Cromañón. Ayer, hoy y mañana

😥Algunas ideas de un sobreviviente que encontró en la militancia el camino para seguir.
30/12/2024

Hace veinte años, el 30 de diciembre de 2004, un grupo de amigos fuimos al tercer recital de Callejeros en República de Cromañón. Veníamos de estar presentes las dos fechas previas -el 28 y el 29- y este era el último recital de un año lleno de alegrías. Nos sentíamos parte del crecimiento de la banda y de todo lo que nos venía pasando.

Sí, pasaron muchas cosas antes de Cromañón y no todo se puede contar en treinta segundos o en 140 caracteres: ténganme paciencia.

En esa época, los pibes y pibas de nuestra edad encontrábamos en la cultura, en la música, en el rock, un lugar donde expresar nuestras ideas, amores y desamores. De alguna manera encontrábamos la forma de decir las cosas que nos pasaban, las cosas que pensábamos y las cosas que sentíamos. Es curioso porque, para muchos y muchas, incluso para los que, en el seno de nuestras familias, la política se encontraba presente de alguna manera, no nos sentíamos cercanos con ningún partido político. Podríamos decir que nuestra identidad se constituía a partir de la pertenencia barrial y de las bandas que escuchábamos.

Y en esto es importante tener presente algo. No era solamente una banda, en este caso Callejeros: era toda una línea histórica que comenzó en los setenta con las primeras bandas de rock argentino, pasando por la contracultura de los ochenta, Los Redondos, Sumo, la resistencia al neoliberalismo de los noventa y el surgimiento, en ese contexto, de grupos que expresaban el sentir de los barrios de todo nuestro país. Almafuerte, Viejas Locas, La Renga, Los Piojos, y finalmente el declive de los noventa con el estallido del 2001.

Si nos detenemos a observar el arte de los discos, el discurso público de las bandas (que avalaba toda una forma de ver y pensar la realidad) o si particularmente escuchamos las canciones y leemos su poesía, nos encontramos con verdaderos manifiestos políticos. Eran esas letras las que decían, cantaban, lo que nosotros y nosotras pensábamos y sentíamos, lo que la juventud gritaba por aquellos años. Recordemos las declaraciones del Indio Solari en la conferencia de prensa de agosto de 1997, cuando decía que la banda no estaba para bajarles línea los pibes, sino más bien para escucharlos “porque en sus nervios hay mucha más información del futuro” que lo que podrían decir tipos de la edad de ellos. Los Redondos y las bandas de aquellos años decían cosas, pero principalmente escuchaban. Escuchaban a una juventud que decía, que gritaba y que expresaba lo que le pasaba en plena hegemonía neoliberal.

Los Redondos -quizá la banda más importante de la historia del rocanrol argentino- no solo hacían canciones: para nosotros y nosotras era una forma de ver y vivir esta vida, casi una filosofía. Dirá muchos años después el propio Indio que eran una “banda de combate”. Aquella conferencia de prensa se dio luego de que el intendente de Olavarría (nadie se acuerda ni se acordará quién era) suspendiera el recital que la banda tenía programado, a pesar de haber cumplido con cada uno de los absurdos requisitos burocráticos que se les pedía desde el municipio. Entonces, era eso: el Estado, la burocracia, “los políticos”, suspendiendo la manifestación política más importante de la juventud de esa época. Y los Redondos respondieron, no se quedaron callados, levantaron su voz frente a la estupidez de políticos que estaban bien alejados del sentir de una juventud cansada de injusticias y violencia.

La década del noventa arranca con una muestra de cuál era el lugar que el neoliberalismo tenía pensado para la juventud. El 19 de abril de 1991, la policía federal detiene y luego asesina a Walter Bulacio, un pibe de 17 años al que se lo llevan de la puerta del Estadio Obras. No fue casualidad, fue un golpe certero al corazón de la cultura rock y con eso marcaron a toda una generación, es hasta el día de hoy que seguimos escuchando en los recitales “yo sabía que a Bulacio lo mato la policía”, lo sabíamos y lo sabemos cuando el Estado es dirigido por los que responden al poder económico no tienen reparo en cargarse a un pibe.

