A partir del 29 de julio, en la provincia de Salta comenzó a regir un nuevo protocolo que restringe el uso de celulares y dispositivos digitales en el sistema educativo. La normativa -impulsada por el Ministerio de Educación, Cultura, Ciencia y Tecnología de la provincia- reglamenta la ley 8474, sancionada en diciembre de 2024. Su aplicación alcanza a los niveles inicial, primario y secundario, tanto en instituciones públicas como privadas.
La resolución ministerial N° 631 establece criterios diferenciados por nivel. En el Nivel Inicial, el uso de celulares queda completamente prohibido. Si algún niño o niña lleva un dispositivo al establecimiento, será resguardado por el docente y devuelto al final de la jornada. En el Nivel Primario, se permite su uso a partir de sexto grado, exclusivamente con fines pedagógicos, siempre que exista autorización escrita de las familias y se enmarque en una planificación aprobada por el equipo directivo. En el Nivel Secundario, se autoriza sólo en contextos pedagógicos y dentro del Proyecto Educativo Institucional. En todos los casos, se prohíbe su utilización en recreos, actos escolares, ingresos, egresos y sanitarios.
El protocolo también regula el vínculo entre la escuela y las familias. Queda prohibida la creación de grupos de WhatsApp con fines institucionales entre directivos, docentes, familias o estudiantes. Las instituciones deberán establecer canales oficiales para la comunicación escolar.
Aunque Salta no es la primera jurisdicción en aplicar restricciones, su decisión reactualiza un debate que también tuvo lugar en la Ciudad de Buenos Aires en 2024, cuando el Ministerio de Educación porteño decidió prohibir el uso de celulares en las aulas. La medida, que generó opiniones encontradas, se enmarca en una creciente preocupación por los efectos de la hiperconectividad en las infancias y adolescencias.
Uno de los investigadores que ha estudiado este fenómeno es Fabricio Ballarini, biólogo y divulgador científico, doctorado y posdoctorado en el Laboratorio de Memoria de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires. Ballarini, quien también dirige el Departamento de Ciencias de la Vida del Instituto Tecnológico de Buenos Aires (ITBA), ha investigado el vínculo entre el uso del celular, la salud mental y la atención en adolescentes.
“Relevamos la cantidad de horas de pantalla y las correlacionamos con variables como la autopercepción de ansiedad y la conducta adictiva”, explicó. Según sus datos, entre los 12 y 17 años, cada año de vida escolar se asocia con una hora más de uso del celular diario, llegando en quinto año a más de seis horas. “Y quienes usan el celular más de seis horas por día desarrollan una conducta adictiva: no pueden dejarlo”, aseguró. Según el investigador, estas personas también reportan mayores niveles de ansiedad.
Ballarini observó cambios significativos en escuelas donde se implementaron restricciones al uso de celulares. “Lo que reportan los maestros es que los chicos están rápidamente distintos: empezaron a jugar al truco, a charlar y tienen más atención en el aula”, detalló. Para él, la prohibición no es un capricho, sino una respuesta a datos concretos: “Seis horas por día son cuatro meses al año mirando la pantalla”.

Desde la experiencia recogida en once colegios, Ballarini señaló que la mitad del tiempo de uso en adolescentes corresponde a TikTok y que incluso los propios usuarios subestiman su consumo: “La media son seis horas, pero hay chicos que pasan once horas por día y cuando se los contamos no lo pueden creer”.
En sus investigaciones también encontró que los jóvenes más deprimidos y ansiosos son quienes más utilizan redes sociales. “Pensábamos que era un efecto pospandemia, pero los datos indican otra cosa”, sostuvo. Y agregó: “Las aplicaciones no son sólo servicios de información, son captadores de atención regidos por algoritmos diseñados para generar adicción”.
Para Facundo Bianco, director de la consultora Bienestar Digital, el fenómeno no puede abordarse sin considerar la complejidad del ecosistema educativo y las desigualdades estructurales. “Hay un diagnóstico común: algo está pasando con los vínculos, con la concentración y con el rol de la escuela”, afirmó.
Si bien Bianco reconoce que es necesario regular el uso de los dispositivos, advierte sobre el riesgo de sobrecargar a las y los docentes con nuevas exigencias. “Se les pide que diseñen propuestas pedagógicas que incluyan tecnología, pero que además compitan con TikTok en el mismo dispositivo. Eso es muy difícil, incluso injusto”, planteó.
Desde su experiencia en territorio, Bianco alertó sobre la necesidad de evitar que estas políticas se conviertan en medidas de privilegio. “En algunas escuelas hay computadoras y tablets, y la alfabetización digital puede desarrollarse sin el celular. Pero ¿qué pasa en los colegios que no cuentan con otros dispositivos?”, se preguntó. “Ahí, quitar el celular puede significar desconectarse completamente del mundo digital”.
Bianco remarcó que la alfabetización mediática y digital no es un lujo, sino una necesidad. En ese sentido, apuntó que, según el estudio Kids Online 2025, realizado por UNICEF y UNESCO, la edad promedio de acceso al primer celular en Argentina es de nueve años y medio. “Eso nos lleva a preguntarnos por qué a esa edad se considera apropiado dar acceso a un dispositivo de uso individual”, indicó.
Para Bianco, el celular acerca a niños y niñas a lógicas solitarias de uso, a plataformas que promueven la “adolescentización” de las infancias y a una lógica de consumo que deja poco lugar para la creación. “No hay una solución mágica”, sostuvo. “Necesitamos soluciones situadas, pensadas desde nuestra realidad, y no copiar modelos de otros países con idiosincrasias distintas”.
En ese marco, recomendó postergar lo más posible el acceso individual a celulares y redes sociales. “La escuela tiene un rol en eso. Si promueve el uso de plataformas regidas por algoritmos, difícilmente pueda formar sujetos críticos y reflexivos”, subrayó. Para él, no se trata solo de lo que hace la escuela, sino también de políticas públicas, del acompañamiento familiar y de una mayor responsabilidad de las plataformas tecnológicas.
Una de las consecuencias más preocupantes del vínculo con los dispositivos, según Bianco, es el crecimiento de las apuestas online entre adolescentes. “Cuando empezamos a trabajar este tema, la edad promedio era 14 años. Hoy tenemos casos de chicos de 10 años que ya apuestan”, contó. Según los relevamientos de su consultora, cuatro de cada diez chicos reconocen apostar, incluso dentro del colegio o en sus casas, a través de plataformas legales e ilegales, billeteras virtuales o hasta grupos de WhatsApp.
“La lógica de la especulación y del dinero fácil está bombardeando a los adolescentes. La plata hay que ganarla rápido y si te quedás afuera, sos un gil”, resumió. “Es casi un milagro que un adolescente hoy no apueste online. Todo el sistema apunta a que lo haga”.
El protocolo de Salta se inscribe en un contexto en el que las preocupaciones por el bienestar emocional, la hiperconectividad y las brechas digitales convergen en la escuela. Mientras crece el consenso sobre los riesgos del uso desmedido de los dispositivos, las soluciones no son unívocas. Para muchos, prohibir no basta. Para otros, es un primer paso.





