Niñez y pantallas: «chupete digital», productividad y angustia en la infancia

🎮 De la prohibición de las pantallas en las escuelas a la alfabetización digital, pasando por la monetización del tiempo de ocio. ¿Cuál es el impacto de los celulares en las infancias y qué recomiendan los especialistas?

Una niña de dos años y medio pide ver la pantalla del celular de su madre. La toca con agilidad e intuitivamente acciona el botón de PLAY, que repite una y otra vez un video corto donde aparece su niñera. Un nene de tres años come delante de una televisión donde se reproducen videos de YouTube con monstruos coloridos y peludos. El entretenimiento permite a su madre servir la comida a sus hermanos. La señorita de salita de cinco envía a sus alumnos una playlist de videoclips con canciones infantiles para pasar las vacaciones de invierno. Insta a compartirlos en familia. Todo el curso de segundo grado va a ver la película Intensamente 2 al cine, donde aprende sobre la naturaleza de las emociones. Un chico de 10 años discute con su mamá porque quiere abrirse una cuenta de Instagram como sus compañeros, aunque la madre se opone.

Estas escenas, imaginarias pero factibles, suceden en nuestra vida cotidiana. Ninguna de ellas parece llamar la atención por demás o alejarse de la conducta usual de los niños de hoy. De una manera u otra, las tecnologías se introdujeron en cada uno de nuestros hábitos y eso incluye la crianza de los niños y niñas modernos. Entre la precaución y la necesidad, algunos padres consideran que, del mismo modo que ellos utilizan dispositivos electrónicos constantemente, es justo que sus hijos también lo hagan. Otros optan por usarlos como “chupetes digitales” en momentos de crisis o cuando no saben qué aqueja a sus hijes. Muchos lo evitan de manera tajante y militan por una crianza sin pantallas y una vuelta al juego analógico. Los cubos rubik, los legos y los rompecabezas no parecen llamar la atención de los niños criados en la era del 2.0.

Sin embargo, ¿qué repercusiones tiene el uso de tecnologías en la formación de las subjetividades de estos niños? ¿Las pantallas de smartphones, televisores y cines son todo lo mismo? ¿Su empleo es pedagógico o dañino para la crianza de los futuros adultos?

“Lo que estamos viendo respecto al vínculo entre los chicos y chicas y la tecnología comienza a encender algunas alertas”, cuenta Lucia Fainboim, especialista en ciudadanía y crianza digital y directora de la consultora Bienestar Digital. “Empezamos a juntar evidencia de las consecuencias que trae un uso que, en principio, es excesivo y prematuro. Vemos chicos de primera infancia accediendo a plataformas con un contenido que no está pensado para ellos ni es acorde a su edad”, explica Lucía. Ella asegura que, de acuerdo a la experiencia recogida por estudios internacionales, el uso de teléfonos inteligentes en las niñeces no solo viene en detrimento de su salud física y su interacción con pares, sino que les quita la capacidad de espera y genera una baja tolerancia a la frustración. 

Según el informe “Niños en un mundo digital” de UNICEF, los jóvenes de 15 a 24 años son el grupo de edad más conectado. En todo el mundo, el 71% están en línea, en comparación con el 48% de la población total. Los niños y adolescentes menores de 18 años representan aproximadamente uno de cada tres usuarios de internet en todo el mundo. En algunos países, los niños menores de 15 años tienen la misma probabilidad de usar internet que los adultos mayores de 25 años.

“Las tecnologías digitales brindan oportunidades de aprendizaje y educación a los niños, especialmente en regiones remotas y durante las crisis humanitarias. Las tecnologías digitales también permiten a los niños acceder a información sobre asuntos que afectan a sus comunidades y pueden ayudarles a resolverlos”, aseguran desde UNICEF y se extienden: “Las tecnologías digitales también permiten a los niños acceder a información sobre asuntos que afectan a sus comunidades y pueden ayudarles a resolverlos”.

Sin duda, los beneficios de las plataformas electrónicas son variados y el acceso a la información de calidad se ha simplificado gracias a los avances de la tecnología. Actualmente podemos conectarnos casi de manera instantánea con cualquier persona alrededor del globo terráqueo, buscar recetas de cocina, leer libros clásicos y consumir productos culturales de calidad en el sillón de nuestro living. Asimismo, prescindir de las pantallas y optar por una crianza “libre de redes” muchas veces puede verse como el privilegio de aquellos que pueden dedicarse de pleno a la atención que requiere dicho crío en la era del multitasking.

