Esté jueves 18 se estrenó Belén, la película basada en el libro Somos Belén de Ana Correa y dirigida por Dolores Fonzi. El film revive el estremecedor caso de una joven de la provincia de Tucumán que en el año 2014 llegó a un hospital con dolores y terminó acusada de aborto y homicidio. Hoy, su historia vuelve en el cine y dialoga con una Argentina con aborto legal.
La historia detrás del nombre ficticio mostró cómo la Justicia castigaba a las mujeres pobres por abortos espontáneos y fue un antecedente de la lucha que abrió el camino hacia el aborto legal en Argentina. La historia real es de una joven de 27 años que llegó al Hospital de Clínicas Dr. Nicolás Avellaneda de Tucumán con dolor abdominal. Tuvo un aborto espontáneo sin saber que estaba embarazada. Luego llegó la policía y la acusó de haber abortado intencionalmente. Pasó dos años y medio presa, acusada de un crimen que nunca existió.
En aquel momento, el aborto no era legal en Argentina, los feminismos aún estaban en expansión y movimientos como Ni Una Menos no habían estallado. El caso de Belén se convirtió en un símbolo y motor de lucha. La abogada Soledad Deza, defensora de la joven, explica a El Grito Del Sur la relevancia del hecho: “El caso Belén fue una bisagra en la discusión de legalización del aborto, no porque antes no tuviera fuerza la demanda social de la Campaña Nacional, sino porque desenmascaró que la figura penal de aborto sí se usaba en la vida real de las mujeres. Incluso desde algunos feminismos liberales se sostenía que no existían presas por aborto, ni condenadas por este delito. Belén tiró abajo esa afirmación y le imprimió urgencia a esa agenda, por eso tantos discursos en el Congreso recordaron su caso”.
La misma magnitud del caso fue manifestada por Dora Barrancos, socióloga e historiadora feminista, quien destaca a este medio que la historia de Belén fortaleció al movimiento Ni Una Menos, que estalló en las calles en junio del año 2015, tras el femicidio de Chiara Páez, exponiendo que la violencia contra las mujeres no era solo la que terminaba en femicidio, sino también la ejercida por el propio Estado. “El caso fue un escándalo total. Era 2014 y todavía no había Ley Micaela. Quiere decir que les magistrades no estaban obligados a capacitarse en esta cuestión. Sin embargo, estábamos a un paso de junio del 2015 y yo creo que ese paso fue decisivo para el debido conocimiento y la enorme difusión que fue alcanzando no solamente entre los diferentes núcleos feministas sino en general en la opinión pública”, analiza Barrancos.
En Tucumán, la defensa de Belén se articuló a través de la Mesa por la Libertad de Belén, formada por organizaciones feministas, de derechos humanos, sindicatos y espacios estudiantiles. En palabras de Soledad Deza: “Funcionó todos los lunes hasta que logramos su libertad. Allí nos reuníamos y explicábamos a las compañeras los fundamentos de los recursos que habíamos presentado y tratábamos de dar argumentos para que a su vez ellas llevaran a sus espacios de base. Empezamos las marchas y muchas compañeras de barrios populares no nos recibían el pañuelo verde, allí nos dimos cuenta que faltaba construcción en la legitimidad del reclamo de justicia y fue una experiencia colectiva exitosa de la que quedó clara que cualquiera podía ser Belén y terminar encarcelada por un aborto espontáneo”.
Hoy, casi diez años después de su libertad, el pañuelo verde se consolidó como símbolo de lucha y legitimidad social, tras hitos como el movimiento Ni Una Menos; la marea verde, donde miles de mujeres se movilizaban en las calles; la sanción de la Ley Micaela, que establece la capacitación obligatoria en género y violencia de género para todos los funcionarios públicos, en memoria de Micaela García, víctima de femicidio; y la conquista legal con la aprobación de la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo.

Sin embargo, ambas entrevistadas advierten sobre un contexto de regresión de derechos. Deza sostiene: “No creo que se atrevan a revertir la ley del aborto desde el Congreso, aunque igualmente arrasan de otra forma con el derecho a decidir cuando desfinancian la medicación y acceder a un tratamiento le cuesta a cualquier persona $186.000 en la farmacia, es decir más del 50% de un Salario Mínimo, Vital y Móvil. Entonces de allí la importancia de que las provincias garanticen el acceso, porque con ley pero sin medicación no hay aborto legal. En enero de este año, acá en Tucumán murió una chica de 23 años en un aborto séptico, hay que pensar qué vidas defienden quienes hablan en contra del aborto legal”.
Además, Soledad reflexionó sobre la importancia de que a esta película la conozcan las nuevas generaciones, siendo un puente entre la memoria y el presente: “El desafío pendiente es unir las luchas. No podemos caer en la trampa de poner a competir desgracias y fragmentarnos porque eso es funcional al status quo de crueldad. La desventura de la persona con discapacidad es igual a la del jubilado que no llega a fin de mes, la de la persona trans que dejaron sin medicación, la de la víctima de violencia que no tiene dónde estar a salvo, el docente que no llega a fin de mes, la estudiante universitaria que no tiene para el colectivo o la mujer que no puede llevar comida a su mesa. La gramática neoliberal nos quiere aislados y aborreciéndonos, compitiendo por quién se merece la dignidad. Por eso digo que es una trampa pensar que la salida puede ser sectorial o individual. Unir las luchas y recobrar la ilusión, ser felices no es un lujo, es un derecho y es difícil ser feliz cuando la mayoría de la gente no lo es”.
Dora Barrancos completa la necesidad de que las juventudes conozcan esta historia, porque entender cómo se vulneraron esos derechos sirve para educar sobre la defensa de los derechos humanos y la construcción de una sociedad más justa: “La vertebración del fallo se basó en la aberrante violación del secreto profesional, con jurisprudencia sólida en Argentina. Esa violación condujo a la absolución definitiva. La película es impactante y emocionante, y es crucial que las nuevas generaciones la conozcan. Se trata de aumentar los derechos”.
Belén recuerda que lo que ayer fue injusticia hoy es derecho, y que la memoria es la única garantía para que no haya nunca más mujeres presas por decidir. No solo es un relato judicial, sino también un espejo de la desigualdad de clase, género y acceso a la salud. Su recorrido, de la cárcel al cine, refleja lo que cambió y lo que todavía falta.





