Desde el comienzo de esta pesadilla libertaria, insistimos en lo mismo: el neoliberalismo en América Latina no tiene su modelo en Chile sino en Perú. Una economía ordenada, estabilizada en sus altísimos niveles de desigualdad, con una gigantesca y concentrada capacidad exportadora. Un Banco Central autónomo, estabilidad cambiaria y sostenibilidad de las principales variables macroeconómicas. Sí, pero ocho presidentes en diez años -la mayoría de ellos presos, suicidados o prófugos-, una desigualdad económica rampante y una informalidad laboral que alcanza al 75% de los trabajadores. Veamos hacia donde vamos.
Alan García terminó suicidado y Alejandro Toledo está preso, tras ser extraditado desde Estados Unidos. PPK tiene detención domiciliaria acusado de integrar una organización criminal. y Ollanta Humala fue condenado a 15 años de prisión. El Profe Castillo, que ganó las elecciones en buena ley y fue sistemáticamente obstruido por el Congreso fujimorista, purga en la cárcel la osadía de ser indio, maestro e intentar ocupar la presidencia en un país gobernado por sus dueños: las élites blancas y limeñas que cenan sushi en Miraflores.
Los oligarcas no conocen la lealtad: si no sos de ellos, te usan y te descartan (tomá nota Javo). Tal fue el caso de Dina Boluarte, quien en campaña se disfrazaba de «chola» pero al llegar al poder conspiró para tumbar al Profe y asumir el poder con el apoyo de la derecha y el empresariado nacional. Más de 60 muertos después, con la peor imagen de todos los presidentes de la región, Dina abandonó el cargo cuando sus patrones le soltaron la mano. «Esta democracia ya no es democracia», fue el canto de las protestas populares contra el gobierno de ocupación durante dos años. Hecho el trabajo sucio, Dina ya no sirve. Lima no paga traidores.

En su lugar llega José Jerí, ignoto diputado que obtuvo apenas 11 mil votos con un partido de alquiler. Acusado de violación sexual, pecualdo y corrupción, arriba a la presidencia por un acuerdo parlamentario entre el fujimorismo, el armado del alcalde de Lima (Rafael López Aliaga) y el apoyo de una sumatoria de bandidos con banca congresal. Keiko Fujimori («hija de» y tres veces derrotada en ballotage) encabeza la oposición junto a López Aliaga, empresario multimillonario, dueño del tren al Machu Picchu e integrante del Opus Dei. El Profe, de floja gestión pero gran exponente de los excluidos, enfrenta una condena de 25 años por «rebelión» mientras continúa detenido con una ilegal prisión preventiva. Se vota en apenas seis meses. Un panorama poco alentador en el paraíso libertario.
Perú es un país sin partidos ni sindicatos nacionales. El neoliberalismo -sedimentado en la Constitución de Fujimori- rompió adrede todas las mediaciones entre el Estado y la sociedad. Los gremios son corporaciones locales que defienden intereses sectoriales. Ningún partido político del Perú, con la excepción de Acción Popular, tiene más de 25 años: son sellos de goma que se compran, diseñan y venden para las elecciones. Tres socios, unos miles de dólares, algún amigo abogado y ya podés tener tu estructura electoral. La desinstitucionalización es también la anomia, el Estado fallido. Y ellos lo saben.
El mandato de Jerí comenzó como empiezan todos los gobiernos sin apoyo popular: con muertos. Eduardo Mauricio Ruíz Sáenz, un rapero de 32 años conocido como ‘Trvko’, fue asesinado en Lima durante las protestas contra el nuevo gobierno. El clima en la calle permanece caliente: la «generación Z» se moviliza contra la impunidad y el desgobierno. La institucionalidad, cada vez más lacerada, parece no poder contener la inconformidad de amplios sectores sociales. Jerí, asustado por la suerte de sus predecesores, ya declaró el estado de emergencia en Lima y el Callao. Cumbias tristes en celulares baratos de importación.
El Estado de excepción ya entró en vigencia. Se prohíbe a dos adultos andar en la misma moto. Se limita la libertad de reunión y de tránsito, se suspende la inviolabilidad del domicilio y se autoriza a las Fuerzas Armadas a patrullar las calles. También se aplicarán controles migratorios excepcionales y apagones nocturnos en centros penitenciarios. El Estado ausente de la economía, pero más fuerte que nunca en la represión interna. ¿Les suena el cuento?
El 12 de abril del 2026, Perú elegirá a su futuro presidente. Hay 38 partidos anotados y ninguna capacidad de prever nada: en 2020 ganó las intermedias el FREPAP, un grupo de evangélicos nacionalistas que se visten como si vivieran en Medio Oriente en el Siglo III. El voto meme. En 2021, un ignoto maestro del interior se calzó un sombrero de ala ancha, se montó a un caballo y recorrió el Perú con un lápiz en la mano y proponiendo una nueva Constitución. Cuando ganó las elecciones no tenía Twitter ni Tiktok y la CNN ni siquiera contaba con su foto para colocarla en los zócalos. Imprevisibilidad política y estabilidad económica: Hayek para latinoamericanos.
El actual presidente representa a la CONFIEP, la confederación que nuclea a esa gran bola de humo que en Latinoamérica llamamos «gran empresariado nacional». Desde el Congreso impulsó el proyecto de Zonas Economías Especiales privadas, una especie de paraísos fiscales libres de impuestos donde regirá la ley laboral que disponga el empresario. El Perú, atendido por sus propios dueños, es el destino gastronómico con más Estrellas Michelín del mundo y el segundo país con más hambre de la región (Gallup, 2025).