“Siempre tenemos que entender la tecnología en un contexto histórico”, enfatiza Lucía. “Estamos en un momento donde hay un pico de productividad que nos exige que estemos todo el tiempo trabajando, consumiendo o haciendo cosas. Esto lleva a que muchas veces los padres no tengan el tiempo de calidad para criar a sus niños, causa por la cual recurren a las tecnologías. Cuando los chicos demandan atención y los cuidadores están sobrepasados, ya que por la crisis está creciendo el pluriempleo, aparece la pantalla como una herramienta de salvataje”, enfatiza.

Carolina Di Palma es Magíster en Comunicación, candidata al Doctorado en Comunicación (UNLP) y especialista en consumos culturales interactivos. También es responsable de proyectos de Convergencia digital del canal Pakapaka y TV Pública de Argentina desde el año 2010. Para ella, la apuesta sería reflexionar sobre los cambios de la sensibilidad contemporánea, pensando a la tec­no­logía digital como una nueva tecnicidad y no de manera instrumental. Como relata en su artículo “La pantalla no es un juego”, publicado en Revista Kiné, “la ritualidad establecida en la vida cotidiana de las nuevas generaciones se consolida mirando series hasta el infinito o jugando online, hasta el número Google que tiene tantos ceros hasta que el cuerpo se cansa”. 

En su investigación, para la cual realizó entrevistas en profundidad a niños de entre 5 y 12 años, Carolina y su equipo encontraron una correlación entre la imposibilidad de ponerle un fin a la lógica compulsiva de los videojuegos y el bajo rendimiento de los chicos en el colegio, a donde se presentaban sin dormir. “Indagando en esta relación, analizamos cuáles eran las tramas de interpelación de videojuegos y redes sociales y nos encontramos con un modelo de negocios que se llama ‘monetización del tiempo de ocio’”, explica la experta a este medio. “Cuando estas jugando videojuegos o scrolleando en redes sociales, el tiempo se transforma en metadato y esto se vende de manera ilegal para la segmentación algorítmica”, asegura Di Palma y alerta sobre el uso de los datos personales.

En 2021, la Sociedad Argentina de Pediatría informó que el uso excesivo de pantallas -más de 2 a 3 horas de exposición a medios electrónicos- puede afectar el cerebro en desarrollo, con importantes consecuencias en el desarrollo cognitivo y motriz, el aprendizaje y la memoria, y la salud en general. También se demostró que una elevada exposición a la televisión de fondo en menores de 5 años reduce la cantidad y la calidad de las interacciones entre padres e hijos y les quita tiempo de juego, afectando negativamente el uso y la adquisición del lenguaje, la atención, el desarrollo cognitivo y la función ejecutiva. Asimismo, la American Academy of Pediatrics (AAP) recomienda minimizar o eliminar la exposición a las pantallas a niños menores de 18 meses y poner límites a su uso para niños en edad preescolar. 

“Lo que tienen en común estos juegos y redes es que no hay forma de parar, no hay límites. A través de la simulación virtual siempre podés renovar vidas o comprarlas con una tarjeta de crédito”, continúa Carolina. La lógica del videojuego está íntimamente relacionada con el fenómeno de los adolescentes y las apuestas online, que ahora llaman la atención de profesionales de la educación y la salud. A su vez, explica que en la lógica del combate, que recrean los juegos online hegemónicos, se pierde la noción de que del otro lado hay un ser humano, deshumanizando lo que le sucede. “Empezamos a encontrar chicos con consecuencias somáticas que van desde la hiperactividad, ansiedad y atención dispersa hasta algunas patologías del espectro autista. Además, se generan mecanismos de recompensa adictivos que generan un incremento de la dopamina”. 

“No es lo mismo cualquier pantalla ni cualquier contenido”, asegura Lucía. En ese sentido, la especialista distingue entre la posibilidad de que los niños vean una película o un video didáctico compartiendo con sus amigues o hermanitos y que estén solos con el celular utilizando redes sociales, expuestos a perfiles falsos, apuestas en línea o al grooming. “Una de las cosas en la que siempre hago hincapié es que no todo es blanco y negro. No es que si hay pantallas está todo mal o si no hay pantallas está todo bien. Lo fundamental es restringir el uso de celulares o dispositivos electrónicos individuales e intentar dilatar, mediante acuerdos y sin caer en la presión de sus compañeros, el uso de redes sociales”, enfatiza.

