Cinco motivos por los que no deberías empezar una dieta en 2025

🍔 Comenzó el año y ya muchos se sumaron al nuevo "reto detox", la dieta del té de jengibre o el plan fit de alimentación. Lejos de eso, nosotres te contamos cinco razones por las cuales tu año no tiene que comenzar con restricción alimentaria. ¿Te animás a leerlas?
07/01/2025

Como era de esperarse, el primer lunes del año llegó cargado de mensajes gordoodiantes, pro-dietas y reproches sobre lo que comimos en las Fiestas. Navidad y Año Nuevo fueron un desfile de piononos, torres de panqueques y vitel toné, que ahora “hay que bajar”. “Estoy sudando el mantecol”, se escucha en una clase de zumba. 

Es enero y los gimnasios amanecieron colmados de gente con comentarios sobre los cuerpos ajenos. Navidad y Año Nuevo son momentos sensibles porque volvemos a ver a aquellos parientes más lejanos que muchas veces evitamos en otras ocasiones y que tal vez con sus “chistes” -o directamente con sus mensajes de odio- activaron nuestros discursos más restrictivos. Hasta el más deconstruide en algún momento tuvo un mambo con su cuerpo o pensó que debería mejorar su alimentación. No te juzgues por pensarlo. 

Sin embargo, el término “me estoy cuidando” suele estar lejos de lo que realmente podemos considerar como cuidado y está basado en la ideología dietante que sigue perviviendo en nuestra sociedad, en los estereotipos de belleza imperantes y las imágenes sobre cuerpos que nos rodean, más aún si sos una femineidad. “La dieta es el sedante político más potente en la historia de las mujeres”, decía Naomi Wolf. Ni que hablar si consumimos los pseudo doctores Cormillot o los realitys como “Cuestión de Peso”, cómplices de la industria farmacológica y los medicamentos de moda. 

Como queremos deconstruir nuestros mandatos y cuestionar la lógica imperante, nos pusimos a investigar y te traemos cinco razones por las cuales no deberías empezar con una dieta el año nuevo. Tampoco tenés que ponerte a medir o pesar lo que ingerís, ni tenés que ponerte como propósito de este año llegar más delgada al verano. No se trata de estrenar una “nueva dieta”, sumarte a un “reto detox” o iniciar un “cambio de hábitos” que prometen ser la solución definitiva. 

Spoiler alert: si ya comenzaste con la dieta, aquí van unas buenas razones por las que deberías romperla pronto. Si te queda alguna duda te recomendamos que la analices rápido, antes de que tus amigues se terminen el trozo de pan dulce que quedó o las garrapiñadas de la caja navideña por la que tanto te esforzaste.

Porque tenés derecho a comer lo que quieras sin culpa

Comer es un acto fisiológico básico. Gracias a éste sobrevivimos desde la era de los dinosaurios y todos los seres vivos dependen de ello. Comer es la única manera de vivir; de hecho se gastan calorías cuando dormimos, respiramos o pensamos. Todos los alimentos, desde los más naturales hasta los ultraprocesados, aportan diferentes cualidades, ya sea desde su valor nutricional hasta su implicancia cultural o sentimental que nos une a esa comida. No comemos solamente porque lo necesitamos para vivir, sino porque es una linda excusa para compartir un momento.

La contrapartida de la necesidad de comer es la culpa respecto a los alimentos. Ésta es netamente cultural y está fomentada por la industria de la dieta, que se basa en catalogar los alimentos entre los “buenos”, aquellos que están permitidos, y los “malos”, aquellos que tendríamos que eliminar. En general, esta división solo fomenta la culpa y el castigo. Por eso sentimos que nos “merecemos” la comida si hacemos algo que está bien -¿cuántas veces nos premiamos con un helado?- y si comemos esos alimentos “malos”, pensamos que pecamos. Desde niños le solemos dar una mala connotación a ciertas preparaciones. Si en Navidad o Año Nuevo te hicieron comentarios sobre tu cuerpo, tu peso o la forma en que comés, acordate que no le debés explicaciones a nadie sobre lo que comés, ya que es algo totalmente personal igual que cómo cuidás tu piel o tus elecciones sexuales. Te merecés empezar este año sin culpas, sin restricciones y sin la presión de tener que cambiar quién sos para sentirte suficiente.

