en las misas hasta ahora reservados a los hombres en el derecho canónico, que las habilita a repartir la comunión. Sin embargo, la participación de las mujeres en el rito cristiano no es novedosa y se remonta a los inicios de la religión.

“Esto es algo que las mujeres hacían hace tiempo, pero que no estaba escrito”, dijo a El Grito del Sur Gabriela Merayo, teóloga y psicóloga social, perteneciente a la comunidad anglicana. La decisión del papa le otorga legitimidad a la participación de las mujeres y puede generar un cambio a futuro dentro de la Iglesia católica, pero la participación de las mujeres en la liturgia incluso está registrada en los textos más antiguos del cristianismo.

“Los textos canónicos, los que quedaron en la Biblia, como el evangelio de Marcos o las cartas auténticas de Pablo, muestran una situación de equidad (entre varones y mujeres) impresionante”, señaló Merayo.

Los inicios: discípulas, evangelizadoras y diaconisas

«Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Gálatas 3, 28).

La teóloga explicó a este medio que en textos bíblicos como el evangelio de Marcos o las cartas auténticas de Pablo -cartas atribuidas a Pablo de Tarso, más conocido como San Pablo, que datan del siglo I- se menciona a mujeres que ocupan los mismos roles que los varones en el culto cristiano.

“Las mujeres eran discípulas, es decir, seguidoras de Jesucristo; eran evangelizadoras, transmitían el mensaje que les había llegado de Jesucristo a otras personas y eran diaconisas, que son personas encargadas de asistir y cubrir las necesidades de viudas, huérfanos y pobres. Para ser diácono o diaconisa, se tenía que ser una persona de fé, de confianza, de espíritu caritativo, pero también sabia. No cualquiera podía ser diácono”, explicó Merayo.

Un lugar más destacado tiene María Magdalena, agregó la teóloga, quien “en todos los evangelios aparece como la primera apóstola”. A diferencia de los otros roles, los apóstoles fueron las personas elegidas por Jesús para aprender y llevar su mensaje.

Durante los primeros siglos después de Cristo, Merayo señaló que las mujeres “daban asilo político, defendían a aquellos cristianos que eran perseguidos por el Imperio Romano”, que recién adopta el cristianismo como religión oficial en el año 380, a partir del Edicto de Tesalónica.

“Las mujeres eran las que organizaban y coordinaban las iglesias dentro de sus propias casas. En las primeras comunidades católicas, se juntaban a leer los textos que tuvieran, a contar alguna historia que les había llegado sobre Jesús, hablaban sobre eso y después compartían el pan”, afirmó Merayo.

La fuerte presencia de mujeres en esa primera etapa del cristianismo también está marcada en murales e Iglesias, como es el caso de la Basílica de Santa Práxedes, ubicada en Roma y encargada por el papa Adriano I en 780.

“Es importantísimo que si un papa manda a construir una basílica con su nombre, reconociéndola dentro del cristianismo primitivo, eso significa que la gente la seguía teniendo presente, que se hablaba de ella y que se la tenía como ejemplo”, aseguró la teóloga.

Sin embargo, a partir de que se consolida la institucionalización de la Iglesia hay, remarcó Merayo, un “proceso de involución” que “se va viendo en los evangelios posteriores al de Marcos, como el de Lucas”, en los que la mujer aparece en un rol subalterno y dependiente en relación al varón.

“En las cartas deuteropaulinas (escritas por los seguidores de San Pablo) hablan, por ejemplo, de los deberes domésticos de la mujer y cómo debe someterse a su esposo, y en las cartas tritopaulinas (que son posteriores), Timoteo y Tito piden que las mujeres se callen en las asambleas -contó Merayo-. Si las querían callar, es porque algo hacían. Había una resistencia por parte de las mujeres que querían seguir profetizando y hablando en las asambleas”.

Lectoras y acólitas 

Este lunes, el papa Francisco emitió un Motu Propio que modificó el derecho canónico y le dio un marco legal a una práctica que era utilizada en algunos lugares, pero sin el aval jurídico de la Santa Sede.

A partir de ahora, el artículo establece que los laicos -personas que están por fuera de la jerarquía eclesiástica- “que tengan la edad y las aptitudes determinadas por decreto de la Conferencia Episcopal, pueden ser asumidos permanentemente, a través del rito litúrgico establecido, a los ministerios de lectores y de acólitos”.

Al suprimir la expresión “del sexo masculino” y dejar solo la palabra “laicos”, el Pontífice oficializó que las mujeres pueden leer la Biblia desde el altar y/o asistir al sacerdote durante la misa.

