“En toda mi trayectoria laboral nunca había tenido tantos pacientes con ideación suicida”, cuenta Manuela Martínez de Murguía, psicóloga de la UBA y directora de Psicoequipo. A sus 35 años, y con nueve de trayectoria en consultorio, Manuela asegura que es la primera vez que vive una crisis económica de este talante y enfatiza que los niveles de malestar y depresión son tan altos que para muchos la vida pierde sentido. “En la mayoría de los casos está relacionado directamente con el ámbito laboral y la situación económica, que son dos cosas que no se pueden aislar”, explica.
Los niveles de felicidad de los argentinos descendieron 3,5% en 2024 respecto al 2023 y los índices se encuentran actualmente entre los más bajos de los últimos años. Estos datos se desprenden de un informe dirigido por Luis Pedro Morera, del instituto Insight 21 de la Universidad Siglo 21. El mismo demuestra que, si bien la mitad de los argentinos dice que se siente satisfecho con su vida, sólo 1 de cada 3 (36,6%) se siente conforme con cómo le está yendo. Además, los jóvenes de entre 18 y 29 años son el único grupo etario que muestra un cambio positivo en los niveles de felicidad.

La situación es grave, las guardas psiquiátricas están llenas y los casos de salud mental que se encontraban estables se agudizan provocando crisis. Las consecuencias de vivir en un contexto impredecible repercute en las subjetividades de los argentinos. “Tengan cuidado con cómo se tratan, todos estamos en una”, dice una imagen que circula por internet. “La mente de los argentinos viene afectada desde hace un tiempo con la pandemia y eso se nota en la dificultad de la gente para dormir, para descansar, para enfocarse en algo concreto. Esto afecta notablemente tanto el área de producción como el esparcimiento. Se escucha una disminución en la posibilidad de enfrentar los problemas y pensar alternativas para su resolución”, señala Miriam Maidana, psicóloga de planta del Ministerio de Salud de la Provincia de Buenos Aires, docente de la Facultad de Psicología de la UBA y ex-investigadora UBACyT. Ella percibe que esto se expresa en una mayor cantidad de entradas de gente por guardia, tanto por intoxicaciones con psicofármacos y con alcohol como por autolesiones.
“A mí me gusta pensar el concepto de “salud” como una salud integral que aborda todo el contexto que vivimos los seres humanos”, aclara Manuela Martínez y plantea que es difícil tener salud mental en un contexto adverso, de crisis, malestar económico e incertidumbre. “Pensar la salud mental aislada de su entorno es un error de conceptos”, asegura.

Camila y Lucía son trabajadoras del campo de la salud mental en varios hospitales. Ellas advierten que, si bien no se puede fechar el comienzo de la crisis en un momento exacto, desde diciembre pasado muchas más personas no llegan a cubrir las necesidades básicas, lo que afecta toda posibilidad de trabajar otros temas como los vínculos, las redes de contención, el ocio y el esparcimiento. “Hay una realidad concreta que tiene que ver con que no podés trabajar otros factores cuando estás viendo a qué comedor tenés que acercarte a almorzar. Cada vez vemos más esa demanda de alimentos que antes estaba saldada”, aseguran. “Las subjetividades se ven atravesadas por la crisis. La coyuntura en la que estamos hace que las conflictividades de base se acentúen, generando más angustia todavía. Aumenta la frustración, la ansiedad y los pensamientos rumiantes”, explican.
La realidad actual del país ha generado mella en sus habitantes. Hay un malestar arrastrado que comenzó en la pandemia y se acentuó con las repetidas instancias electorales del año pasado, que imposibilitaron la capacidad de prever el futuro y de dar certezas sobre los hechos cotidianos, como si se iban o no a conservar los puestos laborales. “La noción de que el trabajo nunca alcanza, ya sea porque no tengo trabajo o porque aún trabajando no se llegan a cubrir las necesidades básicas, da la sensación de que es un problema individual, cuando se trata de una situación estructural. Aparece esta idea de que yo soy responsable si mi trabajo no me gusta, no me alcanza o me incomoda, como si fuese uno el que puede generar esos movimientos. Cuando esos movimientos no se pueden generar, porque el contexto es adverso, surge el malestar, la frustración y el desánimo, todos conceptos relacionados a la depresión”, relata Martínez.
