«Pienso mucho en el mundo que le dejo a mis libros»

📚 Mientras el gobierno libertario intenta construir un sentido de la cultura vista como «gasto superfluo», la poeta, escritora y gestora cultural Gabriela Borrelli Azara la define como «una urgencia». En tiempos en que todo es medible, "Aquí, Argentina" trae lo desmedido al centro de la discusión política nacional y logra algo único: completar el gran rompecabezas de nuestra cultura con una pieza de cada pueblo.
10/12/2024

A lo largo de cuatro columnas exclusivas para Gelatina, a las que se sumó un especial en vivo en el Teatro Colonial de Avellaneda, Borrelli conversó con Pedro Rosemblat sobre el gran misterio de aquello que funda, que disputa, que construye y destruye, que lastima y que crea dentro del campo de la cultura. Esas charlas fueron compiladas, revisadas y reeditadas en el libro Aquí, Argentina: crueldades, política y mariconerías, llevado al papel por Sudamericana hace muy poquitas semanas.

El Grito del Sur charló con la escritora y crítica cultural sobre las infinitas partes que forman el talismán de la cultura argentina, en busca de abarcar lo que parece inabarcable.

En el libro, la cultura es un concepto abierto que, al igual que la Ciudad de Buenos Aires, atravesó una serie de fundaciones y refundaciones. Porque Esteban Echeverría funda, pero también funda Carlos Correas y funda Julieta Lanteri. ¿Qué potencia tiene lo pionero, lo que rompe para volver a construir?

Es muy linda la idea de las fundaciones constantes de la cultura argentina. Yo creo que lo pionero siempre es un prisma para ver cierto molde que va mutando. Pensar la crueldad en Argentina puede ser un ejemplo. Lo que compartimos por estar en un territorio, por compartir una lengua, es cierta idea de la crueldad configurada de maneras diferentes. Se piensa en la crueldad y se piensa en Rosas, se piensa en El Matadero, se piensa en la Mazorca. Siempre unida a la política. Creo que lo pionero, en ese sentido, es, insisto, un prisma para mirar el presente, para pensar sobre qué cimientos o sobre qué huella narrativa, sentimental tal vez, simbólica, se asientan los imaginarios que tenemos sobre los temas del presente. Si hay una política de la crueldad en la Argentina, a mí me interesa saber de qué manera se formateó. Porque no creo que sea, como lo explican algunas teorías nuevas, un monstruo de la laguna Ness que apareció de repente y no sabíamos. Siempre hubo una línea cruel unida a la política.

Las construcciones son difíciles de realizar sin esa perspectiva de pasado. Hay una frase de una escritora nada argentina, Marguerite Yourcenar -quizás, la más francesa de las escritoras francesas-, que decía «no puede construirse una felicidad sino sobre los cimientos de una desesperación. Creo que voy a ponerme a construir». Esa frase de Yourcenar podría responder esta pregunta. Toda construcción se da sobre la base de una desesperación. Creo que la historia argentina puede dar cuenta de eso.

Hablás y escribís mucho sobre el tiempo, sobre el tiempo verbal: lo que se hizo/pensó/creó, lo que se hace/se piensa/se crea, lo que se hará/lo que se pensará/lo que se creará. ¿En cuál de esos tiempos pensás más? ¿Por qué?

Pienso mucho en el presente. Me interesa mucho pensar este tiempo. Pero me interesa pensarlo en función de no dejar de soñar un futuro, en términos de la construcción del futuro. Lo vivo como una política. Mi militancia, mi pensamiento y mis primeros libros vienen de la militancia feminista. Y la militancia feminista siempre está soñando con otro mundo. Trabaja en el presente, pero siempre pensando en el futuro. Gerda Lerner, la autora de La creación del patriarcado, dice que todas las olas feministas parecieran trabajar desde cero. Como si negaran un poco su historia o hicieran siempre una reconstrucción feminista. El feminismo siempre es una apuesta al futuro. Quisiera que se traslade ese espíritu también a la política argentina y al futuro de la Argentina. Aunque eso se contagia, más que trasladarse.

