Río es una ciudad con una complejidad creciente, romantizada por sus paisajes y su “pintoresca” desigualdad socio-económica. Los recuerdos y postales que se venden a visitantes apelan tanto a la belleza de sus playas y puntos turísticos, como al atractivo de sus favelas ancladas en morros en medio de las edificaciones de alto nivel. Una moneda con dos caras, en sentido literal y metafórico. Esta semana, un megaoperativo conjunto de las Policías Civil y Militar en dos de las favelas más importantes de la zona norte, Penha y Alemão, dejó más de 130 muertos y ha sido catalogado como el más sangriento de la historia del Municipio y el Estado.
Protagonistas, víctimas y clima social
Al momento del desarrollo de esta crónica se cuentan más de 130 muertes registradas -un 97% de civiles- con la excusa de detener a los principales líderes del Comando Vermelho, organización criminal dedicada a la venta de drogas y armamento que domina gran parte de las favelas del Estado desde hace décadas y que en los últimos años se disputa territorios con fuerzas parapoliciales -denominadas milicias-, lideradas por ex militares Bolsonaristas.
El gobierno de Río de Janeiro ofreció una recompensa de 100 mil reales (más de 17 mil dólares) por información sobre el paradero de Edgar Alves Andrade, conocido como “Doca da Penha” o “Urso”, líder del Comando Vermelho, prófugo de la Justicia, con veinte pedidos de captura y vinculado a más de un centenar de asesinatos. El capo zafó, pero fueron arrestados su operador financiero, Nicolás Fernandes Soares y Thiago do Nascimento Mendes (conocido como Belão do Quitungo), uno de los líderes regionales de la organización.
Parte de la zona norte de la ciudad estuvo durante toda la jornada sitiada entre las fuerzas policiales y la resistencia armada del Comando. Este grupo nació en los ´70 en las cárceles de Río y fue ganando terreno en la vía pública, transformándose en una organización que conforma micro-Estados paralelos. El enfrentamiento al megaoperativo implicó el uso de armamento de combate, así como la toma y quema de colectivos y autos para hacer barricadas que impidieran el acceso de las fuerzas de seguridad a las favelas.
Además de escuelas, centros de salud y comercios que permanecieron cerrados desde temprano, el caos y la paranoia se fueron extendiendo al resto de la ciudad, donde varias avenidas fueron bloqueadas. Más de 100 líneas de colectivos tuvieron que modificar sus recorridos, colapsaron las estaciones del tren metropolitano y del subterráneo, y tanto negocios como distintas instituciones educativas y empresariales pusieron freno a sus actividades con el correr de la tarde.
Esta escena, si bien extraordinaria por su magnitud, es parte de la realidad imaginable para los y las cariocas de la zona norte, habituados a lo que se denomina “guerra de baja intensidad”. Existen aplicaciones como “Fogo Cruzado”, que recomienda qué avenida transitar para evitar las posibles balaceras. La aplicación recopila datos colaborativos sobre tiroteos y disparos y se ha convertido en un instituto de datos sobre violencia armada. Lanzada inicialmente para mapear y contabilizar los tiroteos en el Área Metropolitana de Río de Janeiro, se ha extendido al calor de la violencia a zonas como Recife, Salvador y Belém.
Si bien la inseguridad es hace tiempo la principal preocupación de lxs habitantes de Río, las vivencias e interpretaciones sobre ella, así como las formas de abordarla, varían enormemente. En el tiempo que llevo viviendo acá, he escuchado expresiones como: «¿cuánto hace que vivís en Río?»;¿Todavía no te robaron?”; “A mi me gusta más esto que Bahía, allá por cualquier cosa sacan un cuchillo o una faca y te cortan el cuello”; “Acá no se puede andar regalado, hay que tratar de no moverse solos y evitar algunas zonas a partir de ciertos horarios, como en Buenos Aires, aunque los hechos de inseguridad son más violentos acá”.
Como suele pasar, quienes más padecen la inseguridad son los pobres, no sólo por la implicancias de esa violencia en su vida cotidiana (desde el riesgo de tomar un colectivo en una zona desprotegida a la captación de soldaditos para el narcotráfico), sino porque ante estos eventos deslumbrantes y espectacularizados, los muertos inocentes los ponen las comunidades de las favelas.
La rosca política
Tanto la Gobernación como la Alcaldía de Río, así como los medios hegemónicos internacionales, intentan instalar este hecho como una medida esperada y contundente para combatir la inseguridad en la ciudad más visitada del país. Sin embargo, se encuadra en los fuertes intenciones electorales del bolsonarismo, a un año de las elecciones, con su líder condenado a 24 años y un evidente alineamiento ideológico con Donald Trump. El gobernador de Río de Janeiro y aspirante a sucesor de la ultraderecha nacional, Claudio Castro, afirmó en declaraciones a CNN que las 130 personas asesinadas “eran terroristas”.
En tanto, el Gobierno Federal de Lula Da Silva emitió un comunicado calificando como «particular» la metodología que implementaron las autoridades fluminenses y se debate entre la reticencia a firmar un decreto de Garantía de la Ley y el Orden (GLO) necesario para que los militares federales se desplacen hasta Río de Janeiro, y la utilización política que su no-intervención podría generar en la población a través de los medios. Desde la Presidencia sostienen que si su Gobierno moviliza a las fuerzas militares, fortalece la tesis de que el narco es un asunto propio de la defensa nacional y le quita responsabilidad al gobierno del Estado de Río y su política de pasividad preventiva y punitivismo indiscriminado y sangriento.
