Al infinito y más allá: la Argentina que soñó el espacio

🛰️ Del ratón Belisario al ARSAT: cómo el país que alguna vez quiso conquistar el cielo hoy pelea por no volver al subsuelo.
18/11/2025

Cuando el ratón Belisario fue lanzado al espacio dentro de un cohete argentino en 1967, nadie imaginaba que ese vuelo de apenas unos minutos marcaría el nacimiento de la aventura espacial nacional. En plena Guerra Fría, mientras Estados Unidos y la Unión Soviética se disputaban la Luna, un grupo de científicos en La Rioja mostraba que el sur también podía mirar hacia arriba. Era un gesto de soberanía tecnológica, pero también una declaración de principios: la Argentina podía construir su propio camino hacia el cielo.

Medio siglo después, esa historia —hecha de sueños, ingenio y trabajo estatal— sobrevive con lo justo. Entre el ajuste, los despidos y el vaciamiento de organismos de ciencia, la continuidad del proyecto espacial argentino está en riesgo. Lo que alguna vez fue orgullo nacional hoy resiste con ingenieras y técnicos que trabajan a pulmón, defendiendo el conocimiento como quien defiende la patria.

Belisario, primer astronauta patrio

Primero voló un ratón

En los años 60, desde la base de Chamical, La Rioja, Argentina lanzaba cohetes sonda construidos íntegramente en el país. En 1967, Belisario, un pequeño ratón blanco y cordobés, se convirtió en el primer ser vivo argentino en viajar al espacio y regresar con vida. Le siguieron la rata Dalila y el mono Juan. No eran curiosidades: formaban parte del Proyecto BIO, impulsado por el Instituto de Investigaciones Aeronáuticas y Espaciales (IIAE) y el Comité Nacional de Investigaciones Espaciales (CNIE).

Entre 1969 y 1974, Argentina realizó más de 200 lanzamientos suborbitales con los cohetes Orión, Castor y Rigel, desarrollados localmente. Fue una época dorada para la ciencia aplicada: cientos de ingenieros, técnicos y militares participaron de los programas, y el Centro Espacial de Chamical se convirtió en uno de los más avanzados de América Latina.

Pero el impulso se perdió entre dictaduras, desfinanciamiento y falta de continuidad. La historia espacial argentina empezó mirando al cielo y terminó chocando con el proyecto colonial para nuestra tierra.

Cohete Castor fabricado en Argentina en Base Chamical, La Rioja

ARSAT e INVAP: la soberanía en órbita

La revancha llegó recién en el siglo XXI, de la mano de Néstor y Cristina Kirchner. Con una decisión política inédita, se creó la empresa estatal ARSAT, encargada de desarrollar satélites de telecomunicaciones nacionales junto a INVAP, orgullo científico rionegrino.

En 2014 se lanzó el ARSAT-1, primer satélite geoestacionario fabricado en el país, y un año después, el ARSAT-2. Fue un hito continental: Argentina se convirtió en el primer país del hemisferio sur en tener satélites propios de telecomunicaciones. Su operación permitió mejorar la conectividad en zonas rurales y reducir la dependencia de empresas extranjeras. Más de 600 ingenieros y técnicos argentinos trabajaron en su construcción, generando empleo calificado y fortaleciendo un polo científico-industrial en la Patagonia.

Como nos comentaba Ezequiel Mc Govern, responsable de Innovación IT en ARSAT: “El objetivo para el que se creó se sigue cumpliendo a pesar de los deseos del gobierno actual. Gracias a ello, más de 1200 pequeños proveedores de internet pueden dar banda ancha en lugares que estaban abandonados por los proveedores mayoritarios. El tener una red moderna, cobertura de todo el país y un servicio de Nube propio permite desarrollar proyectos con manejo de gran cantidad de datos y con el servicio de IoT Satelital poder relevar datos en tiempo real en cualquier lugar del territorio nacional”.