Todos los profesionales consultados refuerzan que la crisis económica afecta la psiquis de los y las argentinos. Con un índice de pobreza que alcanzó al 48,9% de la población entre noviembre de 2023 y abril de 2024 y una clase media cada vez más desfalcada, la inseguridad laboral genera preocupación aguda en aquellos que en algún momento gozaron de estabilidad financiera. Según la Universidad Siglo 21, en todos los niveles sociodemográficos se observó una disminución de la felicidad entre 2023 y 2024. Para realizar este documento se tomaron 1050 casos de estudio en cada uno de los últimos siete años y se realizó una encuesta telefónica en base a un cuestionario estructurado.
“La inseguridad laboral es algo que se está viviendo en el mundo hace ya mucho tiempo, pero nunca fue tan claro y con esta intensidad”, explica Miriam, quien advierte sobre un nuevo fenómeno que surge de la mano del avance de la inteligencia artificial. “Los sectores más acomodados, que solían cambiar de trabajo seguido, buscando oportunidades, empiezan a sentir un efecto que las clases menos pudientes y obreras vienen sufriendo desde hace muchos años: la noción de que el sistema te puede reemplazar en cualquier momento por una máquina. Antes una persona que llegaba a gerente con formación de posgrado a los 30 años tenía la carrera en ascenso. Hoy en día, con el avance de la tecnología, se dan todas las características para que uno sienta que el mundo en algún momento se va a deshacer de él. Esto genera la pérdida de lugares simbólicos, porque el trabajo te da pertenencia”, plantea. “Esto hace que el psiquismo se debilite mucho”, concluye.
Con el cambio de gobierno, muchas estructuras a las que estábamos acostumbrados cambiaron y eso requirió de una gran capacidad de adaptación. Este proceso, a su vez, significó un trabajo psíquico que muchas veces genera malestar, especialmente si ese cambio es en detrimento de las capacidades económicas. El desgaste y el desánimo generan insatisfacción, irritabilidad y ansiedad, repercuten en los vínculos y hacen que se deban relegar los momentos de ocio. “Pasamos un tercio de la vida en el trabajo. Si ese trabajo no te llena, te frustra o no te gusta eso también interviene en los vínculos, en el ocio, en nuestra vida social. El trabajo es una parte estructural del ser humano”, asegura Manuela.

Tanto Miriam como Manuela acentúan que las clases medias fueron fuertemente afectadas por esta crisis económica. Si bien el informe asegura que los niveles de felicidad no cambian de manera sustancial en los estratos socioeconómicos, los sectores medios sufrieron un cambio diametral. “Las clases medias habían podido acceder a ciertos consumos culturales o recreativos que ahora se ven truncados. Si bien tal vez no está en peligro su alimentación o su vivienda, sí peligran los lugares de esparcimiento, que también son vitales”, cuenta Martínez. “No poder acceder a ciertos espacios a los que antes podían genera mucha frustración”.
Miriam también caracteriza la profundidad de la crisis en los sectores medios. Ella opina que si bien los más necesitados están perdiendo la red de apoyo y el entramado humano, la clase media está totalmente arrasada por el costo de lo que usualmente era algo dado por sentado, como por ejemplo ir a la universidad. “Antes se podía trazar un futuro mejor. Ahora no hay respuesta. Es un momento donde sentimos que todo está rompiéndose, no terminás de caerte pero casi”, continúa Maidana. “Cuando hay una crisis económica que pone en riesgo tu puesto de trabajo, empieza una competencia con el de al lado que antes capaz era tu amigo. No hay tiempo para tramitar la angustia, se pone el cuerpo en juego y aparecen muchas nuevas enfermedades que van desde ataques de pánico hasta síntomas psicosomáticos”.
