“Cuando nadie me estaba viendo, veía películas para adultos en el trabajo, y bajaba videos. Era arriesgado, pero quería ver más y más. Consumía en promedio 5 horas diarias de porno y me dormía con el celular en la mano viendo escenas de ese tipo”, asegura un entrevistado anónimo al periódico mexicano GQ. «Lo malo es que sin ver XXX ya no me excitaba tanto, necesitaba ese extra para poder sentir placer con mi pareja”, cuenta.
El consumo problemático de pornografía ha cobrado una gran relevancia en nuestra sociedad moderna, en parte fogueada por la facilidad del acceso a smartphones y material pornográfico en línea, lo cual popularizó estos contenidos también entre niños y adolescentes. Esta facilidad permite que cada vez más personas se vean atrapadas en un patrón compulsivo de consumo, que afecta de alguna manera u otra su bienestar físico y emocional.
Eugenio es el vocero de Adictos al Sexo Anónimos (ASA) y conoce muy bien el tema. Si bien él no tuvo una patología relacionada con el consumo de pornografía, sino más bien con las amantes, hace años que acompaña a personas que se acercan a los grupos buscando ponerle fin. Según explica, cuando este consumo se vuelve extremo tiene similitudes con la dependencia del alcohol o las drogas.

Entre los parecidos al consumo de sustancias, Eugenio explica que la pornografía produce una descarga excesiva de dopamina y, por tanto, una sobreestimulación en el sistema de recompensa del cerebro. Este exceso de liberación de dopamina generado por la excitación sexual, y muchas veces por el orgasmo, lleva un mensaje al cerebro para que repita la conducta y se genera así la constante necesidad de sentir estimulación. Asimismo, como con el abuso de otras sustancias, se genera cierta tolerancia, por la cual con la exposición a estos materiales aumenta la compulsión, llevando a la necesidad de ver porno cada vez más intenso y en mayores cantidades para lograr la misma excitación.
La diferencia que encuentra Eugenio con otros consumos es que, mientras que el alcohol, el tabaco o las drogas se puede extirpar de raíz, cuando se trata de la sexualidad, los vínculos sexuales y afectivos entrecruzan toda la vida del ser humano. “El sexo está en un punto más emparentado con la gente que tiene problemas con la comida que al alcohol o las drogas, porque no se puede quitar para siempre o dejar de consumir del todo. No es una adicción química”, reflexiona. “El porno está al alcance de la mano y es más difícil que haya una mediación del pensamiento”, cuenta.
Mel es educador sexual e integrante de Kinky Vibe, una tienda erótica, editorial y cooperativa dedicada a la divulgación sexual. En este caso, él se posiciona desde una perspectiva de ‘Gestión de riesgos y placeres’ y de ‘Reducción de riesgos y daños’, por lo cual no adhiere al modelo de la “adicción”, que trata al consumo como algo inherentemente malo y a la persona con un consumo problemático como enferma. “No descarto la utilidad de la categoría «adicto», ni que cada persona se identifique con esa etiqueta, es algo personal. Lo que critico es su función social y el daño que produce en las personas con ese consumo, allí aparecen “salvadores” y gente que busca “curar”, en vez de pensar en la salud mental de la persona con el consumo y cómo acercarse al mismo desde un lugar no destructivo o no problemático”, aclara antes de comenzar.

Mel también encuentra similitudes entre el consumo problemático de porno y la comida, pero en este caso desde otra arista. Él dice que si bien las estadísticas muestran que 1 de cada 25 adolescentes sufre algún desorden alimentario en la Argentina, no por eso se promulga tenerle miedo a la comida o al ejercicio. “Muchos profesionales han señalado que aquellas personas que reportan tener una adicción al porno muchas veces tienen conflictos morales, religiosos, y de auto patologización de su identidad, su orientación y sus prácticas. Lo cual también nos daría pie a entender por qué tantos grupos religiosos tienen espacios para ‘adictes al porno’”.