El presente, la hegemonía de pensamiento del presente, nos aliena tanto que es imposible pensar en un futuro. Económicamente, la encerrona hace muy difícil pensar en él. Por eso, de los tres tiempos, el pasado es un lugar al que vuelvo simplemente para marcar o subrayar en el presente algunas cuestiones. Pero son siempre intenciones, porque estoy siempre pensando en el futuro.

Pienso en lo que se hará, en lo que se pensará. Yo no tengo hijos. Ahora vendría la parte de «pienso en el mundo que le dejo a mis hijos». Y yo «pienso en el mundo que le dejo a mis libros». Lo que más me atrapa de la literatura es su trascendencia. Leer autoras del siglo XIX, encontrarme con Eduarda Mansilla. Me atrapa pensar en cómo serán las lectoras o los lectores del siglo XXII. Les hablo a ellos, incluso, en una parte del libro. Le digo «a vos, que me estás leyendo en el siglo que viene, que seguramente escuchás vinilos y tenés mucho tiempo para aburrirte». Una idea de que el siglo XXII va a reparar algo de los huecos del XXI.

Pienso en el futuro porque me atrapa la trascendencia de los libros y me imagino a la lectora del siglo XIX, a la lectora del siglo XX, a las lectoras del siglo XXI, y a las lectoras y los lectores del siglo XXII. Hacemos el mismo ejercicio, en diferentes formas. «Nos vamos poniendo tecnos», como dice Luca Prodan.

Hay un elemento que, si bien ocupa un lugar importante al principio, atraviesa toda la obra. Me refiero a la crueldad. ¿Qué formas de respuesta a la crueldad que hoy nos toca -tan novedosa y, al mismo tiempo, tan conocida- encontrás en el arte y la cultura?

Es verdad que la crueldad es el tema que más me interesa y, por eso, es la primera palabra del subtítulo. Muchos autores, como Martín Kohan, Kauffman y Veronica Gago, que han marcado una forma de hablar de la crueldad desde tres perspectivas diferentes -la literaria, la sociológica y la feminista-, coincidieron en que ésta es la época de la crueldad. Yo no sé si la cultura da una respuesta. Lo que sí sé es que el arte y la cultura dialogan con esa crueldad. No creo en las expresiones culturales como respuestas a preguntas, sino como contaminaciones.

La aparición de Made in Lanús -y su adaptación cinematográfica de 1987, Made in Argentina– con esas dos parejas que en la ficción constituyen dos maneras de vivir la argentinidad desde el exilio y dos formas de vivir el dinero, es también una contaminación. Se conjuga en esa película el paratexto de ser dos matrimonios reales, absolutamente politizados. Luis Brandoni y Martha Bianchi eran dos radicales militantes y Leonor Manso y Patricio Contreras también eran personas con pensamientos políticos. Se configura en esa película, se contamina, algo de lo que la Argentina estaba tramitando sobre la crueldad del exilio. De esa manera, creo que, más que una respuesta, el arte y la cultura son una forma de tramitar nuestros dolores. Una forma no catártica, sino mucho más compleja de cristalización de esos movimientos. Pienso en el ejemplo de la obra de Berni y en ese giro afectivo que el Colectivo Mondongo le dio a Manifestación en la exhibición de este año en el MALBA.

Lo que sí puede hacer la cultura es traficar información, hacer la vida más tolerable, subrayar, señalar, indicar y, en este siglo, también servir como refugio. Un lugar seguro en el que nos encontremos. Aunque ésta es la parte que menos me atrae de la cultura como experiencia catártica de la sociedad, creo que afectivamente se vive así. Creo que es una manera de procesar los traumas sociales.

El peronismo, en el libro, aparece analizado desde lo interseccional, se recorta en el amor por Eva y rápidamente se conecta con las disidencias. Con ese tejido histórico que vas armando desde Paco Jamandreu hasta Feda y frente a este presente de relegitimación del odio y la individualidad, ¿qué significa repensarnos desde un peronismo marica?

