La identidad argentina se construye sobre una ausencia: la de nuestras Islas Malvinas. Un vacío significante, la perdida perla austral. Si malvinizar es la tarea, entonces viajemos a las Islas para contar su historia. Conozcamos su realidad, su valor geoestratégico, la gente que vive ahí, sus conflictos sociales, su economía. Vayamos al frente a tensar todas las diferencias que nos dividen de la elite extranjerizante y probritánica que nos gobierna. Juntemos la guita que tengamos, manguiemos la que nos hace falta y vayamos a filmar a Malvinas, aunque tengamos que comer arroz toda la semana.
Malvinas es una sociedad de castas. Hay dos clases de personas: los blancos (anglosajones, protestantes, británicos o isleños) y los migrantes, chilenos, filipinos, zimbabwenses o santahelenos (otra colonia inglesa). Un simple dato refleja la asimetría social: si una pareja migrante tiene un hijo, aunque cuenten con un permiso de residencia permanente, esa criatura nace apátrida. No es reconocida como británico y debe esperar a ser inscripto en el país de origen de sus padres para tener alguna ciudadanía. He´s a real nowhere man.

En Malvinas hay mucho Estado. Y se ve que hay guita. Ahora están renovando la carretera principal que une la base de Mount Pleasant (y su aeropuerto) con la capital, Puerto Argentino. Dicen que es para cuando empiece a llegar el petróleo. Las empresas encargadas de la exploración off shore son la británica Rockhopper y -cuando no- la israelí Navitas. Los británicos estiman que extraerán 54 mil millones de dólares anuales del expolio de nuestro petróleo. Las penas son de nosotros.
Gran Bretaña ocupa el 25% de nuestro territorio. El caso más conocido es el de las Islas Malvinas pero en Georgia -llamada originalmente San Pedro- vive una dotación permanente de 25 personas, en su mayoría científicos apadrinados por el ejército británico. Es otro punto geoestratégico fundamental, sobre todo en la disputa por la Antártida: la reclamación argentina y la británica coinciden idénticamente y en 2048 se rediscutirá el tratado que establece soberanía sobre el territorio. En el museo inglés de las Islas, los colonizadores definen a las Malvinas como su «puerta a la Antártida».

En Malvinas, los bares cierran a las once y media. A las once clavadas, suena una campanita que avisa de la media hora restante. On point se cierran las puertas y quedan diez minutos de charla en la calle. Después, silencio sepulcral y todos al sobre. Es una sociedad de control y ultramilitarizada, pero con un baño grosero de pinkwashing y tolerancia marca Benneton. En el Bar Victory hay un cartel que prohíbe hablar español y un poster con dos bullterrier sobre una bandera inglesa que dice «What we got, we hold» (lo que tomamos, lo conservamos). Cuatro pelados que podrían ser de la barra del Birmingham toman whisky en una mesa. No saben de dónde venimos, pero no les gusta mucho que hayamos llegado.
Seis de cada diez personas que viven aquí no nacieron en las Islas. Una caminata por el centro es una mezcla de filipinos, chilenos y zimbabwenses. Detrás del slogan de la sociedad multicultural, hay un mandato supremacista británico que elimina cualquier mirada disidente. El control demográfico es permanente: quien quiera venir aquí a trabajar debe aplicar desde fuera de las islas y en la práctica hay más soldados apostados en Mount Pleasant que habitantes permanentes que pueblen el suelo más querido de la patria en su extensión. Ser chileno en Malvinas es casi como ser pakistaní en Londres.
La guita se la llevan de la pesca y del sistema de concesiones. Recolectan calamar Illex y merluza negra, la congelan y la mandan a Europa. También el turismo mueve la economía: los días en que llegan dos o tres cruceros, la población local es duplicada por los visitantes. El ganado ovino, en algún momento motor de la producción isleña, es ya casi una rémora del pasado en unas islas que se proyectan petroleras de aquí a corto plazo.
Antes de la guerra, acá operaban YPF y Gas del Estado. Perón había avanzado en pisos de diálogo con la realeza británica y se llegó a discutir un condominio y la administración conjunta de las Islas. Galtieri y compañía tiraron por la borda años de trabajo diplomático sostenido que habían encontrado del mismo lado a Alfredo Palacios, Arturo Illia o al General Perón. Ir hasta allá para hablar solo de la guerra es un error estratégico: la colonización de Malvinas tiene 200 años, decenas de resoluciones favorables a la Argentina en la ONU y un aplastante reconocimiento internacional de su condición de colonia. Flaco favor le hicieron a la patria los milicos del proceso que tanto hablaban de patria.

A los kelpers no les gusta que le digan kelpers. Los kelps son las algas que se pegan a las piedras. Originalmente fue el término que los británicos usaban para marcar una diferencia social entre malvinenses y funcionarios que venían de Londres. Ya no les dicen así, pero siguen siendo menospreciados: los puestos jerárquicos son ocupados por funcionarios de Inglaterra y los isleños no eligen gobernador, sino que es impuesto por la corona desde Europa. Sin embargo, ante la Ley argentina, los mal llamados kelpers son en realidad fueguinios: argentinos con un vicio de origen, compatriotas que -aún- no salieron de su clóset.
La estrategia británica consiste en hablar de autodeterminación de los pobladores. Pero es un cuento para giles. No se trata de una población colonizada sino de un territorio colonizado. No son un pueblo preexistente invadido, son ingleses y escoceses traídos a suelo argentino. Preguntarle a los kelpers por su situación es casi tan irrisorio como consultarle a los colonos israelíes que viven en Cisjordania a qué estado quieren pertenecer. Y no lo digo yo, sino la Resolución 2065 de las Naciones Unidas.
La playa de Malvinas es preciosa. La arena es blanca y el agua helada. Hay muchísimas algas, gigantes, fibrosas, tupidas. El viento es implacable. En los colores de los campos están los colores de nuestra Patagonia. Al atardecer el cielo se tornasola, pero siempre prima el celeste. Todos los gatos llevan un chip. Está prohibido ejercer la prostitución y casi no hay faso, salvo alguno que otro que cultiva en indoor. El alcohol es barato y las verduras son carísimas: un pepino puede costar 10 mil de nuestros pesos.

Nos vamos de las Islas, pero nos llevamos parte de ellas. Cantamos el himno y flameamos la bandera, comimos dulce de leche y tomamos un fernecito escuchando cumbia. Armamos un altar del Gauchito Gil y dejamos una estatuilla del Papa. Filmamos adentro de la base militar, aunque esté prohibido, porque elegimos ser desobedientes a ser cómplices. El avión despega, desde arriba se ve el contorno de las islas. Piel de gallina, chucho de emoción. Aterrizamos en Chile. Nosotros ya volvimos. Nosotros, volveremos.





