El tiro le acaricia la oreja y detrás cae un hombre muerto. Con sangre en el rostro y el puño apretado, pero estoico y aplomado, se levanta y grita tres veces «Fight, fight, fight». La bala que rozó la sien de Trump podría haber herido de muerte a la democracia yanqui. Pero no pasó. Reminiscencias de nuestros tiempos: del archiduque Francisco Fernando a John F. Kennedy pasando por Bolsonaro y Cristina, el magnicidio no es novedad en materia política y menos en la estadounidense. Lincoln, Kennedy y otros dos presidentes gringos fueron asesinados. Al menos siete más sufrieron atentados. Balas y estrellas en el país de la libertad (de portación de armas).
Vivimos un momento de fuerte descomposición en la sociedad yanqui. Tras una breve primavera post soviética en la que parecía que no había alternativa y donde los colores unidos de Benetton se encuadraban detrás del capitalismo multicultural, la fantasía del mundo unipolar dirigido desde Washington tambalea. Y con ella el proyecto atlantista de gobierno del mundo a través de la OTAN, del complejo militar industrial estadounidense y de los mecanismos blandos de intervención. La principal crisis de hegemonía desde la caída del muro de Berlín pone en cuestión la conducción estadounidense del planeta. Y a la interna trae ruido: es el momento más sensible en los Estados Unidos desde la guerra de secesión a esta parte. Don´t thread on me. O sí.
Make America Great Again o perecer en el intento. El debate de globalistas contra nacionalistas tiene dos aristas claves: la económica y la geopolítica. En un mundo de cadenas de producción descentralizadas y disputa por las tecnologías y el control del espacio exterior, la amenaza china es el motor de campaña de Trump. La sangre al tiempo: el dominio imperial de EE.UU. depende de la fuerza militar, el de China es la apuesta a un largo pero sostenido proceso de crecimiento económico y expansión de influencias. Más allá de los furcios y las lagunas de Biden (que acapararon la atención del último debate), el contenido del encuentro fue básicamente geopolítico: qué hacer en Ucrania, cómo actuar en Israel. Los grandes consensos de Estado de la democracia bipartidista flaquean al calor de la grieta. ¿Latinoamericanización de la política gringa?
¿Dónde empieza la violencia? Hacer un recorte temporal implica una decisión política. El tiro a Trump tiene su origen al menos tres años antes, con la toma del Capitolio por parte de una horda de fanáticos trumpistas con banderas y huampas que dejó cinco muertos en su intento de copar el Congreso. El propio Trump está siendo investigado por el caso. Estados Unidos es el único país en el mundo con más armas que ciudadanos: un promedio de 1,2 armas de fuego por cada habitante. Un polvorín a merced del primer chispazo político. El bumeran de la industria armamentística in the land of the free-kys.
No hay dudas de que este hecho será un parteaguas en la campaña electoral. Mientras uno se levanta indemne tras vencer a la muerte, el otro confunde a Putin con Zelenski y a su rival con su vicepresidenta. Lo de Biden no tiene que ver con la edad, ya que de ganar Trump, el magnate se convertiría también en el presidente más viejo en asumir el cargo. De hecho, Nancy Pelosi, presidenta de la Cámara de Representantes hasta el año pasado, tiene 84 y está lúcida. No es entonces gerontofobia ni guerra del cerdo, es la evidente desmejora del estado de salud mental de Biden en una campaña que resulta una picadora de carne. A pesar de esto, todo indica que los demócratas refrendarán su candidatura en agosto: Obama, Clinton y hasta Bernie Sanders salieron a bancar la candidatura del actual presidente. Nobleza obliga: en una campaña cuesta arriba, nadie quiere convertirse tampoco en el mariscal de la derrota.

Una condena al unísono de todo el arco político. Demócratas de diferente cepa, Maduro y hasta el propio Xi Jinping expresaron su apoyo y solidaridad con Donald Trump. Parece sensato, pero suena utópico en un país donde dos de los tres principales candidatos presidenciales no se expresaron frente al intento de magnicidio de Cristina. Pero hojaldre: mientras por arriba claman unidad, las segundas líneas se revolean acusaciones cruzadas y el clima se calienta. El timing del atentado fue oportuno para los republicanos, ya que entre hoy y el jueves definen en su Convención al vicepresidente que completará la fórmula de Trump. Y con este escenario, las posiciones más extremas avanzan dos casilleros en el complejo entramado de la rosca partidaria.
Milei y el tardío fandom capitalista. Con una evidente salida belicista de la pandemia, el rol de EE.UU. como principal sponsor de las guerras en Ucrania e Israel y la crisis civilizatoria de Europa, en la elección yanqui de noviembre se juega también parte de la conducción del mundo. Mientras la multipolaridad avanza y hasta Arabia Saudita (un viejo aliado de los gringos) se dispone a dejar de comerciar su petróleo únicamente en dólares, el jefe de los porristas tardíos del capitalismo gobierna una Argentina aislada en términos internacionales y sobreideologizada en su política exterior. Peor aún, alineada con la OTAN, la potencia colonizadora de nuestras Islas Malvinas. Javier Milei es la mascota de la hinchada de un Titanic que se hunde. Y nosotros los músicos de su orquesta.





