El resultado electoral del domingo pasado volvió a repetir una escena ya conocida: las encuestas fallaron. Y, en lo que parecía un escenario improbable -luego de las elecciones del 7 de septiembre en la provincia de Buenos Aires y en un clima de creciente repudio a la represión y al ajuste de Javier Milei-, La Libertad Avanza terminó imponiéndose en las urnas. Más allá de la coyuntura y del voto vergonzante, lo que queda en evidencia es la debilidad de un paradigma que insiste en leer “lo político” únicamente en términos de opinión pública.
Roberto Bacman, director de la consultora CEOP, lo explica de la siguiente forma: “Las encuestas no son el oráculo de Delfos. Son apenas un instrumento precario que mide tendencias, atravesado por errores y silencios”. Pero el problema no es sólo metodológico: Bacman menciona cuestiones como la prohibición de difundir datos en los últimos diez días, los márgenes de error y la diversidad de metodologías. Además hay un componente fundamentalmente conceptual, que es pensar a la política como una suma de opiniones.
Podría decirse que esto es un mal de época: vivimos en la era de las redes sociales y los algoritmos, tiempos en los que se supone que toda experiencia social puede ser comunicada, registrada y convertida en dato. El paradigma de la comunicabilidad absoluta atraviesa tanto a la política como al mercado: todo puede transformarse en número, en estadística, en valor. Pero es claro que lo político -en su dimensión conflictiva, contradictoria y a veces inconfesable- desborda cualquier encuesta. Por ejemplo, Bacman señala que muchos votantes falsean una elección ya tomada como “indecisión” frente al encuestador. Ese ocultamiento no es casual, es una muestra de esa faceta de la política que no es transparente, que no se confiesa fácilmente. Así las encuestas capturan apenas un reflejo parcial de lo social, buscando coherencia y linealidad en un terreno que es, por definición, inestable. En este punto entran en juego las lecturas de los datos, las interpretaciones sobre las tensiones subterráneas y las contradicciones que definieron, finalmente, la elección.
Así se constituyó el voto vergonzante. Con personas que critican la represión a jubilados, el vaciamiento de la salud o el ajuste universitario, pero que en una negociación íntima entre enojos, falta de horizontes y campañas de miedo terminaron votando por el mismo espacio que impulsa esas políticas. Y lo hicieron en silencio, sin admitirlo frente a encuestadores o en sus propios círculos.
La experiencia del domingo muestra que no alcanza con contar opiniones para comprender lo político. Porque las encuestas ofrecen tendencias, sí, pero confundirlas con la verdad equivale a reducir lo social a un campo de enunciados explícitos, negando la opacidad propia de “lo que sucede en el cuarto oscuro”. El triunfo de Milei, sostenido en parte por el voto vergonzante y la campaña del miedo, no fue previsto porque esos fenómenos no aparecen directamente en el registro estadístico.
Por eso el dato necesita ser leído desde una perspectiva crítica que reconozca sus propios límites. Quizás el desafío, más que reclamar encuestas más “precisas”, sea abandonar la ilusión de que el termómetro pueda reemplazar a la comprensión profunda de lo social. Porque si la política siempre desborda, la tarea no es medirla mejor, sino pensarla más allá del número.





