«La mejor forma de entender el racismo es a través del amor»

🙌 Actor, dramaturgo y docente, David Gudiño desarticula eufemismos en "El David Marrón" y visibiliza el daltonismo social y racial desde un unipersonal inteligente y cargado de humor, galardonado con el Premio Trinidad Guevara. El Grito del Sur fue a visitarlo al teatro Dumont 4040.
07/09/2024

Pose escultural. Sobre la piedra, la figura masculina triunfante. Datan los registros que la representación es antes de que el muchachito enfrentase a Goliat, y que Miguel Ángel creía que en cada bloque de mármol existía un alma, que él trataba de recuperar. David está hecho pedazos. ¿La obra o el joven que arranca a contarnos su historia? 

Sobre una dramaturgia ampliamente ingeniosa, David Gudiño se desdobla entre sentidos y en alter ego con una de las esculturas más famosas y replicadas del mundo, para construir desde su propio modelo de estudio: el suyo, el de un protagonista que nació en la Ciudad de Tartagal (Salta), al que su madre le recuerda que por un par de cuadras no fue en Bolivia, y que se enamora de Juan, un visitante rubio, en el baño de un museo.  

Con dirección de Laura Fernández, David nos invita a una muestra enérgica, pícaramente sacrílega para profanar- provocar los estandartes de pureza asociados a lo blanco, donde los roles se invierten, suben y bajan como él interactuando con todas las piezas del David (escenografía de Norberto Laino).

El unipersonal recorre los pasillos de un humor tan atrevido como culto a la velocidad que los jóvenes se pasean por la galería de arte (y más tarde trascendiendo de ellas), y mientras que el texto arroja –en boca del abogado que saca chapa de sus conocimientos– datos de historia del arte, que desnudan la relación entre los cuadros para que pudiera formarse un ideario de Nación: colonizador, machista y eurocentrista. Desde “La cautiva”, de Juan Manuel Blanes (1980), y “La vuelta del malón” (1892), considerada una de las pinturas fundantes de la Argentina del siglo XIX, y que significativamente su autor, Ángel Della Valle, había estudiado en Florencia (Italia), de donde proviene el David de Miguel Ángel. En ambos lienzos, los cuerpos indígenas y de mujeres oprimidas. Sobre esos cimientos evolucionamos y nos levantamos.  

“¿Te imaginás un país en donde las personas indígenas no aparecen en la tele, ni series, ni en publicidades, pero te tomás el colectivo y está lleno? Bueno, eso es Argentina”, ilustra David Gudiño en diálogo con El Grito del Sur, tras recibirnos en la sala donde despliega su unipersonal. “Me pasó que viviendo afuera conocí gente de otros países y me di cuenta que elegía vivir acá”, asegura, con la convicción de que la pertenencia también se decide.

Comenzó a escribir la obra en un taller de humor y recordó cuando, en 2012 en Israel, “me decían que parecía vietnamita o filipino, pero nunca argentino”. En otra oportunidad, una profesora de comedia musical le expresó: “serías un gran arteterapeuta”. «Busqué dónde estaba la carrera y la encontré en Canadá y en Madrid, pero también en la Universidad Nacional de las Artes (UNA). Entonces vine a estudiar».

Licenciado en actuación y arte terapeuta, se crió en el otro extremo del país, en Tierra del Fuego, donde sus obras «25 Inviernos» y «Las del sur» fueron seleccionadas para representar a la provincia austral en la Fiesta Nacional del Teatro 2019 y 2021. Recibió el Premio Federal de Argentores por su labor teatral en una zona austral del país, la distinción del Concejo Deliberante del Municipio de Río Grande, y el Premio Trinidad Guevara categoría Revelación Masculina por “El David Marrón”. En 2020 estrenó su monólogo «Marrón», que integra la serie de “Antirracismo en tiempo” para Canal Encuentro. Allí evoca los casos de Facundo Castro, Camila Arjona y Rafael Nahuel, a los que también dedica un espacio en “El David Marrón”, tal vez el devenir de aquel primer antecedente. Siguió «Blizzard» en el Teatro Nacional Cervantes y participaciones en series de streaming como “El Reino” (Netflix), y “María Marta: El crimen del country” (MAX). Además, desarticula la lógica de la televisión con un segmento propio de redes sociales: «En el control» toma fragmentos de programas y representa las peripecias y relaciones de poder de dos operadores, encargados del graph y del minuto a minuto. Su llegada al colectivo de Identidad Marrón marca otro principio personal. Allí inspiró, co-escribió y actuó en el cortometraje #ArgentinaNoEsBlanca, que acumula más de 20 millones de visualizaciones totales, participó del concurso #TikTokShortFilm Cannes 2022 y ganó la Maratón Audiovisual SAGAI.