El peronismo es siempre un concepto abierto. Tuvo su elasticidad neoliberal y frívola en los noventa. Tuvo su etapa revolucionaria. Tuvo un kirchnerismo que configuró una suerte de peronismo más ligado a los progresismos y en diálogo con la época que le tocó vivir. Y, sin lugar a dudas, hay expresiones artísticas que pueden presionar al peronismo en esta idea de justicia social y reivindicación de los desposeídos y llevarlo hacia lo marica. Por eso «las mariconerías» del título, que viven y se incomodan con la misma política que las contiene. El peronismo, como todas las ideas políticas, tiene cierta incomodidad con las disidencias y las identificaciones sexuales. Nunca puede aprenderlas, tomarlas del todo. Pero hay algo muy vivaz, muy vital en el concepto de «justicia social» que sí contiene. Y también contiene una concepción más filosófica de «vidas vivibles», de hacer una vida plena.

En ese sentido, pensar en un «peronismo marica» es no solo traer una lista de nombres que sería incómodo identificar totalmente con el peronismo, sino percibirlo también como un «terreno fértil», como dice Feda. Un territorio donde ciertas voces improbables, existentes fuera de ese mercado que plantea voces antiperonistas, puedan aparecer. Veo a este «peronismo marica», más que como un plan programático, como una tierra fértil. Un pensamiento elástico, flexible, dinámico, que puede contener la fluidez de ciertas identidades.

Hace muy poco, Marlene Wayar dijo que quiere armar un partido político. Uno que no tenga aspiraciones de conducción presidencial ni dirigencial. Un partido que tenga espíritu legislativo. Me parece que Marlene está intentando un partido marica, un partido donde la fluidez de esas identidades se identifique. Traigo el ejemplo porque es ver cómo lo trans, lo marica, lo no binario, encuentran, a veces y en ciertos espacios políticos, tierra fértil, pero no del todo identificaciones. Ojalá aparezca un peronismo marica, junto a nuevos peronismos y a nuevos partidos con nuevas identificaciones.

Argentina es un gran «aquí», un territorio imaginado que se volvió hogar incluso para muches que eran de un otro «aquí», como La Miguela o Portogalo. ¿Por qué crees que -incluso envuelto en esa crueldad- puede ser el lugar donde muches eligen afincar su vida, su arte y algo de su felicidad?

Esta es una pregunta hermosa de formular. No creo que tenga respuesta. O la respuesta es seguir pensando los términos en que pensamos el libro, en que leemos el libro y en que nos acercamos al Aquí, Argentina. Esta es la tierra de Rodolfo Walsh, la tierra de quien escuchó en un bar «hay un fusilado que vive» y cambió para siempre la historia de la non fiction y del periodismo del siglo XXI. Es la tierra también de Elvira López, la primera recibida de la Facultad de Filosofía y Letras, con su monografía El feminismo en la Argentina. Es la tierra de Marlene Wayar. Es la tierra de Paquito Jamandreu. De Eva Perón.

Éste sería un listado de nombres que no explican del todo el por qué el «aquí» y no el «acá». La respuesta la da mejor que yo La Yoli, de Made in Argentina, uno de mis personajes, por cierto, favoritos de la película. La Yoli marca esa zona del cuello cuando dice: «decís Estados Unidos y me agarra una cosa acá». Y marca el «acá» donde El Negro es El Negro.

Me gustaría traer el final de la película a esta pregunta. Cuando El Negro deja a su hermana y a su cuñado en Ezeiza. El coche no arranca y El Negro dice «este auto de mierda», La Yoli baja y empuja, sonriente, el auto hasta la Richieri para salir del aeropuerto. El Negro dice «La Yoli, carajo», como diciendo que hay algo a lo que no podemos acceder. Algo que difícilmente pueda explicarse con palabras de este mundo, como dice Pizarnik. Pero hay algo de la configuración de este territorio dañado, en el que tantos y tantos soñaron con una vida posible, que solo el efecto de esa posibilidad hace que valga la pena.

La pregunta es hermosa de plantear. Espero que hoy, en este día en que me hacés la entrevista y en que el Gobierno quiere tomar medidas xenófobas, se vuelva a marcar que éste es un país o un Estado que se erige sobre la sangre, sobre un genocidio, pero donde a su vez tantos, tantas y tantes soñaron que su vida fuera posible. Esa configuración marca un «aquí» extraño, doloroso, pero también -en su crueldad- bello.

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Antropólogo social, coleccionista y crítico de la Historieta Argentina. Ganador de la Beca de Investigación Boris Spivacow II de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno en 2018. Colaborador en Revista Blast de Colombia.