Fía y Flora son una pareja de lesbianas que formaron el proyecto O Centro do Sexo en Portugal, desde donde se encargan de repensar la pornografía, organizar eventos y dar clases. A ellas les gusta pensar el porno de la misma forma que pensamos en el cine, la literatura, el teatro o cualquier rama del arte y la cultura. “El tema de la adicción es un tema complejo, ya que como sociedad estamos expuestxs constantemente a esto: hay adicción al cigarrillo, al alcohol, al trabajo, a las redes sociales, y a cuántas cosas más. Pero sobre algunos elementos, la vara moral y el estigma caen mucho más fuerte: las drogas ilegales y recreativas, (porque de los fármacos pareciera que no hablamos, porque nos mantienen productivxs) y sobre el porno”.
“Creemos que hablar de ‘el porno’ reduce todo este mundo tan rico y variado a uno solo: la pornografía más mainstream -esa del guion repetido, el cumshot, los cuerpos hegemónicos, cisheterosexuales, machistas, racistas, centrado en los genitales, en donde suele haber explotación de les trabajadores, y todo eso que se nos viene a la mente cuando escuchamos hablar de porno a secas. De esta forma, quedan invisibilizadas tantas otras formas de hacer porno”, explicitan. “En cambio, en muchos de estos tipos de pornografías que no se suelen mencionar (ponografía disidente, queer, indie, feminista, ética, dependiendo de quién la produzca y cómo la enuncia) se da más lugar a lo inesperado, unx no sabe siempre qué se va a encontrar, y las reacciones que unx pueda tener son variadas: puede haber excitación, claro, pero también risa, ternura, rechazo, impresión, susto, curiosidad… En este sentido, es un poco más difícil volverse adictx o consumir de manera compulsiva algo que no tenés claro qué va a ser o producir en vos”.
“Obviamente hay que tratar a las adicciones con el respeto que merecen”, subrayan. Sin embargo, piensan que en vez de culpar al porno, hay que pensar de dónde puede venir la adicción. “Hay que ver quién está en esa situación, si puede venir del miedo a la frustración o al encuentro con otra/s persona/s y a esa intimidad, algo muy usual en estos tiempos no solo por la pornografía, sino por el exceso de pantallas”.
Si bien la Asociación Psicológica Americana (APA), que es quien elabora los criterios diagnósticos que se usan en nuestro territorio, no reconoce el consumo de pornografía como una adicción, la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE) ha reconocido algo que podría acercarse más a un “Desorden de comportamiento sexual compulsivo”. Sobre esto, Mel explica que un estudio del año 2020 llevado a cabo por la APA demuestra que las personas pueden declarar que se sienten adictas a la pornografía o al comportamiento sexual por diversas razones, pero la moralidad y la angustia moral parecen ser elementos clave para que las personas piensen que son adictas.

¿Educación Sexual Integral mata pornografía?
Según la plataforma española Forum Terapeutic, la “adicción a la pornografía” sí existe y es “un patrón compulsivo de consumo de material sexual explícito que conlleva consecuencias negativas en la vida de una persona”. Esto no tiene que ver solamente con la cantidad de tiempo, aunque influye, sino con que quienes experimentan esta adicción sienten que pierden el control sobre su comportamiento. “Uno acude a eso como una forma de escape, es una cuestión de evitación que empieza por la dificultad de enfrentar la vida tal cual es. El origen de todas las adicciones empieza por las cosas que no tenemos resueltas. Muchas de las personas que llegan a nuestros grupos ya tienen otro consumo compulsivo de base”, explica Eugenio, quien lleva 16 años en la comunidad de ASA.
“Se dice mucho que ‘les pibis aprenden todo lo que saben del porno’”, explican Fía y Flor y se vienen a la cabeza los dichos de Ramiro Marra, legislador porteño e integrante del partido gobernante, quien invitó a los jóvenes a formarse sexualmente a través de la pornografía hegemónica. “En vez de culpar al porno por eso, ¿por qué no reflexionamos sobre qué vemos o sobre por qué les pibis van a buscar al porno lo que no encuentran en otros lados? Hay una plataforma espectacular que se llama Sex School Hub, que justamente busca educar a través del porno, y son trabajadorxs sexuales y performers les que hacen los videos”, explican.
