De la moda y el feminismo

🧵 Mientras confeccionan las prendas de lujo, les costureres aún hoy deben luchar por derechos laborales básicos. El Grito del Sur habló con activistas sobre el tema.

Cómo pensamos, nuestros gustos musicales, nuestras ideologías, los colores que preferimos e incluso los personajes con los que nos criamos influyen a la hora de vestirnos. Lo que usamos día a día nos representa mucho más allá de su función práctica y tiene un peso fundamental en un mundo donde todo entra por los ojos. Pero, ¿qué pasa con quienes confeccionan nuestra ropa? ¿Cómo se maneja el mercado de la moda? ¿Quiénes pueden usar los que se fabrica? ¿Cuánto sale realmente lo que nos ponemos? Para indagar en ese terreno El Grito del Sur habló con Victoria Zaccari, creadora del Movimiento Textil Argentino, y María Marta González, delegada del Sindicato Argentino de Trabajo a Domicilio de Textiles y Afines.

“El mundo de la moda suele estar asociado al lujo y a las clases altas. Sin embargo, el trabajo textil está sumamente precarizado y feminizado, lo que implica también enfrentar una mayor cantidad de tareas de cuidado”, asegura Victoria, diseñadora de modas que participó durante dos años de Fashion Revolution, un movimiento exportado de Europa para cuestionar la producción indumentaria. “Está muy visibilizada la figura del diseñador y se considera que tiene que ser el encargado de todo, desde comprar la tela hasta usar las redes sociales, mientras muches compañeres costureres no tienen acceso a recursos básicos. En ese punto se genera una tensión entre la moda como lujo y las condiciones de quién la hace”, agrega Zaccari, quien fundó el Movimiento Textil Argentino que integra el sindicato y forma parte de la agrupación para personas en situación de calle No Tan Distintes.  

De los corsés hasta Nike, la moda fue mutando a partir de la evolución de los materiales, la masificación en su fabricación y las nuevas actividades laborales. De esta manera, a lo largo de los siglos la forma de vestirnos reflejó los cambios culturales, las migraciones, las performatividades sexogenéricas, los estándares de belleza e incluso las prácticas deportivas. Minifaldas como símbolo de la liberación femenina, quemas de corpiños, colores pasteles en el hippismo o el jean en los campos algodoneros son sólo algunos de los hitos sociales que tuvieron su correlato en las pasarelas. 

Sin embargo, mientras el rol de les modistes aparece desde la Edad Media, cuando confeccionaban las prendas de lujo, aún hoy deben luchar por derechos básicos como la jubilación, la ART y la obra social propia, llegando -en los casos más extremos- a estar sometides a regímenes esclavos en la ilegalidad. “Son muchos años en los cuales se ha utilizado nuestro trabajo siendo totalmente acallados, utilizados como mano de obra barata”, manifiesta González, costurera y delegada promotora del Sindicato en La Pampa. “El fruto de nuestra labor está en comercios, boutiques, ferias pero el trabajador parece borrado”, agrega. Ella enfatiza en que la única manera de visibilizar la precariedad en la que está hundida la mano de obra del sistema de la moda es generando conciencia -a través de redes sociales, campañas publicitarias o medios de comunicación- tanto en la sociedad como en los propios trabajadores y, si bien reconoce que en el último tiempo la sindicalización ha ido en aumento, sabe que por prejuicio, desconocimiento o miedo, muches evitan afiliarse al organismo. “Es necesario crear conciencia, desde todas las organizaciones y los diferentes sindicatos, pero especialmente desde SATADTyA que es el único que nos nuclea como costureros”, cuenta sobre la organización nacional con sede en Mar del Plata.

