Manual para resistir desde la universidad pública: memorias de estudiantes de los ´70

✊ La defensa de la universidad pública, que hoy toma la forma del debate por su financiamiento, no es algo nuevo en el devenir de nuestro país. Dialogamos con estudiantes universitarios que cursaron en la década de 1970 para conocer cómo era su día a día en tiempos de dictadura y represión.

A horas de que se trate en el Senado de la Nación la insistencia de la Ley de Financiamiento Universitario, luego de una marcha tan masiva como la del pasado 17 de septiembre, hay algo bien claro. Y es que ir a la universidad pública en Argentina es mucho más que estudiar. ¿Qué significa ser estudiantes de esta universidad “que supimos conseguir”? ¿Cómo era el día a día de un estudiante en la década de 1970?

La disputa por la universidad pública, que hoy toma la forma del debate por su financiamiento, no es algo nuevo en el devenir de nuestro país. En el libro “Los herederos. Los estudiantes y la cultura”, Pierre Bourdieu explica cómo la calidad material y monetaria de una institución está en relación directa con la significación social que ésta tenga o que se le quiera dar. Por eso no es casual que las decisiones económicas del Gobierno estén acompañadas de discursos que buscan atacar y cuestionar las bases de nuestra universidad pública, no arancelada, masiva y de excelencia.

Frases como: “Estudiar no te sirve para nada”; “El decano de la UBA cobra 15 millones de pesos por mes”; “La universidad pública está llena de curros”; “Los pobres no van a la universidad”; “La marcha es pura política, mejor vayan a estudiar”; o “en la pública te adoctrinan” son muestras de cómo se pone en juego este mecanismo, con discursos anti-universidad que se actualizan, para justificar que el presupuesto se encuentra en mínimos históricos. 

Estudiar en los ´70. De Lanusse al golpe de Estado de 1976

Sara Aldabe, docente en Exactas UBA e investigadora del INQUIMAE, relata sus inicios en la universidad de esta forma: “Empecé en Exactas en el año 72 y entré a estudiar Química, tenía 17 años. Al poco tiempo de haber entrado empecé a militar en lo que era el Movimiento Orientación Reformista, que era parte de la Federación Juvenil Comunista. Y desde ese momento hasta que termine la facultad milité, aunque en los últimos años un poco menos porque las condiciones de contorno frenaron bastante la militancia”.

A través de sus memorias, Aldabe nos narra lo que sentían los jóvenes estudiantes en ese momento: “En el ´72 todavía estábamos con la dictadura de Lanusse, pero ya había un clima de efervescencia total porque no hacía tanto que había pasado la Revolución Cubana, los movimientos por la guerra de Vietnam, el Cordobazo. Entonces todo eso te hacía pensar que el cambio mayúsculo —por no decir la revolución— estaba a la vuelta de la esquina. Teníamos conciencia de que no era tan fácil, pero era una esperanza difícil de cortar. En ese año tuvimos la conformación de los centros de estudiantes y tomas de la facultad para apoyar la reincorporación de 67 docentes de Física y Matemática”.

Respecto al año 1973, agrega: “Cuando fueron las elecciones en las que ganó Cámpora, llegó la euforia. Euforia por cambiarlo todo. Porque para nosotros ese era el paso, si se quiere, previo a la revolución. En la facultad siempre hubo movida estudiantil para tener una mejor calidad educativa y para cuestionar lo que nos enseñaban, pero en el ´73 teníamos la oportunidad de hacerlo más fuertemente. Por ejemplo, teníamos una materia —Química Analítica Cualitativa— que era realmente un compendio memorístico horrible en el que la profesora, además de ser medio fascista, te exigía que supieras ciertos detalles de memoria y que fueras vestido formal sin contar que, si tenías un apellido con muchas consonantes, corrías el riesgo de ser discriminado —por decirlo suavemente—. Entonces se hizo un petitorio con 306 firmas, se echó a esta docente y los mismos estudiantes fuimos a buscar otros docentes para que vinieran a dar esa materia. Así conseguimos dos profesores —uno del INTI y otro que estaba en FATE— que eran químicos muy buenos. Con ellos hicimos los parciales y los finales, porque no es que quisiéramos aprobar por decreto la materia sino que la queríamos cursar en serio, pero con otros contenidos”.