«La elección de conferir también a las mujeres estos cargos, que implican una estabilidad, un reconocimiento público y el mandato del obispo, hace más eficaz en la Iglesia la participación de todos en la obra de evangelización», justificó el papa.

Para Silvia Martínez Cano, profesora de teología en la Universidad Pontificia de Salamanca, España, la decisión de Francisco confirmó lo que “el sentido común de nuestras comunidades hace cada semana”.

En un artículo publicado en Religión Digital, Martínez Cano señaló que el Motu Propio, aunque pueda ser visto como un cambio pequeño “es importante” porque, en el futuro, “afecta al tercer apartado del canon:  que las mujeres puedan suplir al ministro en sus funciones como ejercitar el ministerio de la palabra, presidir algunas liturgias, administrar el bautismo y dar la comunión sin que algunos fieles se cambien de fila por el hecho de recibirla de una mujer”.

Las mujeres de la reforma protestante

En el siglo XVI, Martín Lutero inicia en Alemania lo que pasará a conocerse como la Reforma protestante: la división de la Iglesia, dejando de lado la obediencia al papa y al Vaticano, entre otros aspectos.

“Lo que veo en Lutero, y que creo que lo superó a él mismo y avanzó, es esta idea de que lo importante en la teología es el reencuentro del evangelio con cada persona”, dijo a El Grito del Sur Claudia Florentín, teóloga feminista y comunicadora. A partir de la Reforma -y de la invención de la imprenta de tipos móviles- comenzaron a circular Biblias traducidas entre las personas, cuando la Iglesia católica leía los textos sagrados en latín y solo podían acceder a ellos de primera mano quienes estuvieran en una orden religiosa.

La Reforma también tuvo a las mujeres como principales impulsoras, señaló Florentín. Una de ellas fue Catalina von Bora, esposa de Lutero que fue monja, se fugó del convento con otras compañeras y ayudó a monjes y monjas que renunciaban al catolicismo.

También fue central el aporte de Marie Dentière, teóloga que predicó a la par de los varones y entre sus múltiples escritos -muchos de ellos prohibidos incluso por protestantes- proponía que se ampliara el papel de las mujeres en la religión porque, justificaba, hombres y mujeres estaban igualmente calificados para interpretar las Sagradas Escrituras.

“La iglesia a la que yo pertenezco, que es del movimiento valdense, es la primera en tener el concepto de igualdad en la comunidad eclesial en la que varones y mujeres son pares al momento de evangelizar y enseñar -contó Florentín-. Incluso Silvia Federici cita a las mujeres del movimiento valdense en “El Calibán y la Bruja”. Muchas de ellas fueron quemadas por la Inquisición porque, como se dedicaban a enseñar, se las tildaba de ‘brujas’”.

Sin embargo, la teóloga feminista señaló que, a pesar de que las mujeres protestantes ocupan espacios de liderazgo en la vida eclesial “en América latina los primeros roles pastorales para mujeres son de hace seis décadas”. “Y hace cuatro años que cumplimos 500 años de la Reforma. Todo ha sido una lucha de las compañeras”, observó.

“Somos feministas de fe”

Según Florentín “nuestras iglesias, en general, se califican como progresistas”, pero en ciertos temas, como el debate por la legalización del aborto, se ha notado que no es así. “Hay frentes internos en nuestras propias iglesias y aunque los líderes se pronuncien a favor de la ley, hay personas al interior que están muy en contra”, afirmó.

“No podés quedarte solo en si te dieron el pastorado o no. Tenemos pastoras, diáconas, obispas -manifestó-. Pero en nuestras iglesias tenemos que defender a capa y espada la educación sexual integral (ESI) y nuestros derechos sexuales y reproductivos”.

Para Florentín, el hecho de alzar la voz y defender la legalización el aborto “tuvo un costo altísimo para muchas”. “Hay un movimiento de mujeres que se han quedado en las iglesias a trabajar y dar la batalla desde adentro, aunque se busca callarlas y expulsarlas. Otras se fueron buscando otros espacios para vivir en comunidad y las que no lo encontramos todavía nos juntamos entre nosotras y que se nutre desde las teologías feministas”, detalló.

“Somos feministas de fe. Nuestra realidad tiene un sentido cuando nos encontramos con los textos bíblicos, los deconstruímos y nos dan la luz para el camino que queremos seguir, nos dan coraje para denunciar las violencias, desigualdades e hipocresías que sufrimos dentro de nuestras iglesias -afirmó Florentín-. Hay una fe cristiana que puede comulgar con la lucha feminista y demostrar que no somos el enemigo ni el opio de los pueblos. Somos compañeras en este camino”.