Sentir que el teléfono vibra cuando no lo está haciendo, mirar constantemente la pantalla, actualizar todo el tiempo el inicio de las redes sociales, tener ansiedad al no sumar likes o si quedan mensajes sin responder. El insomnio y los cambios de humor, el aislamiento social y la negación del problema, el sedentarismo y la pérdida de espacios de ocio, pero principalmente priorizar estar con el celular por sobre otras actividades, son algunos de los comportamientos que pueden demostrar que no tenemos un vínculo sano con nuestro teléfono.
Si bien en lo cotidiano los dispositivos móviles tomaron un rol fundamental para la comunicación humana, llevando y trayendo información de un punto al otro del mundo instantáneamente, la contracara de la hiper conexión puede ser la dependencia que crean los dispositivos inteligentes y las graves consecuencias que trae aparejada. Cada vez son más los jóvenes y adolescentes que no pueden despegarse del smartphone, incluso en las escuelas, algo que se suma al fenómeno problemático de las apuestas online.
Desde la pandemia, cuando nuestra ventana al mundo quedó limitada a las pantallas, el uso del celular se vio agudizado. Algunos años después, ya sin barbijos de por medio, desde qué cocinar hasta cómo organizar el armario, todo puede aprenderse a través de una página web, un reel de treinta segundos o un carrusel de imágenes que están al alcance de la mano. El fenómeno de las campañas políticas a través de redes y el auge de Tiktok no hizo más que retroalimentar el hecho y el gobierno actual parece ser el máximo exponente de la pregnancia que tiene lo que sucede en redes en la opinión pública.
El exceso de información también acarrea síntomas como el burnout (o síndrome del quemado) o la eco ansiedad. Además, el teletrabajo agudizó la sensación de tener que estar siempre conectado y la posibilidad de recibir órdenes y tareas todo el tiempo.
Según una investigación publicada en el diario The Conversation, donde se recopilan 41 estudios previos de todo el mundo, el 23,3% de adolescentes y jóvenes reportan un uso problemático del smartphone. A su vez, la Universidad Complutense de Madrid reportó que alrededor del 15,4% de la población española mantiene un uso del teléfono móvil muy elevado, mientras que en el 5,1% ya se puede considerar problemático o una adicción. En el plano local, según Clarín, en 2022 los argentinos pasaban 9 horas y 38 minutos diarios mirando distintas pantallas, lo que equivale a unos 147 días al año. Esta marca nos posiciona como el quinto país del mundo que más tiempo las utiliza, detrás de Sudáfrica y Filipinas.
La adicción al celular también es conocida como nomofobia por el término “no mobile phone phobia” en inglés. Algunas de las causas que pueden generar esta adicción tienen que ver con que la recepción constante de mensajes crea una necesidad por “estar al día” o la sensación de estar perdiéndose algo si no estamos pendientes de las redes, también conocido como FOMO por sus siglas en inglés: Fear Of Missing Out.
Asimismo, el deseo de recibir “likes” y la atención por parte de los demás puede generar un comportamiento adictivo que sirve para evitar enfrentarse a la soledad, el aburrimiento, el estrés o la ansiedad. De hecho, algunas páginas especializadas referencian que detrás de la adicción al móvil a menudo se esconden problemas de autoestima e inseguridad.
Para conocer más del fenómeno que afecta a grandes y chicos y se extiende año a año, El Grito del Sur se comunicó con Camila Vivanco, psicoanalista (UBA) con experiencia en el tratamiento de adicciones y en la salud mental de adolescentes y adultos.