“Para mí no es importante hacer mi obra en el Louvre de París, yo la quiero hacer en Tilcara, en Salvador Mazza, en Humahuaca, en Salta. Me interesa ir ahí con mis compañeros indígenas, es acá donde se construye. Mi vieja limpió casas toda su vida: ahora me reta, me dice que ahora cuida abuelos. Mi viejo, maestro de escuela. Laburadores. Nosotros éramos tres y no sé si tenían el tiempo para sentarse y decir: ‘a ver, sufro racismo’. Creo que su esfuerzo de poder mandarnos a la universidad –mi hermana es doctora en matemáticas, mi otra hermana está estudiando ingeniería química– me dieron la posibilidad de tener tiempo para pensar. Siento que este país, a pesar de todo, y de periodistas que se paran en el prime time a decir ‘Argentina es tóxica’, utilizo las redes sociales para batallar eso y afirmar que quiero cumplir mis sueños acá” — manifiesta — “Me ha tocado conocer a un australiano y preguntarle: ‘che ¿y tu historia? ¿tu visión política? y nada’. En Argentina hay un entendimiento muy profundo de las cosas”.

¿Cómo surgió “El David Marrón”?

A partir de comentarios que recibo y situaciones que pasé. Identidad Marrón me ayudó muchísimo a darme cuenta por qué me paraba la policía; situaciones que se normalizan, como naturalizamos el machismo, y el feminismo nos ayudó. Pude poner en contexto que soy marrón, tengo rasgos indígenas, y que nuestra piel tiene un lugar asignado en las tareas que se esperan que hagamos. Y dije: por qué no plasmarlas en una obra.

Decís que todo comenzó con un comentario. ¿Cuán bello -jugando un poco en los términos de la trama- fue convertirlo en una obra de arte?

Es hacer eso o salir a romper todo (ríe). Siempre trato de tomarme con humor lo que me pasa y desde ese lado entra “El David Marrón”. De chiquito siempre soñé, en ese momento habrá sido estar en la tele, con actuar. La universidad me dio todas las herramientas para transformar esto que nos pasa en teatro, y es lo que amo hacer. En la escena de Buenos Aires está muy presente lo autobiográfico, y si bien en la obra hay mucho de realidad y ficción, es mi y una forma de vida, de comunicar y decir que vengan las personas marrones, indígenas, y sí, merecemos tratamiento igualitario. Hay algo del David que es tan bello y, bueno, también puede haber un David marrón, con nariz indígena, puede existir.

¿Cuánto fuiste a buscar dentro de tu propia historia?

Fue revisar todo lo que llamo el “mundo marrón”: a medida que iba creciendo nunca vi que en los programas centrales se hagan humitas en chala, o pastel de choclo, o se transmita la celebración de la Pachamama. Mi mamá me enseñaba a hacer humitas, con mi papá íbamos a buscar los choclos. Fue recordar, y pensar cómo puedo poner en valor eso y también mirarlas con humor: si crecí en una casa donde había un pozo, no teníamos agua potable, un montón de cosas que yo pensé, no tenían valor. En la obra se hace mucha alusión al amor. Yo siempre fui un aferrado al amor y siempre me arriesgué mucho por amor. Me pasó cuando terminé la secundaria y estar en chats, conocer gente y que me preguntaban: “cómo sos”; porque en esa época no había fotos. Yo pensaba «cómo soy»… No quería decir que era morocho, porque no soy tan oscuro, entonces decía trigueño, toda una cuestión rarísima. Entonces fue encontrar todas las cosas que me pasaban a mí también en relación a mi color de piel.

¿Cuánto la batalla cultural puede tener de una historia de amor?

Hay algo que en Argentina, como fuimos educados, donde solo el sujeto depositario del racismo es el afrodescendiente, uno desconoce que hay situaciones del amor interracial que están cero exploradas en Argentina y vivimos con un daltonismo racial y social, que parece que son todos iguales. Por ejemplo, chicas me han contado a través de mensajes: “Mi marido es súper blanco, yo soy re marrona, mi nene salió hiper rubio, lo llevo a la plaza y me preguntan: ¿hace cuánto lo cuidás?”. Hay un lugar de belleza asociado y elegido en Argentina. Bueno, está en la Constitución, enalteciendo Europa, Europa, Europa. Me ha pasado. He tenido algún abogado de Palermo que nos hemos frecuentado. Y ahora entiendo por qué no me presentó, o por qué me escondía en su casa. Pero la mejor forma de entender el racismo, de una forma súper cercana, es a través del amor. No quería que la obra sea una cátedra antiracista, sino que transmita las cosas que nos pasan y las piedras con las que te encontrás. En este mismo teatro, hay trabajadores marrones me contaban que los vieron con una garrafa, porque estaban arreglando el techo y los denunciaron que “estaban robando”. Todo el tiempo las personas marrones indígenas estamos en riesgo. Los muchachos estaban arreglando las goteras del techo y entraron cuatro policías, porque una vecina los vio. Pero hablar de eso es muy doloroso. Una amiga me decía: “no veo la dificultad entre una persona marrón-indígena con una persona blanca”. Sin embargo, cuando comenzás a ver los círculos de amigos, que está en la obra [acoto: uno de los fragmentos más sensibles] entienden: claro, cuando son tan de mundos distintos chocan, viste que yo te hablo de la frontera con Bolivia. Entonces una buena forma de comenzar a entender eso es a través del amor.

