En Gaza se respira paz: la paz de los cementerios. Detrás de la sonrisa de Trump y el intercambio de prisioneros se esconde una profunda y dolorosa verdad: no habrá paz sin Estado palestino. Un entretiempo breve, un respiro en pleno genocidio y una derrota de Netanyahu: Hamas sigue vivo y se sienta en la mesa de negociación. A pesar de las bombas y de los fusilamientos. Los pueblos no desaparecen ni se rinden, aunque en la Knesset los jerarcas del sionismo brinden sobre la sangre tibia de 60 mil palestinos.
Los medios occidentales reseñan con nombre y apellido a los veinte rehenes liberados. Hay foto, reencuentro familiar, lágrimas compartidas. Entre tanto, 10.200 palestinos están presos en cárceles israelíes, un tercio de ellos sin causa y al menos 320 de los detenidos son niños, según reseña el propio Servicio Israelí de Prisiones. Llevan décadas encerrados. La enorme mayoría fue condenado por tribunales militares, en juicios abreviados donde el juez es un soldado sionista y el fiscal también. Sin cargos y bajo sumarios secretos. Las vidas de los nadies que no salen en Infobae.
El genocidio se ensaña especialmente con los niños. La Comisión Independiente de la ONU señaló que la ofensiva israelí busca afectar a las futuras generaciones y evitar nuevos nacimientos. En Gaza, los partos, las cesáreas y las amputaciones se hacen sin anestesia. Según la ONG occidental Save the Children, los niños palestinos son los únicos del planeta «procesados sistemáticamente por tribunales militares». La organización cuenta al menos 10 mil niños que han sido procesados en los últimos 20 años por el sistema penal sionista. En Israel, la edad de punibilidad es de 12 años.
El museo del Holocausto en Israel se llama Yad Vashem, que significa monumento y nombre. Allí, se buscan recuperar las historias de vida de los más de seis millones de judíos asesinados por el nazismo, recordar su paso por esta tierra. Hoy el gesto se invierte: la operación israelí consiste en deshumanizar, en convertir en cifras, en borrar la identidad y la historia de cada uno de los palestinos muertos o presos. La Nación reseña uno por uno los nombres de los veinte rehenes israelíes. Ningún diario argentino publica el nombre de uno solo de los dos mil palestinos. La guerra también está en los diarios y la información es poder.
Netanyahu ya advirtió que no reconocerá al Estado palestino. Así lo hicieron antes Golda Meir y David Ben Gurión. Así lo hizo Ariel Sharon y Ehud Barack. Itzak Rabin, el último primer ministro israelí que intentó avanzar en el reconocimiento del Estado palestino, fue brutalmente asesinado por un fanático religioso que puso fin al mayor proceso de diálogo y acercamiento de los últimos 70 años. ¿Era un islamista radical? No, era un sionista ultraortodoxo. Que su nombre sea borrado.
Donald Trump sonríe y celebra. Lo secundan sus cómplices árabes: el decadente Egipto, Turquía -OTAN- y Qatar -bombardeado por el propio Israel- legitiman el convite. Los únicos que no están invitados a la mesa son los propios palestinos. Como en el 1947, cuando el Reino Unido de la Gran Bretaña -origen de todos los males modernos- decidió unilateralmente la partición de Palestina para resolver la cuestión judía pero bien lejos de Europa. Después de financiar al sionismo, de legitimar el ataque a Irán y otras cinco naciones, de apoyar a Netanyahu y proponer una rivera turística en Gaza, Trump mendiga ahora su Nobel de la Paz. En su país lo investigan por instigar un golpe de Estado. In God we trust.
Israel está cada vez más aislado a nivel internacional y el sionismo ya es parte intrínseca de la internacional de derecha. Milei, Trump, Bolsonaro y dejá de contar. Están solos. Algunos europeos (que hasta el día de ayer financiaron, equiparon y reforzaron) le sueltan la mano. Alemania, sponsor oficial de los genocidios en el mundo, es su principal sostén en el viejo continente. El mundo árabe dividido: las monarquías islamistas juegan abiertamente para Israel pero los aliados de Irán resisten golpeados. Netanyahu logró regionalizar el conflicto pero perdió la batalla estratégica: Israel, que durante años se vendió como la tierra de la leche y la miel, como la democracia laica de Occidente, hoy es sinónimo ineludible de muerte.





