El crimen que el barrio calló
La madrugada del 22 de febrero de 1977, en plena dictadura cívico-militar, seis personas (cuatro hombres y dos mujeres) fueron fusiladas contra el paredón contiguo a la puerta 19 del estadio de Racing, en Avellaneda. No hubo comunicado oficial, no hubo partes de guerra en los diarios, no hubo versión de “enfrentamiento” como en tantos otros casos de la zona sur del conurbano: hubo tiros, hubo cuerpos y después hubo silencio.
Los vecinos recordaron la sangre en la vereda al día siguiente, las sirenas, el movimiento inusual alrededor de la cancha. Pero la noticia nunca circuló. Quedó encapsulada en el barrio, como un secreto que todos conocen pero nadie escribe. Eso (ese agujero de información en plena maquinaria represiva) es lo que el documental «Los fusilados de Racing», de Rodolfo Petriz, viene a interpelar.
El film, que tendrá una función única el próximo 16 de noviembre a las 20 horas en el Cine Gaumont, sala 1, con entrada a precios populares y presencia del director, parte de una constatación incómoda: si hubo fusilados, si hubo tiros, si hubo cuerpos, ¿por qué no hubo noticia? ¿Qué hace que un crimen de la dictadura quede cuarenta años en la sombra, mientras otros son rápidamente inscriptos en la categoría de “operativo antisubversivo”? Petriz sostiene que lo de Racing fue un fusilamiento fraguado más (una modalidad muy usada en Avellaneda en 1976-77 para “blanquear” detenidos-desaparecidos sacados de los centros clandestinos), pero con una particularidad: no se exhibió públicamente. Ese detalle, que parece menor, es el que convierte al caso en un objeto cinematográfico: hay que salir a buscarlo, hay que armarlo, hay que demostrar qué pasó.
La película reconstruye cómo el tema volvió a escena recién en 2017, cuando una nota periodística de Micaela Polak reunió testimonios, referencias barriales y un primer acceso a legajos de la Dirección de Inteligencia de la Policía de la Provincia de Buenos Aires (DIPPBA). Ese artículo fue el disparador del proyecto. “Leí la nota y sentí que ahí había una historia que no estaba contada. Quise ir más lejos de lo que ya se había investigado”, cuenta Petriz en las entrevistas previas al estreno. A partir de entonces, el equipo rastreó documentación en archivos de memoria, trabajó con la Comisión Provincial por la Memoria y sumó el aporte del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), que venía estudiando los enterramientos como NN en el cementerio de Avellaneda. El film muestra incluso el método con el que los investigadores dividieron el terreno en cuadrículas (“como si fuera una batalla naval”, dice el director) para tratar de establecer dónde pudieron haber ido a parar esos cuerpos.
Lo interesante es que Petriz no se limita a decir “esto sucedió”: muestra cómo se llega a saber qué sucedió. Hay entrevistas con vecinos que oyeron los disparos, hay tomas actuales del paredón del Cilindro, hay lectura de documentos que nunca habían sido filmados, hay una puesta en escena que tiene algo de policial: una pista lleva a otra, un nombre lleva a otro, un dato de 1977 aparece recién en un expediente del año 2016, y recién ahí alguien se anima a ir a la Justicia. La película cuenta también esa segunda historia: la de una investigación que se hizo demasiado tarde, pero que igual decide hacerse.
El documental dialoga, además, con lo que está pasando en el propio club. En marzo de 2025, hinchas, socios y organizaciones de derechos humanos inauguraron en Avellaneda un mural que recuerda a “los fusilados de Racing” y que se inscribe en una línea de trabajo del club que incluye la restitución simbólica de carnets a socios desaparecidos. “Hoy Racing es un club más justo”, dijo entonces el periodista e hincha Julián Scher. Esa escena de memoria popular (el club como lugar de reparación) es el contexto perfecto para una película que demuestra que la represión también atravesó los espacios del fútbol.
Una memoria que resiste
Si algo logra “Los fusilados de Racing” es sacar la dictadura de los lugares donde la memoria ya está “resuelta” (la ESMA, los centros clandestinos emblemáticos, los vuelos de la muerte) y volver a ponerla en el territorio, en las esquinas, en los clubes, en las pensiones de juveniles, en los cementerios municipales. Petriz insiste en las entrevistas en que “hay mucho de los crímenes de la dictadura que todavía no sabemos” y que, incluso con archivos abiertos, siguen apareciendo casos. El film lo prueba: era posible que una ejecución múltiple a metros de un estadio de Primera División pasara cuarenta años sin justicia y casi sin nombre.
La película también deja claro que no se trata solo de reconstruir el pasado sino de discutir el presente. Petriz dice que cuando empezó a filmar no imaginó que iba a estrenar en “un contexto como el actual”, aludiendo a un clima de relativización, banalización o directamente negación estatal de los crímenes de la dictadura. En ese marco, cada pieza que demuestra que el terrorismo de Estado fue sistemático, extendido y también barrial se vuelve políticamente más valiosa. El documental no es una elegía: es una intervención.

Otra capa que vuelve más potente al film es su forma. Hay recorrido espacial (la puerta 19, el paredón, la pensión, el cementerio), hay archivo periodístico, hay audios de radio, hay fragmentos de la denuncia presentada en 2020, hay proyecciones en lugares con fuerte carga simbólica, como la Secretaría de Derechos Humanos de Avellaneda o la Comisión Provincial por la Memoria. Esa circulación previa al Gaumont muestra que la película nació con voluntad de diálogo: no es un documental para ver solo, sino para después conversar con quienes vivieron en la zona, con militantes de derechos humanos, con hinchas de Racing que quizá habían oído la historia de segunda mano.
¿Por qué importa?
Importa porque devuelve nombre y circunstancias a personas que fueron reducidas a siglas policiales y, después, a la nada. Importa porque confirma que en Avellaneda (una zona con altísima densidad industrial, sindical y militante) la dictadura ensayó una modalidad particular: sacar detenidos de los centros clandestinos, fusilarlos en la vía pública y, según el caso, difundir o no el operativo. Importa porque muestra que el fútbol no fue un territorio inocente: hubo canchas usadas como centros de detención, hubo clubes con socios desaparecidos, hubo dirigentes que colaboraron y hubo hinchas que hoy quieren contar esa historia. Importa porque recuerda que los archivos (papeles grises, fichas policiales, planos de cementerio) pueden, décadas después, convertirse en la prueba que estaba faltando. E importa, finalmente, porque llega en un momento de retroceso: cuando el discurso público se corre hacia la negación, una película demuestra pacientemente, plano a plano, que el terrorismo de Estado mató a seis personas y escondió sus cuerpos.
Por eso “Los fusilados de Racing” no es solo la crónica de una masacre desconocida; es también la radiografía de cómo se construye la memoria en la Argentina: con un vecino que se anima a hablar cuarenta años después, con una periodista que hace notas, con un documentalista que decide seguir el rastro, con organismos que sostienen los archivos pese al desfinanciamiento, con un club que levanta un mural y restituye carnets, con una sala pública (el Gaumont) que abre las puertas para una única función. En esa cadena se vuelve visible algo que la dictadura quiso que quedara en la oscuridad. Y ahí está la mayor potencia periodística y cinematográfica de la película: hace ver lo que estaba a la vista, pero nadie había contado.