¿Cuándo te abanderás con el marrón y empezás a desarticular eufemismos como “morocho”, “trigueño” para nombrar con las palabras correctas?

Todo me pasa cuando conozco Identidad Marrón. Incluso en la facultad hacía escenas que me lavaba la cara, toda una secuencia rarísima (comenta con humor). Cómo una palabra te cambia es tan tremendo. Yo me llamaba “negro”, “moreno”, “trigueño”, “morocho”, “cabecita negra”, “descamisado”, todos conceptos para borrar la ancestralidad indígena. Cuando hablamos de marrón que nadie diga “ay pero es colorismo”, esas son teorías de Estados Unidos, hay que descolonizarse mentalmente. En Argentina, el racismo circula de una forma distinta y tenemos que comenzar a verlo. No somos todos iguales: hay una ancestralidad indígena y está bien. Tampoco me gusta cuando aparece el “ese es el argentino real”. No existe eso. La argentinidad es muy compleja e Identidad Marrón vino a querer unir eso. Yo quiero cumplir mis sueños acá. Viví afuera. Sé lo que es y elijo y amo mi país.

¿”En el control” surgió de querer mostrar ese detrás y las relaciones de poder que existen entre trabajadores?

La televisión es bastante macabra, ¿no? No hay tiempo, y ahora no hay dinero, y todo se hace y pasa. Lo veía en pandemia: 24 horas de noticias con programas insostenibles, y me estallaron la cabeza, tuvieron muchísima incidencia con la opinión pública y yo me sentía hostigado. Mientras, el trabajo actoral se había cerrado esos meses. Entonces agarré el teléfono. “En el Control” es mi respuesta como ciudadano a los medios: te sigo viendo, pero ahora lo sabemos. Además, la mayoría de los periodistas son varones, blancos, heterosexuales, y de repente tener un varón marrón, trolo atrás como asistente diciéndote lo que tenés que decir es una batalla. Me da mucho orgullo esa pieza. 

Hablando del mainstream, ¿cómo fueron las experiencias en “El Reino” y “El Crimen de María Marta”?

Con “El Reino” estoy muy agradecido, a Claudia Piñeiro y a Marcelo Piñeyro que entendieron que había algo en ese personaje que mostró un lado sensible y en la segunda temporada lo ves que despliega un poco más. Me pasó en otras producciones que la escena -después de todo un casting, y filmarte- me indicaron: “acá entrás y entregás el pucho”. Decís, no estudié 10 años para entregar el pucho, lo hago porque valoro el trabajo, y lo haría mil veces pero hay que pensar los roles realmente. Y sí, es cierto que “El David Marrón” termina siendo un chorro, entra y le hace muchas cosas al David en el museo y reflexiono: ¿está bueno? ¿es la mejor decisión? Pero fijate todo lo que cuenta hasta llegar ahí. Si siguen escribiendo series donde los marrones indígenas nos toca ser de malos o gendarmes, expandan el rol que seguramente a un policía le pasan muchas cosas. Lo vimos hace poco donde una militante le hablaba a un policía que llorando se fue: ¿qué le pasó a ese policía cuando llegó a su casa? ¿qué habló con su familia? Es muy interesante. Trabajo para los guionistas y productores.

Desde Identidad Marrón expandieron el rol con #ArgentinaNoEsBlanca. ¿Cómo fue ese proceso y qué satisfacciones les dio?

El corto lo que hace es justamente ponerle cara a los comentarios de odio anónimos que figuran en Internet y qué pasaría si alguien lo dice enfrente tuyo. Eso fue lo más impactante. Me pasó real: estar comprando en una verdulería y que me pidan que les venda, sin preguntarme, me reí y les dije “no trabajo acá”. La satisfacción de participar en Cannes fue muy grande. Pero siguen saliendo series nuevas y nosotros no estamos. Ahí viene algo de lo meritocrático: yo pagué mi escenografía junto a Laura Fernández. Y eso muestra el poco acceso que hay para las personas marrones indígenas. Lo mismo con el corto: lo hicimos con nuestros recursos. Las 20 millones de visualizaciones muestran la necesidad que tiene la gente de verse y ver otros rostros. Quizás toca así. Estoy en un momento de no esperar la llamada, sino autogestionarlo pero hay a quién le están dando oportunidades y cómo se puede abrir a nuevos rostros. Lo que necesitamos son muchas personas marrones, haciendo muchas cosas en muchos lugares.

David Gudiño escribió y protagoniza “El David Marrón”, es su Miguel Ángel y su creación: una muestra divina de humanidad, sensibilidad y humor.

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