Nosotros y nosotras, que fuimos niños y nos tocó crecer durante los noventa, atravesamos y padecimos una contradicción constante: puteábamos y nos enojábamos pero, sin saberlo, construíamos una identidad colectiva desde la cultura popular y desde algunas bandas de rocanrol y de cumbia, desde las murgas y los clubes de barrio. Esa identidad era la que nos permitía seguir adelante, era el continente que no dejaba a nadie afuera y que nos abrazaba a todos y todas. No había otro camino porque era “el fin de la historia”, las puertas para ser parte estaban cerradas. Ante esa realidad, en la que imperaba el individualismo y el sálvese quien pueda, nos abrazamos los y las pibes de la esquina, en el barrio, para aguantar entre todos y todas, construyendo esa identidad colectiva.

A finales de los noventa todo estalló. La plata no alcanzaba, nuestras familias crujían, la violencia intrafamiliar estaba a la orden del día y el contexto socioeconómico del país lo vivíamos en el interior de nuestras casas. El país estaba en crisis y nuestras familias también. En ese marco llega el 2001. Los amigos, un poquito más grandes, tiraban piedras y aguantaban los gases y la represión en Plaza de Mayo. Si uno ve la imágenes de esas jornadas y presta atención a las remeras que se usaban en las manifestaciones, va a encontrar a esas bandas, esas frases y esa identidad que se venía construyendo.

Durante esos días, en nuestros barrios, había miedo. Mucho miedo. La declaración de estado de sitio vació las calles y nuestros viejos y viejas nos iban a buscar y nos metían de las orejas adentro de casa. Se cerraban las ventanas y las persianas. La Patria se desmoronaba y nosotros estábamos ahí, como testigos o protagonistas (quizá sin buscarlo) del fin de décadas de entrega.

Los recitales ya no eran solo un lugar donde tocaba una banda arriba del escenario, eran casi un acto político. Nos organizábamos para salir todos juntos desde alguna esquina o desde alguna plaza donde parábamos; viajábamos juntos; nos colábamos en los trenes o careteábamos el bondi. Eso sí: o subíamos todos y todos o no subía nadie. Si había alguna moneda, se hacía una vaquita y con eso se bancaba la salida del grupo, y a veces no alcanzaba más que para pasar el tiempo en la esquina o en el banco de la plaza. No importaba, lo importante era estar juntos y juntas.

En los recitales colgábamos los trapos que habíamos pintado con nuestras propias manos. No existían en aquel entonces las impresiones y no se acostumbraba a mandarlas a hacer con algún artista. Siempre era alguna frase de una canción: “No olvidar, siempre resistir”; “Luchando sin atajo los invisibles”; “Cuando se quiebran todos los sentidos con un rocanrol”; “Mi estrella, mi dios, mi razón”, entre tantas otras. Y obviamente, los barrios: Lugano, Ramos Mejía, Tapiales, Celina, Madero, Mataderos, Laferrere, entre tantos y tantos etcéteras. Los trapos no eran un pedazo de tela pintada, eran nuestro presente, eran nuestro lugar de encuentro pre y post recital, eran leídos por las bandas durante el show. Eran nuestros trapos, nuestras banderas en alto, nuestra identidad.

