Hace 125 años, las islas de Hawái fueron anexadas dentro del territorio estadounidense. Esto sucedió siete años después de que 1000 locales armados pagados por las azucareras llevaran a cabo un golpe de Estado que acabaría con la república de Hawái, el último bastión de soberanía e independencia en el archipiélago. Hoy en día es el 50° estado del país norteamericano y detrás de la fachada del turismo de lujo en el Pacífico se esconde una historia de colonialismo, abuso, redes de trata y violencia perpetrada por el gobierno.
Ubicado en el Océano Pacífico a 4000 kilómetros de California, Hawái es el estado más reciente de los Estados Unidos, adquiriendo ese estatuto el 21 de agosto de 1959. El estado es un archipiélago que consta de 137 islas, de las cuales solo 7 están permanentemente habitadas. Esta zona fue habitada por los polinesios hace más de 1500 años en su gran expansión que los llevó desde Madagascar hasta Rapa Nui (Isla de Pascua), en su gran travesía llevaron su cultura a las islas deshabitadas del vasto océano. Hawái no está exenta de esto: el archipiélago tuvo una impronta genética, cultural, social e incluso política que permeó su historia desde antes que los yanquis pusieran una bota sobre ese pedazo de paraíso.
El primer contacto con otras sociedades se dio en 1778 cuando el explorador inglés James Cook se encontró con la isla en una de sus expediciones. Más tarde, en la década de 1820 comenzaron las misiones norteamericanas a la isla y de ahí en más el contacto entre ambas partes se consolidó. Hawái y las demás islas coexistieron de forma independiente por siglos hasta que Kamehameha I unificó a todas bajo el reino de Hawái en 1810. Es más, según varios recuentos históricos, Hawái fue el primer ente soberano en reconocer la independencia argentina, incluso antes que Chile.
Durante el siglo XIX, Hawái fue víctima de un mal común en toda Latinoamérica: 5 grandes empresas azucareras europeas y norteamericanas controlaban las plantaciones de caña, el producto más importante para las exportaciones, lo cual significó concentración, oligopolio y presión política. La anexación por parte de Estados Unidos solo los beneficiaría porque significaba el fin de las trabas a estos empresarios y reforzar lazos con los norteamericanos les resultaría más fructífero que dejar entrar a los japoneses, que acechaban con construir un imperio en el Pacífico desde hacía décadas. Entonces se llevó a cabo un golpe de Estado a la (en aquel entonces) joven república de Hawái. De allí en más, la historia del archipiélago daba un giro anexándose a los Estados Unidos.
Hace tan solo unas semanas se estrenó una nueva película de Disney, o más bien un refrito, el live action de Lilo y Stitch. Una de las críticas más importantes que se le hace al film es la cuestión de eliminar el comentario cultural en pos de atraer a una audiencia más general que no se sienta ofendida por ser retratada como turistas ignorantes, cosa que ocurre en la película original del 2002. Esto no es extraño, forma parte de una avanzada ideológica norteamericana en la que se blanquea (en inglés se conoce como white washing) la imagen de diferentes minorías y sus problemáticas quedan relegadas a la oscuridad porque lo que se destaca es su excentricidad o sus formas “diversas” de ser. En el caso de Hawái, lo que ocurre es que las islas subsisten gracias al turismo que proviene del continente y están contra la espada y la pared. El aparato ideológico hollywoodense insiste en hablar del archipiélago como un paraíso americano, pero culturalmente distinto donde uno va a tomar un trago dentro de un coco en un all inclusive y se olvida de sus problemas sin salir del país. La verdad está lejos de eso.
Actualmente Hawái, por su ubicación estratégica, es el estado con más presencia militar: uno cada 100.000 habitantes. El 80% del personal de las fuerzas armadas en la isla está conformado por personas blancas y más del 66% son hombres. En Hawái existen más de 140 pandillas que funcionan en base a un sistema de crimen organizado (o mafias), sumado a esto existe una gran problemática relacionada a violencia sexual perpetrada por las fuerzas armadas desplegadas en las islas.
