Los 90s: siempre se puede estar peor

No hay muerte que lo indulte

En una encuesta de la Revista Barcelona, Menem salió tercero en el ranking del hijo de puta más grande del país, apenas superado, entre otros, por Videla. Las cinco letras de su apellido condensan una época cargada de dolores y heridas colectivas que no sanaron, pero que sentaron las bases de la rebeldía popular y del pedazo de país que hoy vale la pena vivir.

Los parripollos, las canchas de paddle, los remises y las cinco letras omnipresentes de su apellido van de la mano. Son una misma cosa, como los 150 pesos de jubilación mínima que mi abuela cobraba de un fondo de inversión. Como el primer piquete en Cultral-Có, por el cierre de la planta de YPF, en 1996. Como el decreto con que Cavallo eliminó la Junta Nacional de Granos y desreguló el agronegocio. Como el Chernobyl criollo, en Río Tercero. Como los escraches de Hijos a los genocidas indultados. Como Pablo Escobar, como los Movicom tamaño ladrillo en las telenovelas de Suar, como mi casa inundada una y otra vez en Villa Domínico, como el primer shopping a dos cuadras de la cancha de Arsenal, en Sarandí, con cine, bowling, Lasershot y el olor a mierda del Riachuelo. Como las vacaciones en Río o Punta Cana que tanto se comentan, pero que yo nunca tuve. Como los 39 muertos en Plaza de Mayo el 19 y 20 de diciembre, a los que veía caer siendo pre-adolescente sentado frente al televisor, con los gritos entre los bandos políticos de mi familia de fondo, tirándose con de todo.

¿Podemos ser un país peor del que somos ahora? Los 90, vistos con los ojos de hoy, son la muestra más cabal de que siempre, siempre se puede estar peor. Desde la confirmación de la muerte de Menem, ayer, esa idea nos tomó por completo y nos puso de frente aquel fantasma del país frívolo y en caída libre que su figura condensa hasta el infinito. O más grave: nos devolvió el archivo de un país que creía estar entrando en la modernidad globalizada cuando en realidad se estaba yendo por el tobogán de su propia decadencia, sin que nadie se enterara. Nadie se daba cuenta, nadie había sido, nadie escuchó ni vio nada. ¿A qué otra tragedia anterior se le parece?

Pero la cuestión también puede abordarse exactamente al revés. El sociólogo Matías Cambiaggi, autor de “El Aguante. La militancia en los 90”, repasa una a una las luchas sociales de la época: la carpa blanca contra la Ley Federal de Educación, el Frente Contra el Hambre, la marcha número cien de los jubilados encabezada por Norma Plá, y los “azos”: el matanzazo, el santiagazo, el corrientazo y finalmente el argentinazo de 2001. Buena parte de todo lo bueno que valoramos hoy, lo que supimos conseguir y sabremos defender, es en parte herencia de aquella generación “huérfana de proyecto” que, como dice Cambiaggi, plantó la bandera del otro país.

Volviendo al muerto, pocos dirigentes de la democracia acumulan una lista de “imperdonables” tan extensa con él. Y resultó que la muerte no lo exoneró de ninguna, la muerte no lo indultó. Salvo la de sus más acérrimos cómplices y sus ex funcionarios, nadie se animó a los elogios, no se vertió una lágrima masiva ni nada parecido. Apenas algunos fantasmas sociópatas añorantes del 1 a 1 llegaron con sus barbijos al Congreso para despedirlo en la noche lluviosa de verano. Eso daba anoche una cierta sensación, pequeña, quizás como autoengaño, de que somos un poquito menos noventosos de lo que fuimos.

Uno mira Youtube y hay algo en la forma en que Menem ejerció el poder que se parece mucho a la conducción política de la mafia. No es joda: sus súbditos le regalaban autos lujosos, lo agasajaban con fiestas de la farándula, le adornaban la corona con celebritis. Los periodistas del prime-time (Grondona, Nuestadt, Viale, Sofovich) hablaban de él con la reverencia del que tiene miedo o está comprado. Ese cuadro, que completa el histórico delirio de la nave espacial, lo erigen como el absoluto rey de la Argentina durante los diez años que gobernó, haya sido así o no. No importa tanto: Menem es lo que fue y lo que pareció, y todo el combo es desagradable. La revista Barcelona hizo una encuesta el año pasdo para elegir el día del hijo de puta y Menem quedó en el tercer lugar, superado apenas por  Jorge Rafael Videla, entre otros.

A las tragedias colectivas silenciosas como el desempleo, los ramales de trenes que nunca volvieron, la entrega del patrimonio económico construido por generaciones, la deuda impagable y tantas otras más, hubo otras estruendosas, con heridas en carne viva. Como el atentado a la AMIA no hubo nada antes ni después en la historia argentina. Es la condensación de un entramado de relaciones carnales, agachadas y trasnochadas partidas de póker geopolíticas que Menem jugó en su propio beneficio ofreciendo como garantía al pueblo que gobernaba, que pagó los platos rotos.

Esos platos se siguen pagando. Hay una línea de continuidad que va desde el extractivismo hasta la descentralización del Estado pasando por la pobreza estructural y la precarización laboral y la vigencia de los countrys y los discursos xenófobos y la soja transgénica y la especulación financiera y la migración del interior a los centros urbanos y sus asentamientos y los principales servicios privatizados y la concentración mediática y la impunidad de los actos de corrupción que forman parte de un largo etcétera que no hubo gobierno ni organización popular ni conciencia adquirida ni década ganada ni unidad latinoamericana que haya podido revertirlos.

En cierta forma, seguimos viviendo en los 90s. Decir Menem, decir las cinco letras ineludibles de esa pesadilla, debería funcionar de ahora en más como un mantra para destruir todo aquello que nombra.