El estudio de Siglo 21 fue realizado en el primer trimestre del 2024 y para confeccionarlo se utilizó la medida de la “escala de satisfacción con la vida”, utilizado por organismos internacionales como la OMS y la ONU. En promedio, los valores de felicidad son 3,5% más bajos que el año pasado. Respecto al rango etario, el grupo de 50 a 59 años fue el más infeliz. “Desafortunadamente, las crisis sociales y económicas en Argentina han llevado a que el bienestar emocional no sea considerado un recurso estratégico para el desarrollo nacional”, lamenta el informe.
Cabezas quemadas
En paralelo al informe sobre felicidad, el observatorio Insight 21 de la Universidad del Siglo 21 publicó el informe Burnout en Argentina 2024. En éste se explica que el Burnout se caracteriza por ser un estado de agotamiento emocional, despersonalización y una disminución del rendimiento personal intrínsecamente ligado a factores laborales o socioeconómicos. Este segundo informe asegura que el 24% de la población encuestada indica que no puede relajarse después del trabajo y que siente dificultades para iniciar una nueva jornada laboral. Asimismo, el tiempo de ocio se pone en juego, ya que un 32% señala sentirse demasiado cansado para realizar actividades de esparcimiento luego de la ocupación diaria. Nuevamente, los individuos de entre 50 y 59 años muestran valores más altos. “Cabe destacar que las personas afectadas por este síndrome presentan el doble de probabilidad de experimentar algún trastorno mental más severo a futuro”, aseguran. Todo parece coincidir con el título del ensayo del filósofo Byung Chul Han, quien definió a nuestra era como “La sociedad del cansancio”.

En una nota publicada por el medio LatFem, Miriam reflexiona sobre el Burnout y la falta de soluciones mágicas para problemas tan complejos. Ella explica que la informalidad laboral es una característica de la región y que la incertidumbre se agudiza con la capacidad de las máquinas de reemplazar a los humanos. “Porque el trabajo, lo sabemos, no implica sólo generar dinero para autosustentarse. Implica un orden, un cumplimiento, un sacrificio traducido en horas de (mal) viajes, llegar a la casa, saludar, bañarse, cenar y así hasta que el despertador suene nuevamente. Y para muchas personas implica una identidad. ¿No les pasó que ante amenazas de pérdidas laborales no pueden imaginarse de que podrían trabajar?”, se pregunta.
“Las personas que llegan a los tratamientos se sienten cada vez más cansados y quemados”, marcan Camila y Lucía. “Las herramientas que antes funcionaban hoy no dan respuesta, por lo cual todo el tiempo hay que implementar nuevos recursos. Aquellas personas que por algún momento se encontraban más estables respecto al descanso ahora lo perciben más intermitente. Las situaciones que ya venían arrasadas están muy detonadas y esto obliga a repensar la estrategia terapéutica todo el tiempo”, afirman. “Es un loop que se repite en picada cada vez más rápido”, describen sobre el espiral negativo. Y concluyen: “Tenemos muchos pacientes que venían estables y entraron en crisis en los últimos meses por el escenario que estamos atravesando. No es azaroso que se llenen más las guardias o que haya más emergencias de salud mental”.
“Si yo estoy pensando todo el tiempo en cómo voy a sobrevivir y cómo mantener a mi familia, no voy a tener tiempo para invertir en lo cultural y lo recreativo”, agrega Martínez, quien resalta que mucha gente tuvo que dejar el espacio de terapia por dificultades económicas. “Son contextos que invitan a acercarse a otros, a pesar de las crisis y las diferencias que podamos tener. Si hay hambre, es difícil pensar en una sociedad feliz. Tal vez una pista de por donde podemos comenzar a mejorar esto es romper el aislamiento”.
“Todo el tiempo nos sentimos en riesgo. No es solo el miedo, es mucho más avasallante”, resume Miriam, caracterizando el sentimiento de muchos en pocas palabras.





