Desde sus aulas, este bachillerato popular —fundado en 2011 y reconocido oficialmente en 2020— sostiene una experiencia pedagógica única en América Latina, dado que es una escuela donde el amor, la militancia y la educación se entrelazan para cambiar vidas.
Como expresó Lucía Fuster, una de las integrantes principales de la comisión directiva de la Mocha Celis, a El Grito del Sur: “Lo primero que se ve en las estudiantes es que llegan con la guardia muy en alto, y el primer desafío es que se permitan confiar, que puedan volver a jugar, a tener algo liviano en su vida cotidiana”.
De esta forma, caminar por los pasillos de la Mocha Celis, ubicada en pleno barrio de Almagro, es entrar a un espacio de comunidad viva. En las aulas se escuchan risas, se ven murales con colores que gritan orgullo, se presentan representaciones esperanzadoras como los cuadros de la misma Mocha Celis y Lohana Berkins, fundadoras del bachiller, y se respira esa energía colectiva que se construye desde el abrazo. Por ello, las historias de vida de quienes llegan al bachillerato se mezclan con las de quienes enseñan, formando así una red solidaria que sostiene sueños y resistencias.
La referente nos contó conmovida cómo, a través de los años, les estudiantes han transformado su forma de habitar el mundo. Entre mates, cuadernos y debates, aparecen las ganas de proyectar y pensar en un futuro posible: “En general, les estudiantes viven muy con la urgencia, pero de a poco, con la temporalidad de los cursos, pueden poner un horizonte a los años, y eso es muy gratificante”, afirmó Fuster.

Entonces ese horizonte, que antes era impensado para muches, hoy se llena de metas concretas tales como terminar el secundario, iniciar una carrera universitaria, conseguir un empleo digno o, simplemente, sentirse parte de un espacio donde ser une misme no implique justificarse ni ser discriminado. De hecho, hoy en día, la institución cuenta con alrededor de 250 egresades efectivos con título en mano.
Por tal razón de existir es que el corazón de la Mocha late con los valores de su nombre. Fundada en honor a la travesti tucumana asesinada en los ´90, Mocha Celis, y a la militante Lohana Berkins, el bachillerato encarna una historia de justicia, memoria y reparación. Fuster recordó con cariño: “Lohana eligió que la escuela se llame Mocha Celis porque Mocha no había podido terminar la secundaria. Cada egresada que obtiene su título es una forma de vencer al sistema que la excluyó”. Es en ese sentido que les estudiantes se comprometen con la lucha política de su comunidad porque se inspiran y motivan de la rebeldía, que Celis supo demostrar. Cada año se conmemora su cumpleaños politizando su muerte y recordando que la educación popular también es una forma de resistir a la adversidad.
En consecuencia, los principios que refuerzan son claros: la educación como derecho, la comunidad como refugio y la identidad como bandera. A partir de esto, la escuela se inscribió en la tradición de los movimientos populares, feministas y de los derechos humanos. Sin embargo, también fueron pioneros ya que fue un espacio pensado desde y para las personas travestis y trans, donde cada aula es un acto político de afecto y reconocimiento. Allí, las interseccionalidades no evocan una palabra teórica, sino que va más allá de eso evidenciando que son resultados de prácticas cotidianas. Por ende, en un mundo de creciente violencia institucional y discursos de odio, el trabajo de la Mocha Celis se vuelve aún más imprescindible. “Estamos todo el tiempo creando e inventando estrategias para resistir”, relató Lucía con fuerza porque, ante un Estado ausente, la organización se transforma en sostén de contención y esperanza.

Finalmente, entre tantas urgencias, sus sueños siguen vivos. “Soñamos con tener un hogar para personas mayores travestis y trans, con tener un edificio propio, con que haya travestis en la Cámara de Diputados, con crecer, estar en otros territorios y seguir haciendo muchas mochas en todo el país”, remarcó Lucia con satisfacción. Estos sueños no son utopías sino proyectos colectivos que, día a día, van construyendo desde las aulas, desde la calle y desde el amor.
Todo ello porque la Mocha Celis no solo enseña a leer, escribir o sumar. Más bien instruye a vivir con dignidad, a reconocerse en el espejo y a saberse parte de una historia que aún se escribe. Como dicen en el bachillerato: ser mocha es ser comunidad, memoria y revolución.





