En Uruguay sigue sonando Mayonesa. Veinte años después, el clásico del carnaval carioca -que de este lado del charco parecería un recuerdo añoso de los 2000- continúa siendo un hitazo en la República Oriental. Es una plena, un ritmo uruguayo mezcla de cumbia y candombe del que también forman parte el mítico Gelatina o el menos conocido Bola de Nieve. Con saco azul y camisa blanca, abrazado a su vice y al ritmo de Mayonesa, a las nueve de la noche de este domingo de lluvia subió al escenario el presidente electo del paisito: Yamandú Orsi.
Las calles de Montevideo están pintadas de tricolor. Banderas azules, rojo y blanco asoman en los balcones, de las ventanillas de los autos, en los pilusos de la militancia y hasta en los vestiditos de los perros. «Es muy bonito pero los autos no votan», comenta un dirigente frenteamplista frente a mi fascinación por el imponente aparato del FA. Las pintadas, los murales, las mesitas, las banderas son todas tricolores. De los otros, ni noticias. Un voto más callado, menos público, menos urbano y evidentemente menos popular. Yo, por las dudas, ya pegué una banderita del FA.
En Uruguay se vota una sola vez cada cinco años. Se elige todo: diputados, senadores y presidente. Es un sistema injusto, como toda democracia de ballotage: el Frente palizeó en primera vuelta con una diferencia de 17 puntos, pero tuvo que esperar a una apretada segunda ronda para llegar a la presidencia. De todas formas, el espíritu cívico uruguayo sorprende: un 90% del padrón acudió a las urnas, número récord en Latinoamérica y en el mundo. Tranquilos, mate en mano, bien de bien y vamo´ arriba con la democracia.

«Yo voy a anular el voto. Pensá que soy de izquierda de verdad y la realidad es que estos dos son iguales», comenta el taxista que nos lleva desde el centro hasta la cooperativa de vivienda que nos aloja -un complejo de 600 viviendas en pleno oeste montevideano-. Sayago tiene algo de La Matanza: son distritos populares, periféricos, amplios, donde la gente vota masivamente a los proyectos populares. También Yamandú tiene algo de Álvaro Delgado: el tono somero, el llamado al diálogo, la obsesión por la unidad nacional. No son lo mismo y eso está más que claro. Pero un poquito se parecen.
Democracia a la uruguaya. El debate presidencial transcurrió sin gritos ni agresiones. Eran más las similitudes que las diferencias. La campaña fue cauta, casi que desideologizada. Dos coaliciones amplias donde las variantes moderadas se impusieron a las más radicales, dos estructuras partidarias históricas, fuertemente institucionalizadas, republicanas y conciliadoras. Dulce de leche, mate, tango y vino tinto. ¿Cuál es la gran diferencia entre Uruguay y Argentina? Que allá no existe el peronismo.
La gente llora y se abraza en la gran fiesta popular que se armó frente a la Rambla. Hay un nene con la cara pintada tricolor despintada por las lágrimas. Mucho piberío, mucho laburante. Un DJ enhebra temas de música uruguaya al ritmo de una electrónica: suenan Zitarrosa, La Vela, Rubén Rada. También suena Mercedes Sosa. Hay tatuajes de los Redondos, remeras del Diego, un stencil de Charly. Llueve y algunos arrancan. Otros se quedan agitando a pesar de la lluvia. Un tachero de unos cuarenta años abre el baúl y pone Pibe Cantina a todo volumen. Los fachos lloran, los primos festejan.
Se ganó en Montevideo (como era de prever) y se mejoraron algunas cifras en el interior del país. El clivaje urbano/rural, como en otras latitudes de América Latina, acá también es un elemento más para comprender la compleja trama política. El gobierno de Lacalle Pou fue malo: aumentaron los indicadores de pobreza, creció la desocupación y hubo casos de corrupción por todas partes, desde pasaportes truchos hasta tutela oficial a narcotraficantes. Sin embargo, el resultado final fue parejo. Ahora ya no importa, la victoria es del FA que tendrá a un historiador con nombre de cacique guaraní para enfrentar los complejos desafíos del futuro.
La inseguridad, la desigualdad, el desempleo y la droga. En eso hay transversalidad. No importa el signo político del entrevistado, las respuestas sobre las problemáticas del país no escapan de ese cuarteto. La tasa de homicidios es la más alta del cono sur, muy por encima de Perú, Chile, Bolivia o Argentina. La desocupación juvenil alcanza el 26% y el paraisito fiscal es el país más caro de Latinoamérica. No todo brilla en la tierra del diálogo y los championes.
Sabremos cumplir. Pero es más sencillo cumplir cuando las promesas son más accesibles. Unidad y diálogo, un rumbo progresista y transparencia. O por lo menos eso se desprende de los discursos de Yamandú y de su vice, Carolina Cosse. Abajo, entre la gente que festeja, hay remeras del Che y un olor a fasito buenisímo, uruguayo, de ese que cultivan con lámparas de sodio y no sé qué otros cachivaches. Llueve y la gente se abraza. Linda jornada para visitar Uruguay, fea noche para ser de derecha.