Porque comer es un placer y no hay nada de malo en ello

¿Te gusta comer? ¡Albricias! No hay nada malo en ello. Nos hicieron creer que el placer por la comida estaba mal, que es una señal de debilidad o de falta de voluntad cuando es totalmente natural. El cuerpo se siente reconfortado por recibir alimentos, significa que tiene gasolina para seguir funcionando y generando los sistemas metabólicos que necesita. Si no la tuviera, tendría que comenzar a jerarquizar entre con qué funciones cuenta y cuáles ya no son vitales. Es por eso que cuando uno ingiere menos calorías de las que necesita puede empezar a perder pelo, se le caen las uñas, se le reseca la piel e incluso puede perder la menstruación en el caso de las personas gestantes. El cuerpo no entiende de modas alimenticias y empieza a recortar en gastos.

Pero ojo, comer no es un acto netamente fisiológico sino cultural y muchas veces el ambiente también repercute en que una comida nos genere más placer. Nos puede gustar comer porque asociamos cierta comida a un momento lindo de nuestra infancia, a alguien que la preparaba o a algún encuentro con amigues. Esto lleva a que comamos más en ciertas ocasiones y es totalmente normal si lo analizamos en cierto contexto. Además, acordate que los cuerpos por naturaleza vienen en tamaños diversos. Como dice la nutricionista mexicana antidietas Raquel Lobatón: “Pretender que todos los cuerpos deben amoldarse a un único molde es tan absurdo como pensar que existe un color de piel ideal, una estatura ideal o una talla de zapato ideal. El peso y tamaño del cuerpo de una persona depende de un sinnúmero de variables, muchas de ellas genéticas y fuera de nuestro control. Luchar contra el tamaño de nuestro cuerpo es en gran medida, luchar contra nuestra naturaleza”.

Porque existe la posibilidad de desarrollar una relación negativa con la comida

La gran mayoría de los Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA) comienzan con una dieta restrictiva. A su vez, los TCA son unos de los trastornos mentales más graves y más comunes en nuestro país. Muchos de ellos incluso llevan al suicidio. No hace falta que llegues a un caso clínico agudo o a un cuadro extremo para que te lleves mal con la comida. Sentir culpa al comer, sentir que tenés que compensar haciendo ejercicio, generarte el vómito o tomar laxantes, pastillas para adelgazar y diuréticos ya es una señal de alarma. Cuando la comida ocupa demasiado lugar en tu cabeza, significa que algo no está yendo bien. Las dietas, con sus mensajes gordoodiantes, solo fomentan que las personas tengan un discurso culpógeno, negativo y de desprecio sobre el propio cuerpo.

Acordate que no nacimos sintiéndonos mal con lo que veíamos en el espejo, sino que se fomentó a través de las imágenes que consumimos y de los estereotipos de belleza inalcanzables que tanto dolor generan, creando falsas expectativas. No es cuestión de amarse todo el tiempo ni de andar abrazando a tu cuerpo, pero tampoco se trata de pasarla mal con el que es, al fin y al cabo, nuestro motor y la posibilidad de hacer lo que nos proponemos en la vida. Citando nuevamente a Lobatón: “No nacimos creyendo que nuestros cuerpos estaban mal. Nos enseñaron a verlo así. Nos hicieron creer que ciertas características eran defectos para poder vendernos productos y soluciones que prometen arreglarnos”.

