Entre la nada y la cárcel: reflexiones en primera persona sobre el caso Brieger

🗣️ El silencio no fue nuestro, pero sí su ruptura: la palabra colectiva. ¿Qué falló para que los abusos se siguieran perpetuando durante tanto tiempo? Julia Kolodny, una de las mujeres que alzó la voz en el caso Brieger, reflexiona sobre el prestigio, el acoso y el accionar feminista.

El 2018 fue una experiencia arrolladora en todos los sentidos posibles: nos dejó sin dudas lo más importante, el aborto legal, pero también el aprendizaje sobre la importancia de las redes entre mujeres y diversidades, de la potencia de la organización. Pero no todo fueron conquistas. El 2018 nos dejó también agotamiento, mucho agotamiento.


Es imposible pensar de manera contrafáctica. Tampoco tiene valor la autocrítica que se plantea en términos de que ̈se nos fue la mano¨. Por eso, sin ánimos de una autocrítica (¿hay grandes cambios sin desborde?), me propongo poner el foco en la reflexión sobre el lugar en el que quedamos paradas después de todo este proceso, que más que certezas me lleva a pensar cuáles son los interrogantes, las preguntas a las que necesitamos darle lugar y de qué manera podemos hacerlo hoy con nuestro propio bagaje como generación.

Los peligros de la denuncia a mansalva

Las feministas quedamos cansadas. Nos sentimos sobregiradas y no queremos volver a caer en cierta dinámica punitiva que tuvo la última ola que nos tocó protagonizar.

Pero no todo está en nuestras manos: la etapa que vivimos no supo ni sabe contener políticamente y darle espacio a lo que pasó en las calles, en las aulas, en las casas. No por el feminismo en particular (o quizás sí), sino por factores de diversa índole: una clase media cada vez más empobrecida, una falta de perspectiva de desarrollo tanto profesional como identitario para una gran masa de la población y, en definitiva, un desencantamiento generalizado respecto de las instituciones, los marcos, la organización política. Y ¨las feministas¨ no somos una isla ni un país aparte.

En este contexto (porque hay circunstancias que irrumpen e interrumpen los propios tiempos de las cosas) aparece el caso de Pedro Brieger: una práctica sistemática de acoso sexual y laboral de por lo menos por 30 años hacia por lo menos 19 mujeres.

El prestigio, el silencio, y el qué hacer

El prestigio (también conocido como ¨No te pago porque mi nombre vale más que un sueldo¨)

¨En nuestra lógica el prestigio no es un valor¨, nos dijo Claudia Acuña, integrante y fundadora de Periodistas Argentinas, en una de las primeras reuniones que tuvimos quienes quisimos (y pudimos) hablar de los abusos sufridos por Brieger. Y me dejó pensando.

Puede que ¨prestigio¨ sea una palabra asociada comúnmente a varones de determinada generación que llegan a determinado lugar y que gozan de cierto poder en lo público que les otorga muchas veces la impunidad necesaria para actuar de manera abusiva. 

¿Existe entonces la posibilidad de plantear otras lógicas en donde el prestigio no sea el valor más importante a admirar y perseguir?

Si pensamos en nuestras propias construcciones feministas, ¿no hay cierta reproducción de las lógicas que criticamos? 

El silencio

Sería incierto plantear que estos últimos 30 años fueron años de silencio. Sería injusto endilgarnos el silencio a quienes no sólo lo hemos contado en nuestros propios espacios de trabajo, sino también, lo hemos hecho incluso en televisión abierta. El silencio fue entonces de la interlocución.

¿Qué falló para que los abusos se siguieran perpetuando durante tanto tiempo? ¿Es el miedo al escrache, a la mirada punitiva, lo que termina funcionando como eje disciplinador? ¿Cómo hacer que el peso de nuestra propia historia no devenga en la inmovilidad? ¿Puede que hayamos construido en estos años una especie de burocracia feminista?

Muchos interrogantes, una sola certeza.

El silencio no fue nuestro, pero sí su ruptura: la palabra colectiva.

El qué hacer

Qué hay entre la nada y la cárcel, entre el silencio y el escrache.

Es difícil imaginar un mundo mejor cuando la Justicia y el Estado se corren cada vez más del lugar de intermediarios entre nuestra vida y el bienestar, por lo que resulta incómodo tal vez plantear la necesidad de construir dispositivos nuestros sin seguir reclamando a las instituciones. Pero una cosa no quita la otra.


No pretendo para nada, insisto, responder las preguntas sobre cuál es el accionar correspondiente a cada varón que abusa, a cada sistema que permite que un varón abuse, a cada interlocución que falla, pero sí quizás sea momento de hacernos las preguntas de manera honesta, saliendo de todo tipo de consigna prefabricada, tratando de sacarnos de encima la lógica de Twitter en donde lo canchero y lo posado importa más que la verdad.

Romper nuestras propias consignas, nuestros propios dogmas, ejercitar la mirada feminista, ponerle palabra al silencio, poner en palabra los miedos, hablar.

El silencio no fue nuestro, pero sí su ruptura: la palabra colectiva.

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