Todo esto y mucho más pasaba antes y durante el 30 de diciembre de 2004. Contar los detalles de esa noche puede ser necesario algunas veces; sin embargo, seguramente ya han visto las mismas imágenes todos los 30 de diciembre por la TV. El morbo es moneda corriente para los grandes medios de comunicación y lo usufructúan cada vez que pueden. El relato que acompaña las imágenes muchas veces es el mismo discurso que se escuchó durante las primeras horas posteriores a la masacre: las responsabilidades de los/as pibes/as que fueron al recital, la “irresponsabilidad” de las familias que “permitieron” concurrir a sus hijos, la “locura” de una juventud “drogadicta y alcohólica”, una “juventud perdida”, vagos, negros, etcétera. El mismo discurso que podemos seguir escuchando en la actualidad, el discurso y los mismos sectores esgrimiéndolo. Las víctimas eran los victimarios. Un relato cargado de estereotipos, misoginia, machismo, xenofobia, sumamente estigmatizante con toda una generación. Todo esto sobre las espaldas de miles de sobrevivientes y familiares de víctimas fatales, cargando con una culpa autoimpuesta en un principio que nos hacía y por momentos nos hace caer en profundos bajones. El estrés postraumático existe, esta, es una realidad en cada sobreviviente y familiar.

El horror, la desesperación, la falta de aire, los gritos de auxilio, el humo, el fuego, los amontonamientos de personas, las puertas de emergencia cerradas con candado, todo eso y mucho más sucedió esa noche. Imágenes, sonidos y olores que para los sobrevivientes siguen tan presentes como esa noche misma. Sin embargo, también pudimos ver en Cromañón a los pibes y pibas salvándose entre sí, auxiliándose, rescatándose sin importar quién era ese otro u otra, volviendo a entrar al lugar (luego de haber escapado) para sacar a otro pibe, poniendo en riesgo nuevamente su vida. Sabemos que son varios los que murieron por volver a rescatar a alguien. Esto solo puede explicarse por un sentimiento muy grande de amor y solidaridad. En Cromañón hubo muerte, pero también, incluso en la noche más oscura de nuestras vidas, hubo amor y vida.

La primera organización se dio dentro de Cromañón, salvándonos entre nosotros y nosotras.

También, el lucro económico desmedido sin importar ningún costo, incluso el de la vida misma; el Estado ausente; funcionarios y funcionarias corruptos; y la falta de los debidos controles y condiciones mínimas de seguridad, concurrieron esa noche en Cromañón. La Masacre de Cromañón no hubiese sucedido si el Estado -el Gobierno de la Ciudad- hubiese hecho lo que estaba obligado a hacer, que era garantizar las condiciones de seguridad del boliche. Fue una masacre, no una tragedia. Una tragedia sucede producto de un hecho fortuito, de una inundación, de un terremoto, de algo que no se puede prever. Una masacre, no. Una masacre ocurre producto del accionar directo o indirecto de las personas responsables, de los funcionarios públicos, del dueño del boliche y de quien lo regenteaba. Y claro está la responsabilidad política del entonces Jefe de Gobierno Aníbal Ibarra, destituido mediante juicio político, quien eligió reunirse con los empresarios de la noche antes que con los familiares y sobrevivientes.

El Estado nos provocó un daño y el Estado debe reparar ese daño. Y cuando hablamos de reparación, no hablamos solamente de un monto de dinero; nuestras vidas y nuestras psiquis, nuestros cuerpos no tienen precio. Hablamos de la necesidad también de una reparación inmaterial, simbólica y política.

El 24 de marzo de 2004, Néstor Kirchner bajó el cuadro del genocida Jorge Rafael Videla, recuperó la ESMA, pidió perdón en nombre del Estado Nacional por la vergüenza por haber callado durante 20 años de democracia, y con esas palabras también curaba. Esas palabras en boca del presidente de todos los argentinos ayudaron a curar una herida abierta; la palabra cura. Por eso, es importante que sea el Estado también el que le ponga palabras, que hable de Cromañón y reconozca el daño causado. Desde las organizaciones de familiares y sobrevivientes trabajamos, luchamos e insistimos para que desde el Estado se hable sobre Cromañón, se trabaje en políticas públicas de memoria, para que se garantice el derecho a la salud mental, para que sean los familiares y sobrevivientes los que puedan ponerle voz. 