A principio de año en Honolulu, capital del estado, se condenó a un soldado a 36 meses de prisión por intentar recibir pornografía infantil y solicitar la producción de ésta. Lejos de ser un caso aislado, este es solo otro eslabón en un terrorífico e inmoral legado que permea la “cultura militar” en el Pacífico.
En 2023, la casa de representantes de Hawái emitió una resolución en la que se pedía al gobierno estadounidense que “[…] combata de manera más proactiva la violencia contra mujeres y niños civiles en Hawái, mediante un compromiso de tolerancia cero”, además se exigió la creación de un programa contra la explotación sexual comercial en todas las instalaciones militares del archipiélago. Hay una problemática muy real donde las fuerzas armadas tienen no solo injerencia, sino que hasta son culpables.
La violencia sexual vinculada a las fuerzas armadas de Hawái tiene dimensiones grotescas. Según el Reporte Anual sobre Agresión Sexual en el Ejército del 2022, el Departamento de Defensa reconoció no solo el aumento de agresiones sexuales contra civiles por parte de militares, sino que existe una «cultura institucional enferma» que las perpetúa. Los datos son genuinamente preocupantes: las redes del propio Departamento de Defensa aparecen entre los top 20 proveedores de internet para pornografía infantil a nivel global, mientras que operativos oficiales revelan que el 30% de los depredadores sexuales arrestados en Oahu (Isla donde se halla la capital) en 2023 eran militares en servicio activo.
El 73% de las víctimas de trata infantil en Hawái sufrieron abuso sexual previo y la violencia es evidentemente racista: la mayoría de las mujeres y niñas explotadas son nativas hawaianas y ellas son vistas como blanco de un sistema que las desaparece, lo cual fue alertado por la senadora Mazie Hirono (representante de Hawái) en 2023. Por su parte, agencias como Hale Kipa identificaron a militares y turistas como los principales explotadores de menores en riesgo.

Pese a los esfuerzos de la Comisión de la Condición de la Mujer de Hawái por visibilizar esta crisis desde 2018, el estado carece de acceso a datos clave: ni las organizaciones nativas ni las defensoras de género pueden consultar los reportes militares sobre trata, ya que existe una opacidad que facilita la existencia de redes criminales. De hecho, la resolución establece de forma explícita que el gobierno norteamericano tuvo un rol directo en en la creación de la red de trata, llegando a los extremos de encontrar fuentes históricas en las que se refieren al hecho de que el ejército de los Estados Unidos y el departamento de policía de Honolulu fueron los encargados de la “industria de los burdeles” en Hawái.
Esto tiene raíces coloniales; según varios académicos, los abusos sexuales son parte de la “cultura militar” del ejército de EE.UU. y esto se vio sobre todo en su expansión sobre el Pacífico y el sudeste asiático. Corea, Japón, Filipinas y las islas del pacífico fueron las principales víctimas de esto. Se implementó un sistema de abusos sexuales generalizados después de la Segunda Guerra Mundial, que se dio sobre todo en estas naciones donde los nativos eran vistos como “los otros» e inferiores.
La historia del archipiélago no es solo la de un paraíso violado, sino la de la maquinaria colonial que nunca se detiene. Desde aquel primer golpe financiado por un puñado de empresarios azucareros hasta las redes actuales de trata encubiertas por el aparato militar y el gobierno norteamericano, lo que cambió es poco y nada: despojo de la soberanía, racismo y explotación siguen siendo el hilo conductor de los últimos 150 años en Hawái. Bajo la pulcra e inocente imagen del turismo y la diversidad cultural, se esconde una estructura violenta sostenida por el país que supuestamente lleva la bandera de la moral de Occidente. Y aunque Hollywood se esfuerce por confesar esa historia, los datos, las víctimas y la impunidad siguen ahí. Porque en Hawái, como en tantas otras partes del mundo, el colonialismo no es cosa del pasado y la soberanía e independencia son las directrices que nuestros pueblos nunca pueden olvidar.