Porque puede alterar las nociones de hambre y saciedad

Las dietas, los planes de alimentación, las estructuras rígidas con la comida, el pesaje de alimentos y otro tipo de métodos de control ligados a la industria de la dieta pueden parecer útiles en algún momento, pero también fomentan la hiper rigidez y los sentimientos de culpa. Si tenemos estipulado que podemos comer dos porciones de pizza y comemos tres, vamos a sentir que hicimos “algo malo”. Las cantidades de comida que ingerimos, igual que nuestro nivel de hambre o saciedad, puede estar afectado por diferentes factores, ya sea el gasto calórico que tuvimos ese día, el ejercicio que hacemos, hasta el clima -por eso solemos comer diferentes preparaciones en verano que en invierno- y el entorno en el cual los ingerimos -no es lo mismo almorzar solo en la oficina que tener un cumpleaños-.

Como somos seres sociales, seguramente nuestra conducta y la cantidad que comamos va a cambiar. Las dietas que tienen una cantidad estipulada de comida por porción pueden generar más culpa y miedo a las nociones de hambre y saciedad intuitivas del cuerpo y desconectarnos de ellas, desembocando en un mal manejo que la comida que va desde una alimentación restrictiva hasta atracones, ambos con graves consecuencias para la salud.

Ojo, no es casualidad que la mayoría de estos anuncios estén dirigidos a mujeres. Porque la cultura de dietas se ha construido sobre nuestras inseguridades. Continuando con las palabras de Raquel, “esta obsesión por la delgadez ha llegado a tal extremo que aplaudimos y alentamos las conductas alimentarias de riesgo en que incurren las personas con tal de ser flacas. Pareciera ser que “la delgadez justifica los medios”, y no importa si la persona accedió a ella atentando contra su salud por medio de restricciones severas, consumo de medicamentos riesgosos, ejercicio excesivo, uso de laxantes o incluso adquiriendo un trastorno de la conducta alimentaria, “lo importante es que estás más flaco y eso hay que celebrarlo”.

Porque tienen “efecto rebote”

Está comprobado que el 95% de las personas que hace dieta y baja de peso en un principio recupera el peso perdido en un periodo de 2 a 5 años, y muchas terminan pesando más de lo que pesaban antes. Esto tiene una explicación, y aquí nuevamente cito a Lobaton en su artículo “De por qué las dietas no funcionan”. Les cuento: cuando sometemos al cuerpo a una restricción calórica, es decir una dieta, éste lo recibe como una agresión. El organismo no entiende esta restricción como algo cultural para que te veas mejor en verano sino como una posible hambruna, como en la época de las cavernas.

Esto lo lleva a poner en marcha diferentes mecanismos de supervivencia, entre los cuales está un aumento en la acumulación de grasa como medida preventiva y una disminución en el metabolismo para protegerse quemando menos calorías. Esto significa que cuando vuelve a recibir alimento, es decir cuando te liberes de esa maldita dieta, éste intentará recuperar el peso perdido (y a veces un poco más) como medida preventiva, así estará listo para enfrentar con más reservas el próximo periodo de escasez. No lo digo yo, lo dicen los especialistas y varios estudios han demostrado una asociación entre las dietas frecuentes y una obesidad subsecuente. Es importante recordar que no existe, hasta la fecha, una sola intervención que haya demostrado que se puede perder peso y mantenerlo en el largo plazo.

Si aún te queda alguna duda, es momento de que vayas a la heladera y te agarres ese pedacito de torta rogel que quedó abandonado en un estante. De paso podés mandarle esta nota a tu tía que te dijo que no repitas helado y a tu entrenador que quiso aumentar el número de abdominales. No te prives de lo que te da placer ni te la agarres con tu cuerpo y no pienses en empezar otra dieta porque eso no solo no te va a hacer sentir mejor, sino que probablemente te genere más mambos. Acordate que si necesitás ayuda porque no estás pudiendo manejar tu relación con la comida podés consultar a un profesional, charlarlo con tu familia o compartirlo con un amigo. No estás solo.

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