Pasadas las ocho y cuarto de la noche, Carmen espera en la vereda frente a la panadería La Catalana en Avenida Corrientes al 5400. En su rostro se dibuja algo más profundo que la simple espera: el contorno de una paciencia cultivada. No le molesta, como a la mayoría de los porteños, ver el tiempo deslizarse en vano antes de recibir lo suyo. No se escuda detrás del celular para acelerar el minuto: quizás no tiene, o simplemente la espera ya no es una irritación, sino una geografía conocida. Ella es paciente oncológica, aunque lo esconde “para evitar la victimización”. Trabajar no puede por su condición, pero cumple con lo mínimo, aferrándose al hilo de la obra social que le permite el Hospital Naval, cerca del Parque Centenario, a pocas cuadras de su casa.
Después de tantas consultas médicas y tratamientos prolongados, que son guerras internas, Carmen desarrolló una paciencia incansable. Quizás por eso es la primera en llegar a las puertas de la panadería que reparte las migajas del mercado, las sobras del día.
La abundancia de la escasez
Adentro del local, Vanesa lleva la cofia negra y el delantal del mismo color, a pesar de que la harina de la jornada agrisa su uniforme. Trabaja hace casi 3 años en La Catalana. Aunque el local esté por cerrar y la dueña esté presente, se toma un momento para explicar que el contexto económico del país ha vuelto esta escena en la vereda una congregación cada vez más densa: “Las personas que vienen son adultos muy mayores, no pueden o no consiguen trabajo”.
La crisis económica y la caída del consumo golpean también el corazón del rubro. Esta misma semana se realizó un “panazo” en la localidad de Merlo con el fin de visibilizar la agonía de miles de panaderías. En el último año y medio cerraron 14.000 panaderías en todo el país. En Buenos Aires las ventas cayeron un 50%, según Martín Pintos del Centro de Industriales Panaderos de la provincia. El consumo de este alimento, el más básico, podría leerse como un termómetro de la pobreza. Sin embargo, los datos del Gobierno insisten en que durante su gestión 12 millones de argentinos dejaron de ser pobres. La calle es un espejo quebrado y lo contradice; Vanesa con su delantal sucio, también.

A pesar de la hora, algunos clientes entran al local y las vitrinas espejadas que guardan el pan se siguen vaciando. Ellos probablemente no lo tengan en cuenta, pero cuanto más compren, más profundo será el hueco en el canasto de los que esperan afuera. El deseo del grupo que aguarda en la vereda es colectivo: que dejen de llegar compradores o que, al menos, elijan productos más elaborados como porciones de torta o masitas secas. Cosas tan caras que no se regalan aunque sobren.
La mayoría de los días, Vanesa se encarga de sacar los canastos con pan a la vereda, pero “cuando no hay, no hay”. Las personas lo entienden, aunque es una situación “fea” decirles que no quedó. Por lo general, se comunica esta noticia con señas a través del vidrio, un gesto mudo que les ahorra dar la cara a la desidia.
Jubilaciones a la baja
El denominador común de quienes esperan son las canas. Unas diez cabecitas blancas charlan entre ellas del barrio, sus alquileres y de otras personas que suelen asistir a la congregación vespertina de La Catalana. Este universo de personas se encuentran dentro de las más afectadas por los recortes del gasto público en los casi dos años de gestión Milei: de acuerdo con un informe realizado por el Mirador de Actualidad del Trabajo y la Economía, la jubilación media real cayó un 23%. Según la fundación EFORO, en los últimos 12 años, la jubilación mínima promedio perdió aproximadamente el 50% de su valor real, un ancla hundida.
“Pasé hace un rato y como no vi a nadie, pensé que no había pan”, le dice otra señora a Carmen que espera paciente. Paciente de cáncer, paciente de pan. Otros dos comedores populares del barrio completan su dieta semanal. Sin eso “no tengo nada”, susurra. La semana pasada gastó $110.000 en suplementos porque los estudios le dieron mal: bajos de vitaminas, bajos de hierro. Parece difícil esperar otros resultados si la alimentación se basa principalmente en el pan, rico en carbohidratos, pobre en todo lo demás.
Los medicamentos como los que consume Carmen —y de los que dependen millones de jubilados también— comenzaron a ser algo casi inalcanzable, una quimera médica, para esta población. De acuerdo al informe del Centro de Economía Política Argentina (CEPA), a partir de las medidas implementadas por la actual administración del PAMI, desde noviembre del 2023 hasta abril del 2025, el costo de los medicamentos aumentó en promedio un 394% contra el 185% de incremento de las jubilaciones.
