El género pop, abreviación de lo que se conoce como música popular, es caracterizado por su intención comercial. Música creada con el objetivo de atraer a las masas y lograr popularidad fácilmente, sin preocuparse por la calidad musical y creando artistas como si fueran “productos” para el entretenimiento, sin ninguna relevancia en los asuntos políticos.
Juan Ignacio Provéndola, periodista y docente, explicó a El Grito del Sur: “El pop suele ser encasillado como un género superficial. Toda voz que sea autorizada por lo establecido del mainstream y por lo hegemónico, en su deseo de ser universal por una necesidad comercial, logra esto evitando ciertos discursos que puedan generar distintas posiciones u oposiciones. En aras de lograr un mercado cada vez mayor, al producto se lo trata de despojar de toda característica que pueda generar rispideces o cuestionamientos. Por esto mismo, algunos géneros han surgido como contraposición a esta característica del pop”.
Sin embargo, en las últimas décadas es posible identificar un cambio significativo en su percepción. El pop se ha convertido en una herramienta influyente para comunicar mensajes políticos de manera accesible y atractiva para las masas, adueñándose del rol de generar visibilización, empoderamiento, denuncia y cambio cultural. Claro ejemplo de esto es la irrupción de Madonna a principios de los años 80. Artista que no siguió las reglas y luego de años de ser vista como un simple producto pop, abrió pasos a debates sobre feminismo, libertad sexual, religión y cultura queer, inspirando a muchos a alzar la voz y luchar por la justicia social.
Hay numerosos casos que demuestran cómo el pop influye en la actualidad. Uno de ellos es el uso de su música como forma de protesta. Los movimientos sociales se han logrado representar con este género, que fue abriendo paso a expresiones más comprometidas a nivel social.
Provéndola lo describe así: “Parecería que el pop y los movimientos sociales suelen estar confrontados. El pop como una expresión de la música comercial, es decir, de un producto cultural que es generado a través de instrumentos del mercado y, por lo tanto, cuenta con esas validaciones de los consumos culturales hegemónicos; y los movimientos sociales parecen ir en la dirección contraria, con lo cual se forman para hacerse oír, por estar excluidos de las hegemonías. Sin embargo, el pop no puede no estar ahí, un ejemplo muy concreto es cómo algunos sectores de los feminismos tomaron canciones de Lali Espósito como bandera. O incluso movilizaciones que no son estrictamente de causas feministas, como por ejemplo las dos marchas federales universitarias. Tengo mi recuerdo de escuchar que utilizaban la canción de Lali dedicada al presidente o la melodía de esa canción para cambiarla por otra letra. Eso es un aspecto interesante en donde finalmente el pop ocupa un lugar importante dentro de los movimientos sociales”.
Diversos artistas han utilizado sus canciones y conciertos para transmitir mensajes políticos y generar conciencia sobre diferentes problemáticas sociales. Siguiendo con el caso de Lali Espósito, el fin de semana de elecciones llenó el estadio de Vélez y fue mucho más que un recital pop. Se trató de un despliegue escénico que vehiculizó la expresión y resistencia. Frente a un estadio repleto coreando “El que no salta, votó a Milei”, la artista estrenó un nuevo tema titulado «Payaso», una crítica directa que refleja una toma de postura clara en el clima político actual. Además, representó desde las pantallas del escenario un mensaje sobre la violencia y persecución que enfrentan las minorías en Argentina: “102 crímenes de odio en 8 meses”. Un dato que interpela y rompe el espectáculo, recordando que el entretenimiento también puede ser un espacio de conciencia y memoria.

Otro hecho reciente fue la imágen que se difundió de la artista Katy Perry con un cuadro de Eva Perón. Pedro Hip Avagnina, licenciado en Ciencias de la Comunicación (UBA) y docente a cargo del seminario “Análisis de discurso político», advierte acerca de cierta superficialidad que se pone en juego en estas manifestaciones: “Entiendo al pop como un género musical en el cual hay distintas producciones que, por acción u omisión, obviamente tienen un rol político. Por sentar posición o por no sentarla en distintos contextos, es posible entender que el pop puede tomar préstamos de ciertos discursos y temáticas sociales. Sin embargo, se debe advertir que, como sostiene Roland Barthes en Mitologías, muchas veces la ideología de los sectores dominantes tematiza ciertos contenidos de manera superficial para hablar de ellos sin profundizar. Es decir, un abordaje superficial para dar la impresión de que hay una libertad temática en la discursividad social”.
“El pop muchas veces toma ciertos contenidos porque están en boga, para hablar de ellos sin profundizar de los mismos. Por ejemplo, una artista del ámbito anglosajón llegó a la Argentina y posó con un retrato de Eva Perón; o las producciones fílmicas y musicales en la década de los 90 sobre Eva. Un abordaje del pop tematizando ciertas figuras de carácter revolucionario, pero desvirtuando el sentido profundo de esa figura. Mirándolo desde un lado optimista, se podría pensar que es válido que se retomen esas figuras para que luego el pueblo las resignifique y hable de ellas”, agrega Hip Avagnina.
Con mayor o menor trascendencia, la cultura pop se convierte en una herramienta de protesta del pueblo, dando voz a aquellos que han sido marginados por el sistema. Hablar de sexualidad, cuerpos, derechos, raza y clase es hacer política. El cantante puertorriqueño Ricky Martín también ha desafiado los estereotipos de la industria y hoy milita abiertamente por los derechos LGBTIQ+ en América Latina, dejando el mensaje de que el orgullo pop no es solo estética. Es resistencia, visibilidad y afirmación de identidades.
También es posible hablar de la toma de postura de Bad Bunny, un artista que utiliza sus presentaciones en vivo y las redes sociales para protestar contra la violencia machista y el gobierno estadounidense. En su último álbum de estudio “Debí tirar más fotos”, toca temas como el colonialismo, la resistencia, la migración y la corrupción.
Además, en las últimas semanas se dio a conocer que la gira de este álbum no incluirá fechas en Estados Unidos debido a la preocupación por las redadas de inmigración. Operativos cada vez más crueles llevados a cabo por el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) del Departamento de Seguridad Nacional. En el mes de junio, el músico también compartió en sus redes sociales un video que mostraba una redada del ICE en la ciudad puertorriqueña de Carolina.
Las redes sociales influencian mucho en la relación de los artistas de este género con sus fans. En la actualidad, los músicos son figuras públicas expuestas constantemente a la mirada de millones de personas, y aunque el hecho de expresarse sobre un asunto público supone un riesgo al negocio, la sociedad exige cada vez más que los artistas tomen postura frente a estos temas políticos, sociales o culturales.
Cada nuevo estreno de la cantante estadounidense Taylor Swift genera un efecto económico inmediato, que va desde el auge en la venta de discos hasta el impulso del turismo en las ciudades donde realiza sus shows. Durante sus primeros años de carrera, Taylor mantuvo un perfil bajo, pero en los últimos años decidió romper su silencio y sumar su voz a la política de Estados Unidos.
Según menciona Juan Ignacio Provéndola: “Absolutamente todo es político. Hasta los silencios son políticos”. Detrás del brillo del género, hay decisiones profundamente políticas. Desde quién toma el micrófono, cómo se muestra, qué causa apoya y qué silencios decide romper. El pop, como expresión masiva, tiene el poder de imponer temas, incomodar estructuras y elevar discursos que han sido históricamente marginados. Lo que parecía puro entretenimiento, cada vez más está logrando ser un acto de resistencia del pueblo.





