«Un hombre alado prefiere la noche»
Pasada la medianoche en San Telmo, Felipe, un joven realizador colombiano que lleva ya un tiempo en la ciudad de la furia, camina las calles porteñas y ve cruzarse, frente a él, la figura de un hombre alto. Los dos solos. “Hubo un algo que me atravesó fuertemente”, pone en palabras 20 años después: “No hubo nada. O sea, más allá de eso, no pasó nada. Pero me llamó poderosamente la atención el entender que me había acabado de cruzar con una figura potente, con un tipo que admiraba, y no haber aprovechado ese momento para decirle un hola, cómo va. ¿Nos sacamos una foto? Admiro lo que haces. Me acuerdo que iba para una fiesta y le comenté con mis amigos: ‘me acabo de cruzar con Gustavo Cerati. No me quiero meter con nada místico porque no lo leo por ahí. Pero me gusta dejarme seducir por esas ideas como para poder también emprender otras cosas, ¿no?”.
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Bogotá, 14 de septiembre de 1991. Un grupo de adolescentes copa El Campín en una fecha de varios números de bandas internacionales. Esa fue la primera vez que Felipe los vio: los describe como una energía fuerte, equiparable a cualquier banda anglo que desembarcaba su sonido en tierras latinas. Recuerda cómo iban repasando las canciones, y que otros ya las sabían de memoria. “Todo el mundo estaba expectante al momento en que Soda Stereo tocó” — rememora — “Empezamos a entender que el rock también podía tener origen en Latinoamérica y sin dejar de escuchar muchas bandas anglo, empezamos también a darnos la licencia dentro de nuestra lengua. Nos dio la potestad también de generar un vínculo. En el caso particular del país, si bien estábamos en Colombia lo sentíamos parte de nuestro acervo, ¿no? Obviamente, pues había mucho de la argentinidad en el acento y el mundo de Soda, pero por nuestra cuestión latinoamericana nos vimos identificados”.
Esa fue la primera presentación de Gustavo Cerati, Charly Alberti y Zeta Bosio. Aunque no cerraron (lo hizo la banda norteamericana REO Speedwagon), dicen que los argentinos se robaron el show y lograron un concierto que permanece en la retina y en la memoria colombiana. Perspectiva de Felipe, quien los volvería a ver a futuro en el mismo estadio, compartiendo escenario en otro cruce glorioso con Carlos Santana. Año 1996.
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Felipe camina nuevamente por San Telmo. Transcurrieron diez años de su venida a Buenos Aires, y de aquella primera aparición, que define “espectral”, por darle alguna denominación, claro. Sobre la Avenida Diagonal Norte, lo aborda una muchedumbre en caravana. “Justo pasé y lo estaban velando. Dije: otra vez lo vuelvo a encontrar, así como casualmente, sin estar consciente de que lo estaban velando ahí” — manifiesta— “Uno tiene que dejarse seducir también por esos elementos. Ese tipo de guiños y de indicios me permitieron desplegar la idea de que podía también meterme ahí, ¿no?”

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La linealidad temporal es algo que Felipe Restrepo buscó romper en su documental. Él va por las diagonales. Esas son las primeras tomas de “Un hombre alado”, su película sobre Gustavo Cerati: que recorren avenidas de la Ciudad de Buenos Aires desde un dron, custodiadas por un ser mitológico que aún las sobrevuela. “Yo no era fanático de su música”, le cuenta el director a El Grito del Sur, al cumplirse veinte años de su residencia en la capital bonaerense, y a diez sin Gustavo Cerati. ¿Por qué recovecos persiguió a esa figura alada, mitológica? ¿Cómo se cuenta una vida tan vivida, tan contada?
“No quería claramente armar una curva clásica de su vida: desde que nació hasta que murió, sino meterme y hacer algo como un poco más fractal. En sintonía con su obra, que si uno la ve, no tiene ningún sentido tratar de darle una linealidad”— reflexiona— “Y, además, quería también como ponerme a prueba con el documental y tratar de encontrar una manera particular también de acercarme a la vida de un monstruo como ese desde mi pequeño lugar como realizador”.