Marina Domst, diputada del MST, señaló: «No se trata de seguridad, sino de espectáculo e incompetencia. El gobernador ha convertido la seguridad pública en una plataforma electoral y en una política de exterminio».
Benedita Sousa da Silva Sampaio, primera senadora negra de Brasil y diputada federal de Río de Janeiro por el PT, agregó: «Muertes y violencia innecesarias, mientras el crimen organizado sigue dominando los territorios. Miles de trabajadores viven en las favelas, atrapados en el fuego cruzado, aterrorizados por situaciones como la que presenciamos hoy. Lo que ocurrió fue una operación policial fallida, y el gobernador de Río de Janeiro es el responsable».
Algunos organismos no estatales tomaron posición sobre lo acontecido. La ONU y Human Rights Watch (HRW) condenaron el operativo y la Rede de Atenção a pessoas Afetadas pela Violência de Estado (RAAVE) sentenció: “No existe justificación posible para semejante barbarie. Ninguna política de seguridad puede sostenerse con el derramamiento de sangre de personas negras, pobres y habitantes de las favelas. Lo que ocurre hoy en Río de Janeiro es inaceptable y exige una respuesta inmediata del Estado brasileño y de la comunidad internacional”.
Comprensión geográfica para una interpretación geopolítica
Si uno se aleja de los barrios turísticos por excelencia a orillas del mar, como Leblon, Ipanema, Copacabana y Botafogo, encuentra ya en Flamengo, Catete y Gloria una vida más “clasemediera”. Desde allí se puede acceder a Santa Teresa, quizá el único barrio ubicado en un morro que no representa a sectores marginales, producto de su pasado marcado por residencias aristocráticas para funcionarios de la vieja capital del país, y su actualidad de “barrio de artistas y bohemios”. Sin embargo, también Santa Teresa tiene “en sus valles” algún que otro asentamiento, como si el morro mismo los pariera para seguir siendo morro. Santa Teresa es, para quienes conocen la ciudad de Buenos Aires, algo similar a San Telmo. Lindo de día, paseable, antiguo; complejo de noche.
Volviendo al nivel del mar, a medida que uno se acerca a la zona centro de la ciudad va encontrando marginalidad latente en las calles. Barrios como Lapa –que en el afán de asemejar sería una especie de Constitución de día, y una vida nocturna que podría suponer la conjunción de Flores y Palermo- y el propio Centro muestran el degradé socioeconómico, sobre todo cuando las oficinas cierran. La cantidad de personas en estado de emergencia habitacional, física y/o mental va indicando que el recorrido colorido por la ciudad fetiche llega a su fin.
A partir del Centro, de la Avenida Presidente Vargas, nace lo que en Argentina podrían empezar a ser barrios bajos de la ciudad. Si bien considerado “oficialmente” parte del centro, la “pequeña África” aparece como un sector cuya historia como puerto principal del Imperio, tanto para materias primas como para migraciones –donde la historia de la esclavitud en Latinoamérica se forjó-, podría vincularla con el barrio de La Boca.
Después de eso, los barrios de Gamboa y Santo Cristo llevan a la Terminal Intermodal Gentileza, de interconexión de transportes urbanos –trenes, colectivos, tranvía y subte- que distribuye avenidas y calles que hacia el Oeste nos depositan en barrios como Vila Isabel, Maracaná o Tijuca. Estos barrios, por su fuerte desarrollo de cultura popular, así como por distribución territorial y funcionalidad, podrían emparentarse con Pompeya, Lugano o Mataderos.
Desde la misma Terminal Intermodal, yendo hacia el Norte y Noroeste, se empieza a conformar lo que podríamos llamar el “primer anillo del Conurbano” de Río, con la diferencia de que aquí ese “conurbano” forma legalmente parte de la ciudad, como un área metropolitana.
Es allí, en ese primer anillo, donde comienza a desplegarse la mayor cantidad de favelas del Estado, no las únicas, dado que incluso la más famosa, la Rosinha, se ubica en el sector opuesto del municipio, en medio de los barrios con mayor poder adquisitivo. Es en este Norte, en las cercanías del Aeroporto (internacional) Galeão, que el megaoperativo policial tuvo lugar, y en ese Noroeste donde se llevó a cabo en 2021 otro megaoperativo, bautizado como la “masacre de Jacarezinho” tras dejar un saldo de 29 muertes civiles.
El municipio de Río de Janeiro (no el Estado, que es mucho mayor) tiene, según el censo de 2022, unos 6,2 millones de habitantes, de los cuales 1,3 millones viven en favelas. Es decir que más del 20% de las personas viven en condiciones muy por debajo de los estándares de vida legitimados como óptimos. Es útil entonces pensar a Río de Janeiro como un iceberg cuya punta genera imágenes para el turismo internacional, pero en su amplio espectro contiene a millones de personas hacinadas y en condiciones de pobreza, marginalidad y una fuerte inseguridad, producto de lógicas mafiosas, policiales y parapoliciales.






