Salud mental en los jóvenes: un problema que va más allá de lo individual

😰 En el Día Mundial de la Salud Mental, la ansiedad y el estrés son parte de la vida diaria de una generación que crece entre la inestabilidad laboral y la incertidumbre económica.
10/10/2025

Según la OMS, una de cada cuatro personas atravesará un problema de salud mental a lo largo de su vida. En el Día Mundial de la Salud Mental, la ansiedad y el estrés son parte de la vida diaria de una generación que crece entre la inestabilidad laboral y la incertidumbre económica. La salud mental está atravesada no solo por la situación económica, sino también por el desgaste de lo cotidiano como la dificultad de sostener vínculos, proyectos y cierta sensación de bienestar.

“El concepto de salud mental como la capacidad de trabajar, amar y crear es un desafío para los jóvenes”, explica la psicoanalista y psiquiatra Alejandra Gómez, de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA). “Tienen que insertarse en una sociedad cambiante, hostil y promotora de grandes incertidumbres”.

Gómez advierte que los jóvenes atraviesan un malestar que va más allá de lo individual. Habla de un trauma colectivo marcado por las crisis, la desigualdad y la pérdida de confianza en los otros, algo que genera desamparo y vacía de sentido la vida cotidiana. La especialista señala que el malestar psíquico no se reduce a los consultorios, sino que se despliega en la calle, en las redes y en la vida diaria. La ansiedad, dice, es hoy la forma en que se expresa una época saturada de exigencias y carente de certezas.

En el Día de la Salud Mental, la ansiedad no es solamente un diagnóstico, es una forma de vida impuesta por la precariedad. Ser joven hoy implica moverse en un mundo donde nada parece durar mucho: los contratos, los precios, los vínculos, las promesas. La estabilidad se volvió un lujo y la incertidumbre, una constante.

“La falta de trabajo y de oportunidades puede entenderse como trauma social”, plantea Alejandra Gómez. Y agrega: “Genera desesperanza, descreimiento en la formación profesional y en la realización laboral. E incluso migraciones, búsquedas de otros horizontes y otras culturas para trabajar, estimulados muchas veces por las redes sociales que ensalzan el dinero rápido o el éxito fácil”.

En esa búsqueda de sostenerse, muchos jóvenes conviven con la ansiedad como un ruido de fondo permanente. No solo por el miedo al desempleo, sino también por las condiciones de los trabajos que sí existen, los cuales son temporales, inestables, mal pagos o hiperexigentes. “El estrés que generan estas condiciones tiene repercusiones tanto físicas como psicológicas”, relata Joaquín Fernández, licenciado en psicología. “Aparecen el insomnio, la fatiga, los dolores de cabeza, y también la sensación de no ser suficiente, de frustración e incertidumbre”. El cuerpo se convierte en el primer lugar donde aparece la precariedad, ya que no se descansa y se vive en alerta. 

Gómez enmarca esta problemática dentro de un fenómeno más amplio: “Existen actualmente situaciones sociales que funcionan como experiencias colectivas generadoras de trauma como crisis económicas, desigualdades, discursos de odio y corrupción que atraviesan comunidades enteras, desorganizan los lazos y erosionan la confianza en las instituciones”. Estas fracturas sociales producen un desamparo generalizado, un vacío de sentido que puede expresarse en adicciones, impulsiones, ansiedad desorganizante o depresiones.

La precariedad laboral, la inflación y la sensación de futuro suspendido forman parte de esa trama. La incertidumbre se filtra en lo más cotidiano, el cuerpo que no descansa, la mente que no se apaga y la angustia que no encuentra lugar. La ansiedad, más que un problema individual, se vuelve el síntoma visible de un trauma compartido.

En este escenario, las pantallas y la tecnología refuerzan aquel malestar. “Si bien aportan herramientas valiosas, pueden producir paulatinamente una dependencia del mundo virtual”, advierte Gómez. “El exceso de vida online puede generar aislamiento social, pérdida de placer y ansiedad. El circuito de recompensa que estimulan las pantallas, como la rapidez, la novedad y los clics, comienza a desplazar el mundo del pensamiento y la reflexión”.

En esa hiperconexión permanente, donde todo sucede a la vez y nada alcanza, el cuerpo y la mente quedan atrapados entre la exigencia y el cansancio. Detrás de la idea de control que promueven las pantallas, se encubre cansancio y dependencia. Como dice la especialista, el desafío de la salud mental hoy no pasa solo por la psicoterapia o la medicación, sino por repensar los vínculos, los lazos y las condiciones de vida que hacen posible el bienestar.

Frente a una sociedad donde todo parece urgente, cuidar la salud mental también es aprender a hacer una pausa, mirar alrededor y poder apoyarse en otros.

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