“Nos llama mucho la atención que hoy en día siga tan vigente la discusión de ‘porno sí o porno no’, algo que viene de las feministas de hace años (Sex Wars) cuando la propuesta de las feministas anti-porno era directamente censurarlo por machista y patriarcal. Es lo mismo que sucede con las drogas: como mucha gente se muere en fiestas por consumir drogas adulteradas y no saber lo que hay ahí adentro las quieren prohibir. No van a lograr que la gente deje de consumir así, sino que se seguirán intoxicando cuanto más ilegal y debajo de la alfombra esté todo eso”.
Tanto para Mel como para Flora y Fía, el uso de pornografía no es algo negativo en sí, sino que mucho tiene que ver con cuáles son los consumos. En ese sentido, las integrantes de O Centro do Sexo reivindican un porno contrahegemónico, queer y disidente donde haya cuerpos diversos y prácticas variadas. “¿Qué pasa si en vez de culpar al porno por ser “malo”, nos ocupamos de producir y consumir un “mejor” porno?”, enfatizan aclarando que consideran que las categorías malo y bueno son arbitrarias. “El problema es que la sociedad no está preparada para hablar de esto porque es demasiado hipócrita y moralista, y además hay gente a la que le conviene que esto se siga manteniendo al margen”, aseguran.
“La adicción a la pornografía afecta a todas las áreas, el sexo real pasa a ser aburrido, pero también afecta el trabajo, el estudio y todo lo que está a tu alrededor. Yo tengo compañeros que han estado encerrados 7 días mirando porno casi sin comer ni dormir por el estado de adrenalina que les generaba”, explica Eugenio. En ASA utilizan el método de los 12 pasos para salir de las adicciones y creen en el mensaje religioso. El tratamiento consta de reuniones virtuales periódicas grupales y conlleva sistemas de padrinazgo y madrinazgo.
Según algunos sitios de internet, hay factores que hacen que ciertas personalidades sean más vulnerables a caer en una “adicción” a la pornografía. Algunos de ellos son: la insatisfacción sexual o emocional, la temprana edad de exposición a la pornografía y la falta de información precisa sobre la sexualidad y los trastornos emocionales o psicológicos previos. En ese sentido, la función de la ESI resulta fundamental para contener y encauzar estas problemáticas así como para informar sobre otros materiales y formas de tener relaciones sexuales que no se centren únicamente en la penetración. “Yo no le recomendaría a nadie que utilice la pornografía como educación sexual, el mensaje que transmite el porno hegemónico no ayuda en nada a tener una sociedad más respetuosa”, continúa Eugenio, quien es ingeniero.

Algunas de las señales que demuestran que el consumo de pornografía no está siendo sano pueden ser las dificultades para no consumir un día entero pornografía, buscar contenidos cada vez más exóticos y explícitos, la imposibilidad de masturbarse sin recurrir a la pornografía, consumir pornografía en lugares que entrañen riesgo o no sean aptos para hacerlo o relegar el resto de las actividades cotidianas o de ocio de su propia vida en función de ver pornografía. Asimismo, la adicción a la pornografía puede implicar un gasto de dinero en exceso para conseguir más y más variedad de contenido erótico explícito. Otros síntomas son la depresión, la irritabilidad y la renuncia a los encuentros sexuales para poner el énfasis en la masturbación a través de visionar contenidos eróticos.
“El problema no es el sexo sino lo que hacemos con eso”, continúa Eugenio, quien advierte que, aunque parezca contradictorio, una de las señales de que el consumo es problemático pueden ser los desencuentros sexuales en la pareja. “Pensaba que todas las mujeres eran como las de las películas, no podía confiar en ninguna y quería tener sexo con todas”, cuenta otro de los entrevistados por el medio mexicano GQ.