Son casi las 21, y aunque charlen entre sí para distraerse, nadie le quita el ojo a lo que sucede en el interior del comercio. Cada tanto se interrumpen solo para decir: “Ahí viene el pan, ahí viene el pan”. Estos viejitos ven con los ojos de un niño cómo cargan las canastas que en minutos saldrán a la vereda. El nivel de expectativas podría dejar a Papá Noel como un simple barbudo de rojo al lado del interés que generan unos cientos gramos de pan, salvo que Santa lleve en su bolsa un poco de este alimento. Pero, ¿qué personas piden pan para Navidad? Probablemente más de la creemos.

Pan para hoy…
Vanesa tiene en sus manos un canasto lleno mientras otra panadera carga con otro un poco más vacío. El grupo se prepara: inflan el plástico de sus bolsas y las sacuden para hacerlas más espaciosas, abriendo un hueco en la escasez. Todos se paran. Un segundo de retraso significa la resta, el pan que no llega a la mesa.
La dueña de La Catalana abre las puertas para dejar salir a sus empleadas cargadas. Apenas pasan el umbral, ellas gritan que las dejen para poder apoyar los canastos en unos banquitos de concreto redondos que el Gobierno de la Ciudad construyó tiempo atrás. De saber para qué se usan ahora, probablemente querrían removerlos. La vehemencia de las panaderas al pedir espacio anticipa la tensión que vendrá una vez que apoyen los canastos y se corran para no ser arrolladas.
En menos de una décima, los canastos están vacíos. Algunas bolsas se hinchan; otras no tanto. A nadie parece importarle el pan que agarró la persona que tienen al lado. La camaradería, ese tenue lazo que los une todas las noches por casi una hora, se borra en el instante de la ofrenda. Tampoco hace falta pedir permiso, como si estuviera implícita la norma de supervivencia que dice que obstruir a otro no corresponde, y que lo más democrático es que todos puedan agarrar, todo lo que puedan. La ley del más rápido: meritocracia panificada.
No siempre es amigable esta secuencia. Hubo peleas y tirones de pelo en varias oportunidades. Cuando pasan esas cosas, la dueña de la panadería decide dejar de repartir por un tiempo. “La ligamos todos”, resume una señora que parece la más mayor de todas y la que menos pan levantó con sus manos. Eso pasó en otro comercio que está a tres cuadras, pero dejó de entregar las sobras de manera definitiva. Nadie quiere que eso suceda en la gentil y benéfica La Catalana.
Cuando los canastos quedan vacíos, ya no se miran a los ojos. Apenas se saludan. Es como si se desconocieran o si el pan les hubiese borrado la memoria previa a esos instantes: un breve pero intenso olvido colectivo. Algunas bolsas están muy llenas, otras no tanto. Carmen llegó a agarrar unos doce panes. ¿Le alcanzan? No importa, ella emprende su viaje hacia el lado del Parque Centenario donde los compartirá con su hermana y sus dos sobrinos. “No tengo expectativa de mejora”, murmura. Será por el peso de su enfermedad, o por la cifra de la economía, pero la esperanza está ausente. Con ese fraseo tan amargo y honesto se retira a paso lento por la avenida Corrientes, llevando la única certeza de la noche.
Mabel se queda un rato más. Tiene 72 años y nada de apuro. Es jubilada, aunque su realidad es radicalmente distinta. “Gracias a Dios yo estoy bien”, dice. Su cabellera teñida de rubio, las calzas Nike rosas y su musculosa verde flúor firman la evidencia de esa distancia. Ella es clienta de la panadería, compra lo que necesita ahí, pero cuando sale del gimnasio pasa a buscar pan para su vecina que tiene hijos chiquitos y no puede acercarse todas las noches a esperar bajo la noche de Villa Crespo. Aunque llovizne, Mabel intenta llevarle algo a la madre de los pequeños, no tiene problema en ir porque le queda de camino. No lo hace por ella, lo hace por otros. Un concepto milenario, la solidaridad, tan básico como el pan, y cada vez más en desuso. Son las 21:15. En la vereda no queda nadie. Las empleadas de la panadería ya salieron por la puerta de servicio. Solo la dueña del local que apaga de a poco las luces. En la vereda se percibe un olor que siempre estuvo ahí, un invitado silencioso, solo que el grupo quería ignorar. Un contenedor de basura emana un aroma hostil, químico, para cualquier humano. Está a pocos metros de la puerta de La Catalana. Antes de que pase el camión encargado de retirarlo, el tacho es saqueado varias veces, como si escondiera algún tesoro olvidado. Casi todos los que se sumergen en él salen con las manos vacías y sucias. Sucias de basura, sucias de realidad. Pocas manos encuentran restos de comida y elementos que posteriormente podrán vender. Una hora en la calle es la métrica suficiente para percibir una economía que empuja cada vez a más personas a sobrevivir de lo que sobra.






