Estados vs. corporaciones: el escenario global en la carrera por el espacio

🚀 La "nueva carrera espacial" involucra no solo a países como Estados Unidos, China, Rusia, India o la Unión Europea, sino también a empresas privadas que se disputan el negocio de los satélites, el turismo espacial, las estaciones orbitales y hasta la futura explotación de minerales en asteroides.

Si en los años sesenta el mundo observaba cómo Estados Unidos y la Unión Soviética competían por plantar primero su bandera en la Luna, hoy la disputa se juega en un tablero mucho más complejo: el de los Estados nacionales frente a las corporaciones privadas. El desafío ya no es únicamente demostrar superioridad tecnológica, sino definir quién controlará los recursos, las rutas y las reglas del espacio en el siglo XXI.

Entre 1957 y 1975, la llamada “carrera espacial” tuvo un claro tinte geopolítico. El lanzamiento del Sputnik 1 y el vuelo de Yuri Gagarin, por parte de la URSS, fueron respondidos por Estados Unidos con el Apolo 11 y la llegada del hombre a la Luna. Aquella pugna, más cercana a la propaganda y al poder que a la cooperación científica, se transformó en una nueva disputa por el espacio en donde los Estados buscan mantener su soberanía tecnológica frente a corporaciones privadas que despliegan miles de satélites.

En aquellos años, en medio de la Guerra Fría, Naciones Unidas aprobó el Tratado del Espacio Ultraterrestre de 1967, considerado la “constitución del espacio”, el cual estableció que ningún país puede reclamar soberanía sobre la Luna ni sobre cuerpos celestes, y se prohibió la colocación de armas de destrucción masiva. “Argentina tuvo un papel central en ese tratado porque la delegación argentina en Naciones Unidas, conformada por el jurista Armando Cuca, participó en la redacción. El artículo 1 dice que tenemos libertad de exploración y utilización, es decir, nadie puede limitar a otro país a explorar o utilizar el espacio”, expresó Juan Cruz González Allonca, profesor de la Universidad Nacional de La Plata y director del Centro Interdisciplinario de Estudios Espaciales (CIEE), en diálogo con El Grito del Sur. 

Hoy en día, el escenario es otro. La “nueva carrera espacial” o New Space involucra no solo a países como Estados Unidos, China, Rusia, India o la Unión Europea, sino también a empresas privadas que se disputan el negocio de los satélites, el turismo espacial, las estaciones orbitales y hasta la futura explotación de minerales en asteroides. El Tratado de 1967 no previó ese escenario, y los vacíos legales se abrieron como una puerta para las corporaciones. “En ese momento no se pensaba que podía haber empresas que minen asteroides o la Luna. Nunca establecieron qué pasa con lo que se extrae. China y Rusia sostienen que si no se puede apropiar un cuerpo celeste, tampoco se puede apropiar lo que se saca de ahí. Estados Unidos, en cambio, sancionó leyes que permiten la explotación y comercialización de recursos naturales provenientes del espacio”, detalló González Allonca. 

SpaceX, la compañía fundada por Elon Musk que revolucionó la industria con cohetes reutilizables y la constelación de internet satelital Starlink, ya tiene más de 4.000 satélites en órbita y proyecta decenas de miles más. Blue Origin, creada por Jeff Bezos, apunta al turismo espacial y a la construcción de colonias orbitales. Europa, por su parte, rescató de la quiebra a OneWeb, una empresa británica que desarrolla una red de satélites de órbita baja para brindar internet global. Sobre la convergencia entre intereses públicos y privados, Ezequiel Mc Govern, responsable en Innovación IT en ARSAT, remarcó en conversación con este medio: “El control lo va a tener el que sea más eficiente, es decir, quien gaste menos plata en poner en órbita estas cosas. Los Estados están súper alineados con esto. Lo vemos, por ejemplo, en Estados Unidos bancando SpaceX, Europa bancando a OneWeb y a China impulsando el desarrollo de cohetes reutilizables”.

Aunque hoy se hable de la “eficiencia” del sector privado, Emiliano Baum -coordinador en la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE)- recordó que sin el impulso estatal la nueva carrera espacial sería impensable: “La nueva carrera espacial está sobre la línea base de los desarrollos que hicieron todos los Estados nacionales, porque no hubiese sido posible sin toda la inversión pública que hubo previamente”. Y añadió: “El proyecto de las empresas norteamericanas, sin el Estado, no existe. Y el de las europeas tampoco”.