Estrenado en 2020 en BAFICI, y galardonado con el premio del público ese mismo año en el IndieBo (Festival de Cine Independiente de Bogotá), el documental cuenta con entrevistas a personalidades que vieron de cerca y pueden dar testimonio de Cerati, un puñado de talentos como Richard Coleman, Marcelo Moura, Adrián Taverna, Anastasia “Tashi” Chomyszyn, Tweety González, Andrea Álvarez, Leo García, Alejandro Terán, Fabián El Zorrito Von Quintiero, Flavio Etcheto y más. “Mi intención es que las entrevistas en la película no fueran simplemente un un ida y vuelta, un tipo que formule una serie de preguntas y otro que responde, sino que también esas entrevistas remitieran al mundo de Gustavo y pudieran crear una especie de clima que lo evocará”, sintetiza.
De este modo, el documental transita los pasajes inciertos del proceso de creación de su música, sus letras que evocan a Borges, al tiempo que invita a preguntarnos cómo, de alguna forma, se convirtió él mismo en ese ser mitológico encriptado en un laberinto llamado Buenos Aires; o en ese Argos, una suerte de héroe que él ilustraba cuando era niño, para encarnar su propio destino.
¿Qué te llamó la atención que no conocías en ese proceso de armado del documental?
Para mí el trabajo que hizo con Daniel Melero, el de “Colores Santos”, me parece impresionante y hay quienes no tienen ni idea que trabajaron juntos. Melero es como el gran ausente del documental, porque no pude terminar de convencerlo para que estuviera. Pienso que era la persona que más lo inspiraba, y me gusta creer que fue quien motivó a Gustavo a pensarse como solista. La separación de Soda fue un proceso en el que Gustavo quería explorar otros niveles de la música y creo que ahí fue muy importante la figura de Melero. Uno escucha ese álbum y se da cuenta de una serie de detalles musicales que no aparecían antes en la obra de Soda Stereo. Fue como la punta de lanza como para que él después desplegara todo su trabajo. “De amor Amarillo”, que es el primer disco solista, tiene unos sonidos que ya eran muy avanzados, están pensados para diez años después. ¿No?
Existe un vínculo cinematográfico en Cerati, desde su obra y además incursionó en películas como “+Bien” y musicalizó “Sólo por hoy” de Ariel Rotter. ¿Cómo observás que lo influyó el cine?
Él tenía una conexión especial con lo cinematográfico. Le da valor al cine, y creo que en algunos casos hay momentos donde uno nota ‘esto es muy audiovisual’. Porque tiene la capacidad de crear universos, impresiones visuales a través del sonido. Él era un gran estudioso también. Eso me parece a mí clave. Se formaba mucho. Gustavo buscaba que la experiencia del espectador sea amplia, de multiplicidad de sentidos, y lecturas. Respecto a influencias cinematográficas, escuché que le gustaba mucho la obra de David Lynch. En “Colores santos” hay momentos donde la música parece como salida de “Twin Peaks” o de alguna película de David Lynch. Por otro lado, él hizo una película con su amigo Eduardo Capilla, quien venía del campo de las artes plásticas. Fue una idea de dos amigos que deambulan filmando lo que se les ocurra, tratando de encontrarse con algunas imágenes que después puedan ser susceptibles de crear un sentido. Un experimento.
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La anécdota es buenísima. La cuenta Capilla en el documental. Por aquel 2001, ambos se encontraban duelando relaciones. Así nació el ingenio de pensar en tres amigos médicos, y en la paradoja de que lo que no pueden curar es un desamor. Mientras tanto, la crisis de la hiperinflación traía consigo otro movimiento vanguardista conocido como el Nuevo Cine Argentino. Realizadores como Pablo Trapero, Martín Retjman, Lucrecia Martel, Bruno Stagnaro y tantos más comenzaron a registrar las calles, las familias tradicionales desmembradas, el sin-rumbo de las juventudes, aquello que no tenía lugar en el cine. Por su parte, “Nueve Reinas” de Fabián Bielinsky ya se había anticipado al corralito y a la crisis de diciembre de 2001. Entonces, ¿cuánto tuvo Cerati, de esa movida? ¿y cuánto tuvo que ver él, con su rock nacional, en esa transformación y disrupción del cine local?
Felipe responde: “Nunca lo había pensado pero sí, ese Nuevo Cine Argentino tiene relación, sin duda. Esta idea de ir a buscar una película confiando en el proceso, como él hacía con su producción musical. Vivimos ante una lógica donde sólo se valora el producto finalizado. Esto le da más valor a la experimentación que al resultado. Yo creo que ahí empieza a aparecer un código propio, en la manera de relacionarse con su contexto y con su realidad, tratando de indagar en esos significantes que uno tiene en su cabeza y empezar a trasladarlos y volcarlos en su trabajo artístico”. “Y el Nuevo Cine Argentino fue eso: directores que empezaron a desligarse de una manera aritmética convencional de hacer cine para encontrar su propia estética. Allí surge la noción de directores-autores».