¿Cómo ves la relación de las personas con sus celulares actualmente?
La relación que tenemos hoy con el celular está súper comprometida. Antes se creía que el celular era un objeto externo a nosotros, pero hoy forma parte de lo más íntimo y cuando no lo tenemos cerca nos aparecen un montón de sentimientos que empiezan como mínimo con la ansiedad. Lo particular de nuestra relación con el teléfono es que todos en mayor o menor medida tenemos algún grado de dependencia. En la juventud esto repercute aún más por la cuestión de estar expuestos a las pantallas desde la infancia, que funciona en el peor de los sentidos como un chupete electrónico y pasa a ser estructurante de su psiquis. Las juventudes, por elaboraciones propias de la edad, son más vulnerables a lo que ven en redes y si encima sufren una caída de las figuras de autoridad, les cuesta más ponerse límites. No hay límites de tiempo ni de consumo. Tampoco hay límites en la exposición del cuerpo, especialmente en las chicas. Estar bombardeados por imágenes cuando se está duelando el cuerpo de la infancia no es gratuito.
¿Crees que la pandemia acrecentó la dependencia del celular?
Yo creo que la pandemia fue un catalizador de una tendencia que venía en auge. Ahora la adicción a la tecnología es casi una nueva pandemia.
¿Cuáles son las consecuencias del uso problemático del teléfono?
Creo que lo podemos dividir en las consecuencias extrínsecas e intrínsecas del uso del celular y las redes sociales. En términos de relaciones interpersonales, afecta porque es más “sencillo” estar viendo una pantalla que relacionarse con pares. Esto en realidad porque es un refugio para la ansiedad que nos provoca tener que llevarse con otros. Después está todo lo que podemos pensar sobre nosotros mismos y el efecto que generan las redes en cuanto a la comparación de nuestra vida con la de los demás. Se hace una idealización del otro y una comparación constante en la que siempre perdemos. Otra consecuencia importante tiene que ver con cierto pegoteo entre el ser visto y la existencia. Como si solo existiera si me validan de manera externa, a través de la cantidad de likes o las reacciones obtenidas. Estar constantemente buscando que el otro me dé su aprobación a través de cuánta gente mira mis historias.

Actualmente la gran mayoría de las personas trabaja, interactúa y socializa a través del teléfono. ¿Cómo podemos detectar el límite entre lo usual y lo patológico? ¿Cómo son los tratamientos en el caso de que sea una patología?
Hay algunos diagnósticos que se basan en la cantidad de horas que pasamos con el celular. Yo creo que tiene más que ver con la calidad del tiempo que pasamos con el teléfono. Cuando aparece el no registro del paso del tiempo, el uso excesivo y compulsivo, que ya empieza a interferir con nuestro vínculo con los demás, con nuestro bienestar, cuando lo empezamos a ver como el único mecanismo para lidiar con nuestras dificultades, se puede decir que es patológico. Los tratamientos son muy singulares, pero tienen que ver con restringir el uso del teléfono y poder abordar el malestar por fuera de lo digital.
Tanto Milei como Trump y Bolsonaro hicieron sus campañas con un fuerte énfasis en redes sociales. ¿Qué pensás de las campañas políticas que se basan en el uso de las redes?
Creo que las redes ponen de manifiesto algo que se viene dando y es que hoy en día la realidad virtual tiene casi tanto peso que la realidad efectiva o más. En ese sentido no me parece raro que los movimientos sociales empiecen a hacer ruido ahí. Es la forma en la que están emergiendo los nuevos fenómenos sociales.
¿Qué pasa con las apps de citas?
Yo creo que las apps de citas no pueden pensarse aisladas de las redes sociales, que son el terreno de la inmediatez y donde las imágenes están por sobre las palabras. Lo que nos permite la palabra es la idea de preguntar cuando no entendiste, la posibilidad del malentendido, el desencuentro. La imagen es restrictiva, tiene un sentido unívoco. Igualmente como muchos fenómenos sociales creo que hay oleadas, son movimientos pendulares. Hace unos años las apps de citas fueron un boom, pero ahora veo una vuelta a los clubes de solteros, a las presentaciones entre amigos. Estoy escuchando algo así como una vuelta hacia lo analógico.
¿Qué rol debería cumplir el Estado a través de las políticas públicas para controlar la adicción a las pantallas?
Hasta ahora no hay políticas del Estado respecto a la adicción al celular ni a las pantallas. Incluso las compañías que tienen el llamado “Bienestar digital” no publican cuánto tiempo usamos las redes ni el tiempo frente a la pantalla. Creo que podría ser problemático que el Estado articule políticas al respecto porque hoy en día se podría ver como una pérdida de libertad, como una restricción de las redes sociales privadas.
¿Hay perfiles más vulnerables a la adicción a las redes sociales?
Al igual que pasa con otros fenómenos, el uso de la tecnología es algo que nos presenta a todos una dificultad. Creo que hay personalidades en ciertos momentos de su vida que son más vulnerables. Las adicciones tienen que ver con una disconformidad o un dolor enorme de la realidad y aparecen como una manera, fallida, de transitar este malestar.

¿Qué consejos se pueden dar para evitar el uso excesivo del celular?
En primer lugar recurrir a aplicaciones o temporizadores que nos pongan al tanto de cuánto tiempo estamos en redes o cuánto tiempo usamos nuestro celular. Después lo que me parece más interesante es pensar más allá del bienestar digital en el estar analógico. Eso es lo que nos va a permitir amigarnos con uno mismo, saber que la realidad incluye todo, lo luminoso y lo vital, y las dificultades y oscuridades.






