El suroeste porteño —ese rincón silenciado de la Ciudad de Buenos Aires que muchos evitan mirar de frente— guarda historias, que resuenan con el peso de décadas de abandono, esperanza, hambre, lucha y resiliencia. Allí late el Bajo Flores, un territorio de casas bajas, calles humildes y vidas que se entrelazan contra viento y marea. Entre sus avenidas, que son la Perito Moreno, Balbastro, Varela y Castañares, se respira distinto. El aire tiene un espesor propio: mezcla de humo de leña, guiso que hierve desde temprano en los comedores, tierra húmeda que se levanta con el viento, y el olor persistente del trabajo que nunca alcanza.
En su corazón se encuentra el barrio Padre Rodolfo Ricciardelli —el nombre oficial de lo que el resto del país todavía llama “la villa 1-11-14”—, uno de los asentamientos más grandes de Buenos Aires. Pero, a su vez, también se encuentran otros conglomerados de sub-barrios como los Presidente Rivadavia I y II, el Presidente Illia, el Juan XIII y el Coreano.
Cualquiera que camine por esos conjuntos de barrios sabe que acá la vida se palpita de otra manera. Con dolor, sí, pero también con una fuerza que no permite apagarse. El Bajo es un murmullo constante: un niño que corre descalzo; las madres que despiertan a sus hijos para llevarlos al comedor; el pregón de los vendedores ambulantes; el grito del fútbol que se juega en las canchitas y la cumbia que atraviesa los pasillos. Todo convive. Todo vibra.
Ahora bien, cuando se mira más profundo -muy por debajo de lo que muestran los titulares-, aparece una cruel verdad. El Bajo Flores no es una nota roja ni un punto caliente en el mapa policial. Más bien se trata de un territorio atravesado por las migraciones, la pobreza estructural, las luchas comunitarias, dictaduras, estigmatizaciones, la fe, organizaciones vecinales y una memoria que se rehace todos los días con las manos de quienes viven acá.

Entre esas manos, sobre todo las de las mujeres, quienes sostienen todo: ollas, comedores, familias, pasillos, amistades, ausencias, dolores y réplicas del pasado. Por eso esta crónica se hunde en sus voces, en particular de dos referentes ineludibles: Carolina Giménez, del Comedor San Francisco de Asís; y Ana María “Titina” Moreira, histórica referente del barrio. Ellas no solo alimentan a su gente. La abrazan. La cuidan. La contienen. La mantienen firme cuando la ciudad la empuja hacia el borde. Esta es la historia del Bajo Flores contado desde su lucha.
El bañado que nadie miraba
Mucho antes de que Buenos Aires creciera hacia el suroeste, el Bajo Flores era un bañado olvidado. Lagunas, pantanos, terrenos húmedos donde se tiraba la basura. Un margen. Un descampado. Un afuera. Sin embargo, a comienzos del siglo XX, el territorio se fue transformando lentamente ya que, en los años 20, el basural a cielo abierto se convirtió en el principal vertedero porteño, lo que permitió que dejara de ser solo un terreno inundable y pasara a ser un territorio de vida espuria y frágil, en construcción.
Desde allí empezaron a aparecer los primeros asentamientos. Eran migrantes internos, familias correntinas, santiagueñas, formoseñas que huían del hambre. Con la crisis del ’30, la zona creció. Se levantaron paredes de ladrillos, casillas de madera, techos de chapa y pisos de tierra. Con el correr del tiempo, fueron emergiendo tres villas: la 1, la 11 y la 14. Durante las décadas siguientes, esas tres villas crecieron, se expandieron, se entrelazaron. A medida que pasaban los años, la línea divisoria entre la 1, la 11 y la 14 se fue borrando.
No obstante, el barrio cargó con otra herida irreparable. Fue la erradicación forzada durante la última dictadura. Bajo el mando del intendente Cacciatore, la policía y las cuadrillas municipales arrancaron de cuajo casas enteras. Marcaban viviendas del Barrio Rivadavia con cuadrados negros para identificar qué debía destruirse. A veces obligaban a las propias familias a demoler su hogar. No hay en la memoria colectiva del barrio una humillación más profunda. Aun así, el barrio resistió. No se desarmó. No desapareció. Porque cuando el Estado intenta arrancar raíces, la comunidad vuelve a sembrar.
Migración, memoria y devoción
En los ’80 y ’90 llegó una ola nueva. En esta ocasión la migración era de países vecinos: principalmente boliviana, paraguaya y peruana. Ellos trajeron su cultura, sus costumbres, su comida, su trabajo, su música. Las calles se llenaron de morenadas, caporales, tinkus, carnavales que vibraban incluso de noche. El barrio tomó otra forma. Una de más color, más ruido y, en especial, más fe.
La Iglesia Madre del Pueblo, guiada por el padre Rodolfo Ricciardelli, se convirtió en un pilar esencial. Consistió en un espacio de lucha contra la violencia institucional. Un lugar donde la espiritualidad se mezclaba con lo político y lo social, donde la fe se hacía organización. Ricciardelli no expulsaba a nadie. No juzgaba ni etiquetaba. Él solo caminaba por el barrio, escuchaba, se embarraba los zapatos y armaba redes entre todos. Esa memoria lo atraviesa todo, incluso hasta hoy.

