Mataderos, ubicado al suroeste de la Ciudad de Buenos Aires, fue históricamente un barrio obrero y símbolo de la industria cárnica. Sin embargo, su identidad, como polo de faena y comercialización de carne, hoy se mezcla con una realidad ambiental que preocupa: los frigoríficos continúan generando contaminación del aire y de las aguas, según denuncian vecinos y organizaciones ambientales y barriales.
Diversos medios y especialistas han advertido sobre el impacto que genera esta actividad en el ambiente urbano. El DiarioAR informó que tras la mudanza del Mercado de Hacienda de Liniers, el predio quedó contaminado y “nadie se hizo cargo del saneamiento”. Por su parte, un artículo académico publicado en AmeliCA advierte que los mataderos y frigoríficos “crean grandes cantidades de residuos líquidos y sólidos que, sin tratamiento adecuado, afectan a los cursos de agua y contribuyen al cambio climático”.
Además, estudios internacionales, como el publicado en PubMed Central (PMC, 2021), señalan que los mataderos producen altos niveles de contaminación orgánica e inorgánica, lo que repercute en la calidad del aire y en la salud de las comunidades cercanas.
En sintonía, las palabras de los vecinos resuenan con la misma fuerza que los olores que impregnan el aire. “Sobre todo cuando hay calor, en algunos horarios, hay un olor bastante consistente en el aire”, cuenta a este medio Juan Pablo Fulco, vecino de larga trayectoria en el barrio. Al mismo tiempo afirma que, aunque se haya naturalizado, el problema ambiental nunca desapareció. “A veces es un poco penetrante el olor y es molesto; afecta en que no es agradable, tenés que cerrar las ventanas y usar desodorante ambiental”, describe con resignación.
Este mismo relato se repite una y otra vez en las cercanías del Parque de los Mataderos. Jorge Villalva, otro residente histórico, sostiene que hay días en los que el olor se vuelve insoportable. “Muy fuerte, a veces hay días que se siente muchísimo”, comenta. Con un tono de fastidio, explica que en verano deben cerrar las ventanas para evitar que el aire contaminado invada sus hogares. “Pusieron más filtros en las fábricas, pero igual sale el olor porque el aire lo saca hacia afuera todo”.
Desde el otro lado del mostrador, la voz de quienes trabajan en los frigoríficos también busca ser escuchada. María Celeste Calissi, trabajadora de un frigorífico del barrio, refuerza a El Grito del Sur que los establecimientos habilitados cumplen con normas estrictas: “Los frigoríficos en sí no contaminan, tenemos muchas regulaciones y controles. Esos olores provienen en general de algunos establecimientos clandestinos que trabajan sin controles ni clausuras”. Según detalla, los residuos como huesos o grasa son retirados por empresas habilitadas para su reutilización y los productos en mal estado son destruidos de manera segura. “Nosotros pagamos sumas exorbitantes por estudios de impacto ambiental, control de residuos, empleados en blanco y controles de SENASA, mientras otros operan todo ilegal sin regulación alguna”, manifiesta Calissi.
Las denuncias no son nuevas. Vecinos y vecinas aseguran que en varias oportunidades se presentaron reclamos ante el Gobierno de la Ciudad. Fulco menciona que se han hecho controles, y que incluso hubo cierres de frigoríficos; sin embargo, se mueve muchísimo dinero y no es tan fácil sacarlos. Las palabras coinciden con la información publicada por Página/12, que en 2023 informó sobre la clausura de una estación de servicio en la zona por derrames contaminantes y la falta de controles efectivos.

Este caso también se traslada al estado de las aguas. Villalva señala que “todo está contaminado”, y que muchos vecinos recurren a filtros y purificadores de agua para consumo cotidiano. “Hace diez años era insoportable estar, ahora mejoró un poco, pero cuando queman o descargan los camiones, el olor vuelve a sentirse en todos lados”, cuenta.
De acuerdo con el sitio especializado Sigma DAF Clarifiers, los efluentes líquidos de mataderos contienen grasas, sangre, detergentes y microorganismos que afectan tanto el agua como el suelo. Esta combinación genera un impacto ambiental que, según los expertos, puede extenderse por kilómetros y permanecer durante años si no se realizan procesos de tratamiento y saneamiento adecuados.
Yendo hacia una mirada más técnica, la ingeniera Leonor Rocío Fulco, consultora en impacto ambiental, confirma que el problema principal no está en los frigoríficos legales sino, más bien, en los clandestinos. “En los frigoríficos el principal tipo de contaminación es el de afluentes: la sangre, grasa y químicos de limpieza deben tratarse para que no vayan a los desagües pluviales. Luego grasas y huesos no se deben colocar como residuos, sino que deben retirarse”, explica.
Leonor asegura que el sector regulado cumple con normativas de ACUMAR y SENASA, y que la contaminación se da en los establecimientos ilegales que operan sin ventilación ni refrigeración. Para ella, “la producción industrial y el cuidado ambiental pueden convivir si se aplican correctamente las normas y los controles”.
A la vez, resalta que “los frigoríficos son sustentables desde varios parámetros dado que energéticamente hay equipos más eficientes de refrigeración y los métodos de cría de ganado son muchos más ecológicos que los de cultivos con semillas trans, químicos de cultivos e insecticidas. Aún así, las empresas siguen siendo responsables ya que el problema persiste en los establecimientos clandestinos que parecen no estar en el radar o ser del interés de las autoridades competentes, a pesar de las reiteradas denuncias”.
Entre calles históricas, fachadas deterioradas y camiones frigoríficos que aún transitan a diario, Mataderos respira una mixtura de tradición y contaminación. Los vecinos, arraigados a su querido barrio, reconocen su valor simbólico pero también reclaman un cambio. “Esto es Mataderos, el nombre en sí lo dice todo. Es parte de nuestra historia, pero también de nuestros problemas”, resume Juan Pablo, con una mezcla de orgullo y cansancio.
Por consiguiente, el desafío ambiental del barrio no solo implica un reclamo por aire y agua limpios, sino también por políticas públicas que equilibren el desarrollo económico y la calidad de vida de su gente. Mientras las autoridades evalúan medidas y las empresas ajustan sus procesos, los vecinos siguen esperando que el aire deje de contar una historia de contaminación para volver a respirar la memoria de un barrio que aún resiste.