El consumo problemático de pornografía puede provocar ansiedad y sentimientos de vergüenza y culpa, que llevan aparejados una baja autoestima. Entre el aislamiento progresivo y las dificultades para entablar una comunicación con los demás, los “adictos” a la pornografía y el sexo deben lidiar con los prejuicios de la sociedad, lo que genera muchas dificultades para aceptar y tratar la problemática. “Hay un estigma social de que si sos adicto al sexo o sos un violador de menores o la pasas re bien. No es así, hay muchísimos suicidios, es muy pesado lo que pasa en la cabeza de un adicto que no sabe que hay una posibilidad de solución”, asegura Eugenio. Para él, la adicción no se cura pero se controla y se puede seguir lidiando con ella si se da lugar al tratamiento.

¿Otro porno es posible?
Como lesbianas, a Flor y Fía siempre les fue difícil encontrar ámbitos de representaciones positivas y realistas. Es por eso que, para ellas, el porno feminista es un espacio donde fluir. “Ver prácticas que nos calientan, descubrir otras que no conocíamos y que nos pueden calentar, fijar límites con otras que definitivamente no. El porno es una herramienta fundamental para hablar sobre consentimiento”, abogan las activistas. “El porno que más circula está claramente centrado en el placer del varón cis heterosexual. Incluso el porno lésbico que se ve en las plataformas más comunes es un porno que tiene como objetivo final al varón espectador. Nos pasó a ambas, de manera individual, de querer ver porno y no terminar de sentirnos cómodas con lo que encontrábamos en las plataformas más populares”, agregan.
Según las estadísticas de Pornhub 2023, la Argentina tiene un alto porcentaje de espectadores femeninos de porno, lo cual puede ser visto como algo positivo si lo llevamos a términos de empoderamiento y del placer. En el ranking mundial Argentina está ocupando el tercer puesto, con un 47% de mujeres. La mayoría de los espectadores de pornografía tienen entre 18 y 34 años, lo que representa más de la mitad de la audiencia total. El grupo de edad de 18 a 24 años representó el 27% de todo el tráfico y el grupo de edad de 25 a 34 años significó el 26% de todo el tráfico. Después de eso, las cifras disminuyen.
“A nosotras particularmente nos acercó el poder hablar de porno, porque es algo de lo que directamente no se habla entre personas socializadas como mujeres. Gracias a eso hoy se permite hablar de masturbación, pero cuando éramos adolescentes tampoco. Parecía que nadie se masturbaba, que nadie veía porno en nuestros grupos de amigas”, continúan las jóvenes.
Las categorías de búsquedas también pueden darnos algún indicio de los gustos de los consumidores de pornografía: la más usada en 2023 fue “hentai”, un término que ha ganado popularidad a lo largo de los años y que ha ocupado el primer puesto como término más buscado durante tres años consecutivos. A éste le siguieron lesbianas y MILF.
Consultadas sobre ¿qué contribución tiene el porno feminista?, las entrevistadas contestan: “Visibilizar otros cuerpos, otras prácticas, descentralizar la penetración y los genitales, enseñarnos sobre consentimiento, sobre placer, sobre mimos, sobre límites, desaprender guiones, mostrarnos que nadie “sabe todo sobre el sexo” porque la sexualidad es infinita e impredecible”.
A esto Mel suma recomendaciones de lecturas como “Porno Feminista”, de Tristan Taorimo; ”El dedo en el porno”, de Laura Milano; ”Atrincheradas en la carne”, de Lucía Egaña Rojas; y ”Pornotopía”, de Paul B. Preciado. “No creo que el porno ‘feminista‘, ‘posporno‘, ‘queer‘ sea inherentemente mejor que otros”, afirma. “Creo que lo que han hecho es tener mejores condiciones de trabajo para les trabajadores sexuales (actuantes) y mayor reflexión al respecto de su impacto, su rol social y sus potencias, así como convertirse en un medio de exploración, análisis y crítica política”, concluye.