La historia cambió de rumbo en 2015. Durante el gobierno de Mauricio Macri, se recortaron los fondos de ARSAT, se paralizó el proyecto del ARSAT-3 y se intentó privatizar parte de la empresa mediante un acuerdo con la estadounidense Hughes Network Systems. La resistencia de trabajadores y especialistas frenó el avance. Hoy, bajo el gobierno de Javier Milei, el panorama es aún más crítico: ajuste presupuestario, recorte de la CONAE y parálisis en INVAP. Ciencia de primera, pero con presupuesto de tercera.

Despegue del ARSAT

“Lo principal es la pérdida de personal calificado, más de 20 meses con una pérdida salarial del 55% es insostenible y hemos perdido el 25% del personal. Los créditos internacionales están retenidos y el BCRA no los deja utilizar imposibilitando el pago al exterior, sin eso no hay proyecto que avance y produce un envejecimiento de la infraestructura y de los proyectos que llegan con desventajas competitivas. Si en 2017 el ARSAT-3 estaba en órbita, seriamos unos de los primeros que hubieran dado banda ancha satelital en el hemisferio sur”, cerró Mc Govern.

El Plan Nacional: cuando el Estado mira hacia arriba

La Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE), creada en 1991 durante la presidencia de Carlos Menem, fue una excepción dentro del vendaval privatizador: una política de Estado que sobrevivió a todos los gobiernos, aunque con heridas. De su trabajo surgió el Plan Espacial Nacional, una hoja de ruta que integró ciencia, industria y educación pública.

Los satélites SAC (Satélites de Aplicaciones Científicas) fueron su primera gran contribución. El SAC-B (1996) estudió rayos X del espacio junto a la NASA; el SAC-A (1998), lanzado por el transbordador Endeavour, permitió probar cámaras y sistemas de navegación argentinos; el SAC-C (2000), desarrollado junto a Estados Unidos, Italia, Brasil y Dinamarca, midió el campo magnético terrestre y variables climáticas; y el SAC-D/Aquarius (2011) fue una joya científica mundial: midió la salinidad de los océanos y permitió estudiar el cambio climático.

Cada proyecto movilizó más de 900 profesionales y proveedores nacionales, con un impacto directo en empleo, innovación y formación de especialistas.

Satélite SAOCOM

SAOCOM: satélites que ven lo que el ojo no puede

Las misiones SAOCOM 1A (2018) y SAOCOM 1B (2020) marcaron una nueva etapa. Diseñadas por CONAE e INVAP junto a la Agencia Espacial Italiana, utilizan un radar SAR capaz de obtener imágenes incluso de noche o bajo nubes. Sus aplicaciones son concretas: detección de humedad en suelos para mejorar la producción agrícola, monitoreo de inundaciones, incendios y desplazamientos del terreno.

El impacto fue inmediato. Productores del INTA y organismos públicos acceden a información satelital en tiempo real que antes solo podían comprarle a empresas extranjeras. Cada satélite generó más de 900 puestos de trabajo calificado durante su desarrollo y montaje.

Nanosatélites: el nuevo impulso argentino

En paralelo con los grandes satélites estatales, universidades y startups nacionales comenzaron a construir una nueva era del espacio argentino: la de los nanosatélites y CubeSats, pequeñas naves del tamaño de una caja de zapatos que democratizan el acceso al cosmos.

La historia universitaria en el espacio comenzó en 2007, cuando docentes y estudiantes de la Universidad Nacional del Comahue lanzaron el Pehuensat-1, el primer satélite universitario argentino. El pequeño artefacto, construido con materiales locales y lanzado desde India, marcó un antes y un después: demostró que el conocimiento científico del país podía alcanzar la órbita sin depender de grandes presupuestos.

Esa semilla siguió germinando. En 2025, la Universidad Tecnológica Nacional (UTN) lanzó el Proyecto CUBESAT UTN, un concurso federal que convocó a estudiantes de todas sus regionales a diseñar cargas útiles basadas en el estándar CubeSat. En la primera etapa se presentaron 33 equipos de 17 facultades regionales, una experiencia inédita que busca articular ciencia, ingeniería y creatividad para formar a la próxima generación de especialistas en tecnología espacial.