En el año 2021 se logró la creación de la colección documental vinculada a Cromañón en el Archivo Nacional de la Memoria. Un trabajo articulado entre la agrupación de sobrevivientes “Coordinadora Cromañón” y la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación con el objetivo de preservar y difundir nuestra historia, resguardar la memoria colectiva y colaborar con los procesos de justicia. El día que se hizo entrega de algunos de los recuerdos y reliquias que teníamos algunos sobrevivientes fue un momento sumamente movilizante. Estábamos entregando parte de nuestra historia, de nuestras vidas, que iba a quedar junto con los pañuelos de las Madres y Abuelas. La Secretaría de Derechos Humanos tomó nuestro reclamo y avanzó con la decisión política de crear este archivo donde todos los argentinos que así lo deseen tengan acceso a nuestra historia. Fue un primer paso en la reparación, por parte del Estado, a todas las víctimas. Todavía faltan muchas cosas por hacer, pero sin dudas es el Estado también quien debe hacerse cargo y obrar en consecuencia.

Seguramente todos y todas recuerden qué estaban haciendo esa noche, con quiénes estaban, por quién o quiénes se preocuparon y esperaron noticias hasta la madrugada. Cromañón nos pasó a todos y todas, nos atravesó como pueblo, como sociedad, y por esto también es que la reconstrucción debe ser colectiva. La memoria debemos construirla colectivamente; la cura es necesariamente colectiva.

En este sentido, otro de los grandes logros de los últimos años fue la Ley 27.695, sancionada por el Congreso Nacional en octubre de 2022, de expropiación del inmueble donde funcionaba Cromañón, una idea y proyecto trabajado por la Agrupación “Movimiento Cromañón” y muchas otras que nunca bajaron los brazos y lograron que se sancione de manera contundente en ambas cámaras. El objetivo es que en ese inmueble se construya un espacio para la memoria colectiva que cuente Cromañón desde la mirada y vivencia de los familiares y sobrevivientes. Un lugar para ejercer la memoria, un lugar para recordar a nuestros pibes y también donde haya vida y futuro. Lamentablemente, la falta de decisión política del entonces presidente Alberto Fernández demoró la reglamentación de la ley durante el 2023 y luego, ya con el cambio de gobierno (no podemos esperar nada de Milei), el proceso se encuentra parado. 

Cromañón sigue pesando, aún hoy, en la cabeza de cada familiar y sobreviviente. Algunos y algunas pudimos encontrar distintas formas de trabajarlo. En lo personal, la militancia política me permitió ordenarme, encontrarme, pero son muchos los que se acuestan y se levantan pensando en esa noche todos los días. Es urgente el accionar político del Estado en la contención y acompañamiento, no podemos permitir que ninguna víctima sobreviviente más se quite la vida por ausencia del Estado.

Hace pocos días, todo el arco político de la Ciudad de Buenos Aires modificó, en la Legislatura porteña, votando casi por unanimidad, la Ley 4786 de Reparación Integral a las víctimas sobrevivientes y familiares de víctimas fatales de «La Tragedia República de Cromañón»- volviéndola de carácter vitalicio, ampliando y mejorando la cobertura en salud mental y abriendo el ingreso al padrón por un periodo de dos años para todos aquellos y aquellas que al día de hoy no se encuentran en el mismo. Esto es un logro de todas las organizaciones, familiares, sobrevivientes, amigos/as y compañeros/as que hemos luchado durante estos veinte años. Y debe ser también un piso de derechos que permita llevar un poco de justicia después de tanto años de maltrato.

Cromañón fue un verdadero punto de inflexión en la historia de nuestro país, en nuestra sociedad, para nuestra generación, pero también debe ser un punto de inflexión para las generaciones futuras. Para que nuestros hijos puedan vivir su adolescencia con un Estado que los cuide, que les garantice su derecho al goce, a la nocturnidad, a ser felices.