¿Cómo ves que aún hoy representa La ciudad de la Furia a Buenos Aires?
Buenos Aires es una ciudad bellísima. Me encanta realmente. Y que realmente no tiene que envidiarle nada a ninguna otra ciudad del mundo. Me acuerdo que cuando venía para la Argentina estaba completamente seguro de que quería vivir acá. El video de “La ciudad de la furia» me parece alucinante. Gran registro para la época. Recién hablábamos de cine y hay mucha influencia del cine alemán en esta forma como expresionista de relacionarse con Buenos Aires: en blanco y negro, la idea de un hombre alado que recorre la ciudad como dura, sin ornamentos. Ese tipo de detalles están, y me remiten a la película de Wim Wenders. Buenos Aires va a seguir siendo esa ciudad de la furia, ¿no? Un concepto que no lo leo desde la lógica de una ciudad caótica y hostil, que lo es, sino por el poder que despliega. Es como si pudiese armar un electrocardiograma de la realidad argentina: que pega arriba y abajo, arriba y abajo. Lo loco es que uno tiene que ponerse en ritmo también con eso, ¿no?
Cuando era chico, Cerati dibujaba a un héroe llamado “Argos”, un héroe alado, y que tenía referencias a Ícaro de la mitología griega, que plasma en “En la ciudad de la furia”. ¿Pensás que proyectó una suerte de alter ego suyo?
A lo largo del documental también sobrevino otra teoría sobre esa idea del hombre alado, que se la dedicaba a Federico Moura, vocalista de Virus. No sé si él pensó que en algún momento podría llegar a convertirse en ese hombre alado pero igualmente pienso que hoy no estaría muy disgustado con esa idea. Hizo todo por construir un personaje que estaba anclado a su niñez y que se podía ver a lo largo de su obra: retomando a Borges, hablando de la muerte, con la idea de volar.
El documental es una mirada muy afectuosa hacia Cerati, y se nota que fue una elección no abordar ciertos temas como su muerte. ¿Cómo tomás esa decisión?
Una de las primeras críticas que recibí fue que el documental “cae en el elogio permanente”. Es como que nadie habla mal de él. Cuando me fui metiendo en el mundo y dije: ‘Pero si todo el mundo hablaba bien de él, ¿por qué yo tendría que encontrarle como el quiebre para que haya una tensión o como una especie de recurso narrativo, como bajonear al espectador y volverlo otra vez a subir? Si el personaje ya estaba construido, y lo que más me sorprendió es que no solamente hablaban de bien de él como artista, sino como persona. Y lo de la muerte me parece dentro de todo lo menos relevante. Lo que hice fue trasladar el amor que le tenían. No es el típico documental, sino que va por otro lado. Es un documental que tiene otro tipo de estrategias, uno que no se parece a documentales sobre música y yo soy un amante de la música. Una de las entrevistas más lindas fue la de Leo García, que siempre se refiere a Gustavo con un nivel de cariño muy alto. Me acuerdo que mi hermano, que estaba presente, cuando terminamos la nota, lo miro y estaba llorando. Son momentos que uno se lleva.
“Me verás volver” es otra frase icónica de ese tema, sucede algo con artistas tan consagrados y de culto, como Gilda que canta “Esta no es mi despedida”. ¿Qué sentido o signos -jugando con su disco- encontrás en esas frases que transmiten que todavía algo permanece, que no es el fin?
Tiene que ver con algo que me parece clave y es que tanto Cerati como Gilda son personas que tienen una relación con la muerte muy distinta al común de las personas. En Occidente nos han hecho pensar en la muerte como que se acaba la vida. Porque como nos da terror morir, nos da terror desaparecer. Entonces, yo creo que cuando aparecen ese tipo de elementos y de artistas que ya hablan de eso en sus obras, nos invitan a entender que la muerte también lo constituye a uno. Que la muerte está ahí, que es inevitable y podemos pensar en otra manera de trascender que no sea con la presencia física. Sin pasar un lado místico, Cerati sigue vivo, porque su obra está viva. ¿Entonces murió? Sí, claro. Pero su mundo está ahí. Eso es trascender.
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Tal vez sea, como canta: Un hombre alado que extraña la tierra.