Según la OIT, en 2019 había en el mundo unos 260 millones de trabajadores textiles a domicilio, lo que representa el 7,9 por ciento del empleo mundial. En Argentina, aunque no existen estadísticas oficiales, se cree que hay más de 50 mil personas que se dedican de manera domiciliaria a la creación de textiles. Este gran grupo muchas veces pasa toda su vida activa sin acceder a los beneficios del trabajo formal, además de lidiar con las consecuencias físicas de realizar un trabajo tan desgastante a largo plazo, que van desde la disminución en la visión, dificultades en las piernas y espalda por el constante uso de la máquina de coser, problemas de circulación, deformaciones posturales, artritis, entre otras. “En este trabajo también se mezcla la migración, el género y la clase. Muchas veces son mujeres que trabajan toda la vida sin estar registradas, sin poder jubilarse, sin vacaciones y todo lo que en ese sentido impacta en su calidad de vida”, enfatiza Victoria. 

En materia legal nuestra Constitución cuenta con la ley nacional 12.713 de trabajo a domicilio, sancionada en 1941 pero, ochenta años después, ésta no rige a nivel nacional y su aplicación se encuentra bajo la jurisdicción de la Ciudad de Buenos Aires. “Esa ley pondría a todes quienes trabajamos para marcas, Pymes o fábricas en regla. Nos permitiría jubilarnos, contar con vacaciones, obra social, mutual y los mismos beneficios que tiene cualquier trabajador en relación de dependencia. También tendríamos la opción de sentarnos en las mesas de debate cuando se discuten las paritarias, algo que hasta el momento no sucede ya que aún no nos dieron la matrícula de sindicato a pesar que presentamos todos los trámites”, dice Marta, quien cuenta que desde hace seis años el sindicato asiste a las afiliadas de manera ad honorem, realiza asambleas, nuclea al colectivo y unifica un tarifario, que incluye a las tejedoras. 

Actualmente existen varios proyectos de ley para regular la situación de les costureres, el último de ellos fue presentado por el senador Jorge Taiana en noviembre de 2020 con el fin de crear un “Sistema de Registro Simplificado” de las relaciones de trabajo a domicilio. Además, se planteó la necesidad de modificación del artículo 2 del Régimen de Contrato de Trabajo para que integre la modalidad de trabajo a domicilio. 

A los derechos laborales se le suma el reclamo por políticas públicas para revertir el impacto ambiental, la revalorización cultural de los textiles de las comunidades originarias y el trabajo de artesanes y el efectivo cumplimiento de la Ley de Talles, recientemente reglamentada. “Si bien elegir cómo vestirse debería ser un derecho, gran parte de la población que produce la ropa no puede acceder al producto terminado y mucho más a prendas que hayan sido realizadas en buenas condiciones”, asegura Victoria, quien enfatiza en la necesidad de que consumidores, costureros y diseñadores se unan, coordinando para generar una articulación del sector. “Creo que falta que terminen de cruzarse moda y feminismo. Estamos muy centradas en cómo nos miran de afuera, cómo nos enseñaron a concebirse y ahí tenemos un camino para recorrer y apropiarnos del cuerpo en todas las formas. En vez de resignarse a que ‘no hay este talle’ o ‘no puedo acceder a tal prenda‘, es cuestionar eso. También hay que deconstruir la figura de la donación porque para algunes vestirse es una elección ligada al deseo y otres lo hacen en base al descarte, aquello de lo que otres prescinden”. 

“Es necesario que las personas que van a la universidad y se reciben de diseñadores pasen antes por una máquina de coser para lograr, más allá de la empatía, una cooperación mutua, una comunidad. Eso haría que en el sistema de la moda se genere una cadena de producción donde desde el primer eslabón hasta el último haya sido pagado dignamente por sus saberes y su conocimiento y el tiempo. Esa prenda que termina en una vidriera sería una prenda digna por el simple hecho de que va a tener el precio de un trabajo de verdad y no de un trabajo ninguneado o de explotación. Esa es la manera de generar una moda más inclusiva”, concluye la costurera. 

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Dalia Cybel

Escribo y edito sobre géneros en El Grito del Sur. Alguna vez fui historiadora del arte, ahora intento ser Maestranda en Estudios y Políticas de Género. Tengo un newsletter con nombre de dibujito animado. Mi superpoder es tener siempre los labios pintados.
@orquidiarios