Ese proceso, con el devenir de nuevas circunstancias, comenzó a diluirse. Aldabe agrega: “Tuvimos la masacre de Ezeiza que nos golpeó mucho. En el ´74 muere Perón y con el gobierno de Isabelita todo cambia. En septiembre se nombra como ministro de Educación a Ivanissevich que interviene las universidades y pone como rector en la UBA a Ottalagano, un tipo que hacía el saludo nazi y que en alguna entrevista dijo «Y bueno, sí, soy nazi. Y ¿qué?». Ahí se cerró la facultad por un tiempo y se despidió a todos los docentes, incluso al Premio Nobel Leloir. Recuerdo también que el decano de ese momento, antes de reabrir la facultad, estuvo con un cura exorcizando las aulas”.

Comenzaba una de las etapas más oscuras. “Fueron años difíciles para cursar porque muchos cursos se habían quedado sin docentes. Ya en el ´75 se empezó a sentir el terror puesto por la Triple A y su represión, había un clima muy enrarecido, mucho miedo. Había personas que te conocían pero que, si te cruzaban, no te saludaban por este motivo. Además teníamos instalada a la policía en la facultad, en un espacio que anteriormente había sido del centro de estudiantes, entonces teníamos que ir solo en el horario de nuestras clases, mostrar la libreta universitaria para entrar y dejar que nos revisaran todas nuestras pertenencias”, cuenta Aldabe.

La actual docente de Exactas sólo cursó en la UBA durante el primer año del golpe de 1976 porque en diciembre finalizó la carrera: “En ese sentido, el golpe de marzo no fue un cambio brusco en cuanto a lo que pasaba en la facultad. Capaz te enterabas de que se llevaron a tal, pero todavía pensábamos que podían estar presos. Aún no éramos del todo conscientes de las desapariciones”.

Luego comenzó su camino como investigadora, atravesada por el contexto pero ya desde otro lugar: “En el ´77 me fui a La Plata, al INIFTA, a hacer la tesis porque no quería irme afuera a hacer el doctorado, para mí era fundamental hacer ciencia en Argentina. Recuerdo que cuando llegué a La Plata me pareció una ciudad fantasma; sin embargo, el instituto era realmente muy potente, tenía un edificio nuevo, bien equipado. Algo que era un contraste muy grande con la facultad, porque la política de la dictadura ponía el foco en que la universidad era un demonio, una cueva de guerrilleros”. Más adelante se enteraría de dónde venían sus sensaciones con respecto a la capital bonaerense: “Recién en el 80 o en el 81, empecé a tener más charlas en el instituto y a entender lo que había vivido. Por ejemplo, se contaba que en el 77 hubo un día de febrero en el que hubo 100 secuestros. De ahí esa sensación”.

Miguel Santagada, docente en Sociales UBA y en UNICEN, detalla su paso por la universidad de la siguiente forma: “Empecé a estudiar en la Facultad de Filosofía y Letras en el año 1978. En aquella época había un examen de ingreso que no garantizaba a quienes lo aprobábamos porque había un cupo. En ese primer año nos palpaban regularmente. El personal de la policía era masculino y esto obligaba a que las chicas fueran sometidas a esta práctica abominable, en una facultad en la que —ya en aquel entonces— la gran mayoría de los estudiantes eran mujeres. Recuerdo también que en los baños nos cuidábamos de hablar con los compañeros que reconocíamos, por nuestras intervenciones en las aulas como contrarios al régimen, porque pensábamos que había espías que producían cierto tipo de informes a la inteligencia militar de la dictadura de esos años”.