Somos muchos los sobrevivientes que militamos y nos organizamos políticamente en distintos espacios, cada uno encontró la mejor manera de llevar adelante el dolor. Muchos vamos logrando convertirlo de a poco en alegría y amor. El camino nos lo marcaron las Abuelas y las Madres: convertir el dolor en lucha.

Si me permiten, quisiera transmitirles una reflexión que en lo personal me ha ayudado a pensar(me) todos estos años. El 30 de diciembre nos fue arrebatada nuestra identidad, esa que estábamos construyendo con esos pocos 19 años que teníamos. Hay que ir a las letras de las canciones de esas bandas para leer nuestros deseos, nuestras ideas: “Que el gobierno sea de una mujer”, “El aborto sea legal”, “No olvidar siempre resistir”, “Nuestro amo juega al esclavo”, “Violencia es mentir”. Cromañón significó el fin de un tiempo histórico en el cual nuestra generación fue la protagonista de una etapa caracterizada por la resistencia al intento del neoliberalismo de arrojarnos a la marginalidad, a la oscuridad, a la tristeza; por la resistencia y rechazo a un Estado al servicio del poder económico y “dirigentes” políticos como sus marionetas (cualquier parecido con la actualidad no es pura coincidencia). Resistimos desde el rock y pagamos en carne propia ese costo, el último gran mal que el neoliberalismo le propinaba a nuestra generación.

En ese justo momento, un gran remedio, la Argentina comenzaba a levantarse de la mano de un gobierno que empezaba a hacer realidad algunas de las letras que cantábamos, que no dejó sus convicciones en la puerta de la Casa Rosada y nos convocaba a los jóvenes a ser parte de la historia. Néstor y Cristina, a mi generación, (quizás sin saberlo) nos devolvieron la historia, la política, la identidad. Hicieron el trasvasamiento generacional, pero no de un partido político, sino de la Historia, de la Política. Néstor y Cristina le dieron sentido y me salvaron la vida. Porque hicieron realidad efectiva los sueños y anhelos de toda una generación, nos dieron una nueva oportunidad, pusieron en nuestras manos la herramienta de la política, de la organización. Por eso nuestras remeras, nuestras banderas, nuestra mística, nuestra identidad… está ahí. 

Muchos se preguntan cómo puede ser que la juventud se haya alejado de la política. La juventud no se alejó de ningún lado, sigue estando donde siempre: en los barrios, construyendo trincheras de resistencia y alegría, cultivando sus sueños de justicia y rebeldía. En todo caso, hay que preguntarse por qué “la política” se olvidó de los pibes y las pibas, y de escucharlos. Hay mucha información sobre el presente y el futuro de la Patria en los nervios de esos pibes: escuchémoslos. Sigamos construyendo el puente, la organización política, para los y las que están por venir. Sigamos siendo fieles a la línea histórica de coherencia, resistencia y militancia que viene desde los inicios de la fundación de nuestra Patria, por y para el Pueblo.

Ya somos grandes, el tiempo pasa, y todavía somos muchos los sobrevivientes y familiares que seguimos luchando. Es nuestra obligación como militantes políticos hacernos cargo de Cromañón y actuar en consecuencia. Los y las pibes y pibas, los que fuimos y los de ahora, nos lo demandan.

Este asunto está ahora y para siempre en nuestras manos. No nos olvidemos de nosotros, recordémonos.

(Esa noche, cuando pude salir de Cromañón, la primera persona que vi fue Facu Roma, con quien hoy comparto años de militancia y muchos más de amistad. Nos abrazamos y solo me salió decir “¿Que hicimos?”. Durante muchos años me hice esa pregunta y cada tanto me la vuelvo hacer.

¿Qué hicimos, Facu?

Construimos el puente, la organización, para todos los que venían y vienen atrás. Y lo seguimos haciendo)

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