¿Feminismo negro de cafetín o desde el territorio?: una respuesta desde la praxis de Anne Marie Coriolan

🗣️ La nota de Duarte y Madeo en Página/12 es una crítica política disfrazada de diagnóstico, que utiliza una portada con la imagen de mujeres haitianas en su contexto actual, como telón de fondo de un discurso que nunca las menciona ni acompaña. Es precisamente en ese gesto de silenciamiento simbólico donde se desmorona toda su presunta apuesta por el "feminismo negro de base".
27/07/2025
Foto: Radio Ambulante
Foto: Radio Ambulante

He leído con perplejidad y un nudo en el estómago la nota publicada en Página/12 que se titula «Feminismo negro de base en tiempos de cooptación internacional», firmada por Sol Duarte (DIAFAR) e Ivanna Madeo (FNOA) en el marco del Día de las Mujeres Afrolatinas, Caribeñas y de la Diáspora (25J). No es una reacción impulsiva: comencé a escribir, eliminé, respiré y retomé. Lo hago desde el respeto político y la memoria de quienes lucharon antes que nosotras. Lo hago, también, desde una ética afrofeminista que me acompaña desde hace más de quince años en este continente y en el mundo. Lo escribo desde Chile, desde mi posición de ser una mujer haitiana que vive una migración forzada, víctima de las violencias sistémicas en el otro lado de la Isla (República Dominicana), desde la herida abierta que dejó el proceso de esclavitud, y también desde la dignidad viva que nos legaron mujeres como Anne Marie Coriolan.

La nota de Duarte y Madeo es, ante todo, una crítica política disfrazada de diagnóstico, que utiliza una portada con la imagen de mujeres haitianas en su contexto actual, de crisis humanitaria, violencia generalizada, cosificación de sus cuerpos, como telón de fondo de un discurso que nunca las menciona, que nunca las nombra, tampoco las acompaña. Es precisamente en ese gesto de silenciamiento simbólico donde se desmorona toda su presunta apuesta por el «feminismo negro de base».

Desde la praxis de Anne Marie Coriolan sabemos que un feminismo negro que no confronta las violencias materiales, que no toca la tierra, que no resiste con las mujeres desplazadas forzosamente, hambrientas, criminalizadas, es un discurso vacío, funcional al poder que dice combatir. Anne Marie caminó con mujeres sin documentos, con víctimas de violencia sexual usadas como arma de guerra, con niñas a quienes se les negaba la ciudadanía. Desde esa radicalidad cotidiana construyó el CRAD, fundó SOFA, y denunció las violencias institucionales incluso dentro de los movimientos progresistas y las ONGs internacionales.

No puedo dejar de notar que las autoras del texto no cuestionan los silencios estructurales del Estado argentino hacia las mujeres migrantes negras, ni la violencia institucional que sufren las haitianas en hospitales, villas y/o centros de detención. No las vemos nunca en la calle cuando una compañera dominicana es deportada o criminalizada por realizar trabajos sexuales en Constitución (CABA), ni cuando una madre senegalesa que realiza venta ambulante es violentada por la policía en Buenos Aires. Pero aparecen cada 25 de julio, cada 8 de marzo, para disputar la representación simbólica de la «negritud políticamente correcta» o cada 8 de noviembre para cuestionar la participación de afromigrantes en la lucha por la reparación histórica desde una perspectiva nacionalista (“apropiación territorial”, sí, así es cómo sus ideólogos, Federico Pita, califican la participación de las y los afromigrantes en el debate sobre la reparación en la Argentina).

También es problemático que usen el término «cooptación internacional» sin evidencia ni contexto. El texto sugiere que recibir apoyo de organismos internacionales invalida las luchas afrofeministas que se desarrollan en condiciones materiales de extrema precariedad. Esa acusación implícita estigmatiza el trabajo de muchas compañeras que luchan desde la vulnerabilidad socioeconómica en territorios y en zonas fronterizas, sin salarios estables, sin el favor del Estado, sin redes universitarias que las respalden. ¿Quién decide quién es «legítima» para hablar de feminismo negro? ¿Acaso necesitamos de las mujeres burguesas negras para ser validadas? 

Como bien nos recuerdan algunos medios no hegemónicos sobre Epsy Campbell, la historia de esta mujer y referenta afrodescendiente en América Latina no es solo una historia de marginalidad, sino también de acción transformadora. Campbell no solo fue vicepresidenta de Costa Rica, se trata de una referente continental en la lucha por la justicia racial, económica y de género. Desconocer su trayectoria para colocarla como figura de «cooptación» es también una forma de violencia simbólica.