“También estábamos en plena persecución y prohibición de profesores y de temas en la universidad. Recuerdo que había un libro traducido al español de lingüística. Creo que se llamaba “Estructuras sintácticas». Y en la tapa que estaba en inglés, tenía la frase John is a communist (Juan es comunista). Por eso se prohibió la enseñanza de Noam Chomsky que en esa época no era, como fue posteriormente, un activo militante contra la globalización y contra los intereses generales del imperialismo norteamericano”, añade Santagada.

En un claro paralelismo con la actualidad, Santagada agrega: “No se hablaba de adoctrinamiento porque lo habían prohibido expresamente. Los profesores de las cátedras eran elegidos por amiguismo o por identidad de opiniones, no por concurso. Y estos profesores eran apolíticos. Sabemos que en realidad no lo eran, pero lo cierto es que evitaban cualquier vinculación de las cuestiones literarias o filosóficas que veíamos en sus clases con el debate del tiempo presente”.

A lo que agrega: “Esto marcó, sin duda, a mi generación. Recuerdo que había spots publicitarios que presentaban personajes juveniles que decían «Yo a la facultad vengo a enseñar» y echaban panfletos o cualquier tipo de diálogo en los que estuviera implicado el tema político. La idea no era combatir a la universidad pública con políticas de desfinanciamiento, pero sí hacer este tipo de embates a través de una persecución estrictamente ideológica que, además, estaba acompañada del terrorismo de Estado. La represión más furibunda se verifica entre el año 1976 y 1979, que es cuando los militares entienden que ha pasado el período de excepcionalidad. Aunque en realidad no había pasado el período de excepcionalidad porque ellos eran la excepción”.

Del tiempo pasado al tiempo presente

En un cruce entre aquel pasado y la situación actual, Miguel Santagada plantea que “el gobierno de Javier Milei recuerda a la dictadura, no tanto por la política universitaria en sí misma, sino por el manejo general de la política y de lo represivo. Un manejo que se trata de ignorar, suprimir o eliminar al adversario, al que opina de manera diferente. Desde el advenimiento de la democracia no había visto la crueldad y el ensañamiento con el que las fuerzas de seguridad irrumpen hoy en las calles cuando hay simplemente una protesta. Además, desde el punto de vista de las políticas económicas hay una identidad compartida con la propuesta de Martínez de Hoz”.

Aldabe reflexiona sobre el desconocimiento de ciertos sectores de la sociedad respecto a cómo funciona la universidad, algo que sucedía también en el mundo de los medios analógicos: “En los ´70 la universidad era combativa y también había mucho miedo de una parte de la sociedad que no tenía contacto con ella. Tengo como anécdota la de una compañera de la secundaria que quería estudiar Farmacia y Bioquímica. Ella venía de una familia en la que nadie era universitario. Entonces la mamá fue a anotarla y cuando entró a la facultad con carteles y tipos repartiendo volantes se asustó tanto que volvió a la casa y le dijo: «No, vos no vas a estudiar». Y bueno, la piba no estudió”. 

Lo cierto es que no debe perderse el horizonte. “La universidad como la concebimos nosotros es una universidad donde los docentes somos investigadores, estamos involucrados en la producción de conocimiento y enseñamos no solo los contenidos sino, sobre todo, una forma de pensar y de trabajar”, señala Aldabe. Y eso es algo clave en una universidad en la que del total del presupuesto, solo el 10% corresponde a los gastos de mantenimiento y funcionamiento de las facultades, mientras que el 90% corresponde a los salarios de docentes y no docentes.

Por eso, como nos recuerda Marx: «La historia ocurre dos veces: la primera vez como una gran tragedia y la segunda como una miserable farsa». Lo que ocurre con la universidad pública no es nuevo y por eso es necesario conocer nuestra historia, recuperar esas memorias. Y en esta dirección Mercedes Depino -docente, historiadora y participante de la comisión que recuperó los legajos de los estudiantes desaparecidos de la Facultad de Sociales de la UBA- propone: “La memoria siempre está presente. Lo que hay que hacer es resistir lo más que se pueda y juntar fuerzas para hacerle frente a este gobierno”.

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