“En el video juego hegemónico se instala como sentido común la lógica de la competencia, de matar a través de avatares, de deshumanizar al otro”, advierte Carolina. “Si vos te acostumbrás a tener estos incrementos de la dopamina y la idea de conseguir ‘dinero fácil’, es mucho más probable que se genere una relación conflictiva y adictiva”, argumenta.

¿Qué pasa en las escuelas?

Recientemente el senador provincial de Avellaneda, Emmanuel González Santalla, presentó un proyecto de ley para limitar el uso de celulares dentro de las aulas en las escuelas primarias. Éste habla de evitar su uso siempre y cuando las y los profesoras/res no lo requieran. El proyecto contó con el acompañamiento de profesionales que expusieron en la Comisión de Niñez, Adolescencia y Familia del Senado bonaerense. La propuesta enfatiza en la desigualdad que puede generar el uso de dispositivos y los problemas que trae el acceso a determinados contenidos sin estar bajo la supervisión de personas adultas, como puede ser la pornografía. Además, el proyecto advierte que los dispositivos electrónicos promueven el sedentarismo, generan problemas auditivos, oculares, de postura, nerviosismo, angustia y muchas veces llegan a suplantar el juego entre pares. Como fundamento, la ley cita un estudio realizado entre alumnos desde el nivel preescolar hasta el nivel superior que, en un total de 14 países, halló efectos negativos en la relación entre el uso de teléfonos móviles y los resultados educativos.

“Me parece que en unos años, cuando estos chicos sean adultos, va a haber una crisis de concentración”, advierte Lucía. “Pensemos que son chicos muy pequeños que están absorbiendo estímulos en un momento en que su cerebro está en formación. Ya al día de hoy, a los adultos nos cuesta concentrarnos en textos largos o en hacer una cosa a la vez y con el desarrollo de las tecnologías va a ser peor”, advierte. “Los chicos que están criados a través de la respuesta instantánea y viendo contenidos muy cortitos y fragmentados después serán los adultos que en la escuela o en la facultad les cueste mucho más absorber el aprendizaje. Es muy problemático porque estás formando a los profesionales del futuro”, enfatiza.

Para Lucía, es necesario entender en qué ámbito es posible -y necesario- restringir el acceso a las pantallas y en cuál es beneficioso fomentarlo. En ese sentido, hace hincapié en que en barrios vulnerables la escuela podría ser el único espacio de alfabetización digital para algunos chicos y chicas. De tal manera se podría pensar en los beneficios de las políticas públicas que prevén el uso de dispositivos electrónicos, como fueron las computadoras repartidas por el programa Conectar Igualdad en su momento.

 “Hace unos años se asociaba la inserción de pantallas con la mejor educación y ahora hay una corriente que aboga por la quita de esas pantallas. Creo que eso tiene que ver con situaciones de privilegio. Eliminar las pantallas en la escuela es beneficioso en lugares donde les chiques llegan a la casa y tienen acceso a éstas como para alfabetizarse digitalmente. Si se trata de un lugar donde no van a tener posibilidad de usar la tecnología, porque en su casa no cuentan con estos recursos, es fundamental que la escuela los provea para que aprendan a vincularse con las plataformas”, relata Lucía. “Sin duda no hay que dejar que todo recaiga sobre el docente, tiene que haber un sistema alrededor que lo acompañe y pensar el contexto global de cada curso. No hay situaciones homogéneas porque las poblaciones son muy diversas”, agrega.

“Yo estoy totalmente a favor de que los prohíban”, enfatiza Carolina sobre el uso de celulares en las escuelas. Para ella existen plataformas e interfaces más amigables que otras e incluso habla de la posibilidad de generar un software libre que no utilice los datos de los usuarios. Sin embargo, es tajante cuando se refiere a que la lógica de los videojuegos y las redes sociales “es un mecanismo de mercado que genera incrementos de la dopamina para extraer la mayor cantidad de energía que puede monetizar”. 


“No hay símbolo o cultura que pueda mediar con esto, especialmente en la niñez y en la primera infancia. Los videojuegos condicionan la percepción subjetiva y generan daños que son muy difíciles de revertir. Es una explotación infantil que, transformada en metadato, es redituable para la industria. Ahí hay un modelo de negocios que no está regulado por el derecho jurídico”, concluye, mientras advierte que la conectividad nacional es parte de una política fogueada por el foro político y económico intergubernamental del G7. “El problema es que la conectividad que se promulga tiene una veta de la que casi no se habla: si son sobre plataformas privativas, el Estado pierde soberanía”, finaliza.

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Dalia Cybel

Historiadora del arte y periodista feminista. Fanática de los libros y la siesta. En Instagram es @orquidiarios