A la vez, la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) avanza con el desarrollo del USAT I, un nanosatélite de 3 U (unos 4 kg) diseñado, fabricado y testeado en su Facultad de Ingeniería con apoyo de la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE) y la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA). El proyecto, declarado de interés nacional por el Ministerio de Ciencia y Tecnología, se encuentra en su etapa final de integración y su lanzamiento está previsto para los próximos meses.

Pero el trabajo platense no se detiene ahí. En colaboración con la UNSAM, la UBA, la CNEA, el Instituto Argentino de Radioastronomía (IAR) y la empresa estatal VENG S.A., la UNLP también participa del desarrollo de ATENEA, un CubeSat de 12 U que será lanzado junto a la misión Artemis II de la NASA. Si se concreta, Argentina se convertirá en uno de los pocos países de América Latina con un satélite propio participando en una misión lunar.

Estos proyectos demuestran que la nueva generación espacial argentina ya no se limita a los laboratorios estatales: hoy también se cocina en las aulas, en los talleres de ingeniería y en los laboratorios universitarios. Pero hay un denominador común que se repite: sin presupuesto ni continuidad, corren el riesgo de quedar en el limbo de las buenas ideas.

El salto al escenario global vino de la mano del sector privado, con la empresa Satellogic, fundada en 2010 por el físico argentino Emiliano Kargieman. En poco más de una década, la compañía logró lo que parecía imposible: desplegar más de 30 satélites en órbita baja, construidos en gran parte en Argentina y Uruguay, y ofrecer servicios de observación terrestre a más de 15 países.

Satellogic se convirtió en la primera empresa argentina en cotizar en Wall Street, y en 2022 recibió una inversión de 150 millones de dólares del fondo Liberty Strategic Capital, dirigido por el ex secretario del Tesoro de Estados Unidos, Steven Mnuchin. Su objetivo es ambicioso: “mapear toda la superficie terrestre con alta resolución, todos los días”.

La empresa genera más de 400 empleos calificados entre Argentina, Uruguay y España, y firmó acuerdos de cooperación con la NASA, el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y distintos gobiernos para el monitoreo ambiental, agrícola y urbano. Desde su base de operaciones en Córdoba y su planta de ensamblaje en Montevideo, Satellogic exporta datos geoespaciales que hoy utilizan organismos públicos y privados en todo el mundo.

Esa visión resume el espíritu de esta etapa. Desde el Pehuensat-1 hasta la constelación de Satellogic, pasando por los nanosatélites universitarios, la Argentina sigue mirando al cielo. Lo que falta no es talento ni tecnología: es voluntad política para sostener en el tiempo una política espacial que combine innovación, soberanía y futuro.

Por qué invertir en el espacio

Invertir en tecnología espacial no es un lujo, es una necesidad. Cada peso que se destina a satélites, radares o software espacial vuelve multiplicado: en empleos, innovación y soberanía. Hoy, el sector aeroespacial argentino sostiene más de 2.500 empleos directos, involucra a unas 80 pymes proveedoras y exporta servicios por más de 100 millones de dólares al año. En otras palabras: no es ciencia ficción, es política económica.

Hablando de los beneficios de la industria, Ezequiel Mc Govern nos decía: “Siempre recalcamos que la extensión que tiene nuestro país es muy grande y la comunicación satelital nos permite integrar todo el territorio. Si no lo hacíamos con nuestros satélites deberíamos contratar los servicios en el exterior gastando dolares que siempre faltan, generando ahorro de divisas, que los buques se comuniquen, los pueblos aislados puedan tener una comunicación fluida, el control de fronteras hecho con comunicaciones propias, el servicio de Televisión Digital vía satélite en todo el país y la integración del territorio antártico creando en los hechos una Argentina bicontinental”.

La ciencia espacial impacta en la vida cotidiana: mejora la conectividad, previene catástrofes, asiste al campo y refuerza la defensa nacional. Pero todo eso depende de una palabra que el actual gobierno convirtió en mala palabra: Estado. 

Argentina tiene una tradición científica que supo ser orgullo nacional. Pero sin continuidad, todo se convierte en nostalgia. El país que lanzó a Belisario no puede resignarse a ver cómo se desfinancia su propio talento. Cuando un país deja de mirar al cielo, empieza a perder también la capacidad de imaginar su futuro.

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