Blackface y 25 de mayo: el racismo cotidiano como herencia colonial

👩🏿‍🦱 El blackface ha promovido la discriminación racial y la idea de la inferioridad de las personas negras, que aún hoy persiste en el imaginario colectivo. Pintarse la cara con corcho quemado materializa un lugar simbólico, ubicado en un espacio muy específico: estar por fuera del desarrollo, lejos de la ascendencia social.

En 1810, un grupo de personas motivadas por la crisis política y económica que atravesaba al Virreinato del Río de La Plata, decidió tomar el control del gobierno. Así, un 25 de mayo se instaló la Primera Junta que constituyó un gobierno patrio. Aunque esta fecha se considera emblemática en la historia argentina, las celebraciones en todo el país suelen ignorar aspectos fundamentales y críticos de esta historia, utilizando prácticas ofensivas como el “blackface”, reflejando una arraigada discriminación.

La narrativa oficial, transmitida de generación en generación, excluye sistemáticamente a las comunidades afroargentinas, a pesar de su papel crucial en estos procesos históricos. Esta invisibilización y exclusión no son accidentales, sino intencionadas, y han contribuido a la persistencia de la estereotipación y la deshumanización de estas comunidades. Esta falta de reconocimiento y respeto hacia la verdadera diversidad histórica ha moldeado una identidad nacional distorsionada y excluyente.

¿Qué es el blackface?

El blackface ha sido una práctica teatral y de entretenimiento que surgió en los Estados Unidos en el siglo XIX. Las personas blancas maquillaban su cara de color negro, y esto servía para entretener a los blancos con espectáculos basados en estereotipos negativos sobre las personas negras y en burlas sobre sus expresiones, acentos y apariencia. La imagen del negro se convirtió en un disfraz, en un objeto, en una máscara desmontable. Esta práctica perpetuó imágenes negativas, ridiculizadas y deshumanizadoras que permanecen en el imaginario social hasta la fecha.

Blackface en Argentina

En las últimas décadas, el blackface ha experimentado un resurgimiento en Argentina, especialmente en los actos escolares del 25 de mayo. A modo de justificación, se argumenta que el blackface es parte de la cultura argentina y que su inclusión en las celebraciones es simplemente una forma de mantener viva la tradición. Sin embargo, esta justificación ignora el significado cultural del blackface, así como su impacto en las comunidades afroargentinas. 

El uso del blackface ha promovido la discriminación racial y la idea de la inferioridad de las personas negras, que aún hoy persiste en el imaginario colectivo. El recurso de pintarse la cara con corcho quemado materializa un lugar simbólico, ubicado en un espacio muy específico en la escena del progreso: estar por fuera del desarrollo, lejos de la ascendencia social. Un ejemplo se da en nuestros actos escolares, todos los 25 de Mayo: el lechero, la vendedora de velas, la mazamorrera, vendedores ambulantes, la lavandera, todos personajes reservados al alumno con la cara pintada con corcho quemado. Ridiculizar las maneras, formas y costumbres de ser y de habitar los espacios, perpetúa la visión racista colonial que coloca a las personas afroargentinas en roles de servidumbre y marginalidad, construyendo un lenguaje simbólico a través de tipificaciones sobre la imagen del negro muy difíciles de desentrañar, reproduciendo estereotipos y suavizando su condición de esclavizados.

En la escena escolar colonial el negro se vuelve lo otro, lo extranjero. Los rasgos físicos son exacerbados, ridiculizados, se emulan sus movimientos, danzas, la forma de vestir y los oficios desempeñados. La identidad del negro se disminuye a un disfraz, construida y anunciada a partir de un cuerpo cosificado, deshumanizado, como objeto generador de risa y diversión, como el bufón de la representación escolar, siempre ligado a la servidumbre, representado como un ser sumiso, divertido, poco educado y servil. 

La narrativa hegemónica, sostenida por estas representaciones y el uso del blackface, implica la exclusión sistemática y estructural de los afroargentinos. Esto los priva de la posibilidad de ascender socialmente, limitando su progreso económico y educativo, considerándolos como primitivos e incivilizados, producto de la internalización del desprecio hacia las comunidades afrodescendientes en nuestro país. El racismo cotidiano sitúa a las personas en tiempos de la colonia, mediante una narrativa tradicional que intenta homogeneizar la identidad argentina, ignorando la diversidad étnica y cultural de nuestra nación. Es fundamental cuestionar y erradicar estas prácticas, promoviendo una representación respetuosa y precisa de todas las comunidades que conforman la nación argentina.

Las imágenes y representaciones negativas que aún persisten en el imaginario social reflejan una falta de reconocimiento y respeto hacia la verdadera diversidad histórica de Argentina. La lucha contra el racismo y la discriminación debe ser un compromiso constante, reflejado en nuestras celebraciones, instituciones y políticas. Es urgente revisar y cuestionar estas prácticas, reconociendo y valorando la contribución esencial de las personas afrodescendientes en la historia argentina, para construir una memoria colectiva más justa e inclusiva, una narrativa histórica diferente y precisa que refleje la verdadera diversidad y complejidad del proceso de construcción de identidad de nuestra nación. 

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Gabriela Fonseca

Gabriela C. Fernández Fonseca es Licenciada en Psicología y activista afroargentina