Más allá de la competencia tecnológica y comercial, la expansión del internet satelital también promete transformar la vida cotidiana. Conectividad sin depender de infraestructura terrestre, combinada con paneles solares y baterías de almacenamiento, podría modificar el modo en que se organizan las ciudades. “Los satélites van a permitir a largo plazo una mayor descentralización de los centros urbanos. Con tecnologías como paneles solares, baterías e internet satelital, ya no hay motivo para que las grandes concentraciones de gente vivan en un mismo lugar”, señaló Guido de Caso, Doctor en Ciencias de la Computación de la UBA y especialista en exploración espacial.

Sin embargo, la proliferación de satélites en órbita baja trajo consigo un problema creciente: la basura espacial. Restos de paneles, piezas de aluminio o incluso satélites completos pueden permanecer durante décadas girando alrededor de la Tierra a velocidades extremas. “La basura espacial es como la basura en el capitalismo: la generan y después no se hacen cargo”, advirtió el especialista de ARSAT, al señalar el riesgo de un “efecto dominó” que multiplique los desechos e inutilice órbitas enteras, comprometiendo las telecomunicaciones y las misiones futuras. En la misma línea, González Allonca informó que “se estima que hay más de un millón de objetos pequeños viajando a 27.000 km por hora. Cualquier pedazo de metal puede destruir un satélite. Y no podemos limpiar la basura de otro país: cada objeto conserva la jurisdicción del Estado que lo lanzó”. 

Para otros especialistas, el desafío no pasa tanto por la contaminación sino por la gestión del tráfico orbital. “La basura espacial es sin dudas un desafío ya que, a medida que se lanzan cada vez más satélites, tarde o temprano las órbitas más utilizadas se llenan. No es tanto un desafío de basura en cuanto a contaminación, sino más bien de organizar el tráfico, similar al control que hacen los aeropuertos”, explicó Guido de Caso. La multiplicación de satélites, entonces, no solo plantea un riesgo físico, sino también un dilema regulatorio que requiere acuerdos internacionales en un terreno donde las potencias muchas veces no cooperan.

El problema no afecta solo a los satélites en uso, sino que también golpea a la ciencia. La proliferación de estas constelaciones ya está arruinando observaciones astronómicas en algunos de los observatorios más importantes del mundo, como los ubicados en Chile o en las Islas Canarias. Cada vez que un satélite cruza frente a los telescopios, deja un rastro luminoso que inutiliza las imágenes. “Un pedazo de aluminio, un panel o un satélite completo puede seguir girando por décadas y arruinar observaciones científicas de gran valor”, explicó Mc Govern. A lo que Baum agrega: “Se realizan maniobras permanentes para evitar colisiones con chatarra espacial. Eso también implica gastar combustible y acorta la vida útil de cada misión”.

En un escenario global dominado por gigantes como SpaceX, la Argentina se apoya en ARSAT para sostener su soberanía tecnológica. “El rol de ARSAT globalmente no juega, pero sí localmente, permitiéndonos crecer, formar profesionales y garantizar la cobertura en todo el país”, subrayó Mc Govern. El valor de contar con una empresa estatal radica en no depender de terceros para servicios críticos de comunicación. Si Argentina no diseñara y operara sus satélites, debería contratar capacidad a otros países o corporaciones, quedando a merced de sus decisiones. “En eso se basa la soberanía, en que seamos dueños de las decisiones que afectan la comunicación en todo el país”, agregó el especialista.

El mayor temor, advierten desde ARSAT, es que pocas corporaciones monopolicen la conectividad global y terminen controlando no solo la infraestructura, sino también el flujo de la información. “El primer riesgo del espacio controlado por corporaciones es la falta de libertad. Si toda la internet empieza a pasar por satélites de cuatro o cinco empresas, olvidémonos de tener independencia en el tráfico de la red”, resaltaron. En contraste, Guido de Caso planteó que ese escenario aún está lejos: “Es difícil pensar en alguien controlando el espacio porque la verdad es que es mucho más grande de lo que pensamos. A medida que pensamos en órbitas cada vez más altas, la circunferencia se amplía y hay múltiples órbitas para elegir. Estamos lejos de llegar a un punto en el que la actividad de una parte impida la de los demás”, explicó.

De esta manera, la nueva carrera espacial se debate entre la advertencia sobre un futuro dominado por corporaciones y la convicción de que todavía existe margen para la cooperación internacional. Lo que está en juego no es solo quién llega primero a la Luna o a Marte, sino quién escribirá las reglas de uso de un territorio que debería seguir perteneciendo a toda la humanidad.

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