Como feminista haitiana, me rebelo contra la idea de que la lucha antirracista y por la reparación histórica solo puede tener legitimidad si es nacionalista, elitista y académica. Esa visión excluye a las mujeres que cruzamos fronteras, que huimos de guerras y conflictos en nuestros territorios de origen, que luchamos por la dignidad en tierras ajenas que también son nuestras. No se puede hablar de «diáspora africana» y, al mismo tiempo, negar la historia de migración forzada y desplazamiento que ha caracterizado a nuestros pueblos desde el primer barco esclavista “Negrero”.

El artículo cae en una contradicción que merece ser señalada: denuncia la «institucionalización» del feminismo negro mientras se apropia simbólicamente de la imagen de mujeres haitianas enfrentando violencia extrema (con quienes he trabajado personalmente en mi ultima misión de solidaridad a la Isla caribeña). Nada se dice sobre ellas en el cuerpo del texto. Nada se propone para cambiar esa realidad. Anne Marie Coriolan, cuya lucha se centró en documentar violaciones como crímenes de guerra y garantizar identidad jurídica a miles de haitianas, nos enseñó que la solidaridad no es una postal, sino una trinchera. Y eso no se logra con discursos en salones universitarios o notas de opinión en medios hegemónicos.

Las autoras, al cuestionar a Campbell por su alineación con agendas internacionales, reproducen un nacionalismo territorial que ignora la diáspora africana como consecuencia del colonialismo. Coriolan trabajó en República Dominicana y en foros globales porque entendió que la opresión racial no tiene fronteras. ¿Por qué entonces se descalifica a una activista afrodescendiente por trabajar en espacios multilaterales, mientras se omite que la migración haitiana —y su instrumentalización política en RD— es un legado directo de la esclavitud y el neocolonialismo?

El texto idealiza un «feminismo negro puro» desde una posición académica, pero Coriolan demostró que la lucha antirracista debe combinar incidencia legal, trabajo comunitario y presión INTERNACIONAL. Su proyecto CIDEV entregó 6.000 certificados de nacimiento a mujeres invisibilizadas, una acción tangible que trascendió debates teóricos. Criticar a Campbell por su rol en la ONU sin reconocer sus décadas de activismo antirracista en Costa Rica (como fundadora del Centro de Mujeres Afrocostarricenses y Frente de Mujeres Afro Políticas) es un reduccionismo que Coriolan hubiera rechazado: «No somos lo que nos hicieron. Somos lo que decidimos hacer con esa herida».

Estas mujeres negras izquierdistas de cafetín usan a las mujeres haitianas como símbolo, pero nunca se pronuncian contra las deportaciones de mujeres embarazadas en República Dominicana. Mientras el artículo condena a Campbell por su silencio frente a Palestina, las autoras guardan silencio cómplice ante la violencia sexual como arma de guerra en HAITÍ y la politización del cuerpo de las mujeres haitianas en REPÚBLICA DOMINICANA. Coriolan lo dijo claro: «El cuerpo negro femenino es un documento de guerra». ¿Dónde está la solidaridad práctica con las haitianas hoy?

En lugar de descalificar trayectorias, honremos a Coriolan con acciones. Instamos a DIAFAR y FNOA que incluyan en su agenda la denuncia de las deportaciones de mujeres haitianas en RD y el reclutamiento forzado de niñas en Haití. Rechacemos el uso instrumental de imágenes de mujeres negras en medios sin compromiso con sus luchas. Reconozcamos la diversidad de estrategias: como enseñó Coriolan, hay feminismos negros dentro y fuera de las instituciones. La pureza ideológica no salva vidas; la praxis transformadora, sí.

Foto: Michel-Ange Joseph (2023). Palais des Nations, Suiza. "Protestando contra justificación diplomática del anti-haitianismo en RD".
Foto: Michel-Ange Joseph (2023). Palais des Nations, Suiza. «Protestando contra justificación diplomática del anti-haitianismo en RD».

Anne Marie Coriolan no es un símbolo para citar de manera decorativa o solo en tesis doctorales sobre teoría del feminismo poscolonial. Es un legado que exige coherencia, solidaridad transnacional y acción directa. A las autoras les recordamos sus palabras: «La dignidad no es negociable». Y preguntamos: ¿Están dispuestas a dejar el mate o el café y bajar a la calle?

Sí: el debate es necesario. Pero no el debate desde el cafetín. No el debate que se dispara desde el muro alto, con el diario del lunes, mientras abajo, otras mujeres negras se alimentan en la olla común, acompañan a una niña violada o construyen desde el afecto. Ese feminismo negro territorial y radical, el de Coriolan, el de tantas otras, no necesita la aprobación de quienes juegan a la pureza ideológica desde sus oficinas.

Lo que sí se necesita, es respeto. Y si no se lo dan, igual seguirá habiendo construcción. Porque la historia no la escriben los que comentan o critican: la hacen quienes resisten en la calle o las instituciones.

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*Feminista haitiana. Activista afrodiaspórica. Presidenta de CIJYS.

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