Herida y nacimiento
Por otra parte, el 2010 marcó una cicatriz profunda debido a la toma del Parque Indoamericano. Un conflicto que empezó por la falta de vivienda y terminó en muerte, represión, discursos de odio y abandono estatal. Aunque, de esa tragedia, nació algo nuevo.
Entre las personas que participaron estaba Carolina Giménez, quien recuerda ese momento con una claridad que todavía la sacude. Sus palabras son contundentes: “El comedor nació allá por el 2011, luego de la gran toma del Parque Indoamericano, que fue algo muy polémico por todos lados”. Y continúa: “Muchas mujeres que estábamos ahí, que éramos madres solteras, que criaban a sus hijos solas, dijimos que ‘tendríamos que organizarnos y ver cómo seguir adelante con los pibes’”. “Nos retiramos con las manos vacías, porque todas las promesas del Gobierno de la Ciudad no fueron cumplidas”.
El comedor nació de esa derrota. Del vacío. De la urgencia absoluta. Carolina lo cuenta sin adornos: “Así arrancó todo. Cocinamos, buscamos un lugar y ahí arrancamos de vuelta. Y de a poco fue creciendo”. Mujeres. Un galpón. Una olla. Y un barrio entero con hambre.
El comedor San Francisco de Asís, donde se sostiene la vida
Hoy ese comedor alimenta a cientos de personas por semana. Pero su rol va mucho más allá de la comida. Es un espacio de escucha, de contención, de refugio ante la violencia, de acceso a ropa, de apoyo para quienes sufren depresión, para quienes no tienen trabajo, para quienes no duermen.
Carolina lo explica sin vueltas: “Hoy la necesidad económica está creciendo, hasta gente de afuera viene a buscar una ayuda. Jubilados, gente de provincia”. Los vecinos lo confirman diariamente: “La venta es muy poco. No vendemos como antes”. La actividad cartonera, fundamental en la zona, se desplomó: “El tema cartonero se devaluó un montón porque ya no tiene valor”.
Mientras tanto, la inseguridad y el narcomenudeo se llevan a los más jóvenes: “Es doloroso ver a los chicos que antes venían al comedor, hoy ya están o robando en la esquina o son soldaditos de la droga”. Carolina hace una pausa, respira y dice: “Acá, en el barrio, no hay un espacio de contención para los adolescentes. Es muy poco lo que se ofrece”. Por lo tanto en su comedor, entonces, todo se vuelve urgente y primordial.

Titina: la mujer que le ganó terreno al pozo
Si el barrio tuviera que escribir una enciclopedia de sus mujeres, Ana María “Titina” Moreira ocuparía el primer capítulo. Ella arribó antes de que existieran calles pavimentadas, antes de que se levantaran muchas de las casas que hoy forman parte de la manzana. Lo cuenta como si relatara una historia que hubiera vivido ayer: “Acá me conocen por Titina y yo empecé en el 95. Dos manzanas nuevas hicimos. La 9A y la 9B. Empezamos a trabajar acá, porque había un pozo grandísimo”.
Ella le ganó a ese pozo. Con pala, barro y trabajo comunitario. Sigue: “Empecé a poner el merendero y después empecé con el comedor. El comedor no es del gobierno. Yo soy la señora del barrio”. Lo dice con dignidad. Sin pedir aplausos. Titina no se autopercibe referente. Sencillamente lo es. “Yo nunca me quedé con nada. Yo sigo acá, tengo mi comedor, no tengo nada más”.
Ayudó a construir viviendas, participó en la Comisión de Vivienda, caminó cada pasillo, vio nacer y morir generaciones. “Yo ayudé a mucha gente. Hice vivienda. Trabajé con la policía, con delegados, con todos”. Su comedor es puro corazón, entrega y esencia.
Las mujeres como columna vertebral del Bajo Flores
Al Bajo Flores lo sostienen, principalmente, ellas. Las mujeres que cocinan sin saber si mañana habrá para llenar la olla. Las que acompañan a pibes perdidos en el consumo. Las que hacen los trámites, llevan a los niños y abuelos a sus residencias, aguantan con sus comedores, habilitan una oreja y contienen la angustia.
Carolina lo resume así: “El comedor no solo se trata de comida. Se trata de charlas, de ver cómo vive una mujer, cómo vive un pibe, de ayudar a los abuelos”. Ellas construyen colectividad donde el Estado falla. Ellas inventan futuro donde no hay.
Los problemas que ahogan
Carolina aporta un dato que explica mucho: “La demanda de alquiler fue creciendo totalmente. El barrio se llenó, explota mal”. La crisis habitacional estalló. El hacinamiento aumentó y los alquileres informales se dispararon. A la par, las familias, incluso las que tienen trabajo, no llegan a fin de mes: “Por más que tengan dos o tres trabajos, el dinero no alcanza”. Otra vivencia es que el desgaste emocional es colectivo: “Los vecinos ya están cansados, agotados, con dolores de cabeza y nervios”.
Cultura, fútbol, fe y organización
El barrio no es solo dolor. También es celebración, música, baile. El club San Lorenzo, la Orquesta Villera, los talleres culturales, la iglesia que abre sus puertas incluso de noche, los cursos de apoyo escolar, las danzas bolivianas, las murgas del carnaval, son las resistencias culturales frente al discurso que solo lo reduce a violencia.
En síntesis, el Bajo Flores es muchas cosas. Podemos decir que es historia, heridas y luchas. Al mismo tiempo trata de fe, contradicciones, lastimaduras y abrazos. Pero, ante todo, existe como un territorio donde la dignidad no se negocia porque el barrio se levanta todos los días no por milagro, no por política pública, sino por la fuerza de sus mujeres, comedores y el resto de su población.





