Es viernes 31 de octubre y son las tres y media de la tarde. Debajo del puente de la Autopista Héctor Cámpora, sobre la calle Lacarra al 2900, se encuentra Fidelia Cruz Julguera, integrante del movimiento Barrios de Pie y una de las referentes más activas del lugar. Vive hace más de veinte años en el barrio, aunque su historia en Buenos Aires empezó mucho antes, en Mataderos, cuando llegó desde Bolivia buscando un futuro más estable para sus hijos. “Vine con la esperanza de tener una casa propia, de criar a mis hijos sin preocuparme por la lluvia o por la comida. Hoy seguimos luchando por eso”, dice mientras camina por las calles angostas que corren entre la autopista y el barrio.
A nuestro paso, se ven casas de material mezcladas con otras aún precarias. “Todo esto antes era un basural”, explica. “De a poco fuimos levantando nuestras casas, con ayuda entre vecinos. Nadie nos regaló nada”.
El Barrio Los Piletones se encuentra ubicado entre las calles Lacarra, Barros Pazos, la proyección de la calle Asturias y el Lago Soldati, en el barrio de Villa Soldati, comuna 8 de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. En el año 1986 se asentaron las primeras familias, en una antigua quema de basura. La denominación del barrio refiere a que antiguamente en su interior existían piletones que funcionaban como contenedores de agua de lluvia. Es decir, el barrio nació sobre un antiguo relleno sanitario. Con el paso de los años, fue creciendo hacia las orillas del lago Soldati, un lago artificial que hoy se convirtió en una de las principales fuentes de preocupación. “Cada vez que llueve fuerte, se desborda todo —dice Fidelia—. El agua entra a las casas, se mezcla con la cloaca, y queda ese olor horrible”.
Los Piletones creció sin planificación ni servicios básicos. Lo que empezó como un asentamiento improvisado fue extendiéndose con la llegada de más familias que construyeron sus hogares sobre terrenos sin urbanizar. Sin calles pavimentadas en su gran mayoría, sin tendidos eléctricos adecuados, sin redes de agua potable y sin acceso al gas natural, la supervivencia se sostiene gracias al esfuerzo colectivo.

Hoy el barrio cuenta con una red de instituciones y organizaciones, entre las cuales se pueden mencionar al Grupo Comunitario San Francisco, la Asociación Civil “La Paz” Social, Cultural y Deportiva, el Centro de Día Casa Lucero, el Bachillerato Popular Sol del Sur, la Fundación Margarita Barrientos y el Grupo Comunitario La Nueva Esperanza, cuya referente es la actual presidenta barrial Mónica Ruejas. El equipamiento comunitario del barrio incluye un polo productivo, un polideportivo, un playón recreativo, dos canchas de fútbol, juegos para niños, arbolado y una pista de skate, todo esto a nivel recreativo.
Problemáticas recurrentes
Uno de los protagonistas de esta historia es el Lago Soldati. Lo que fue proyectado como un regulador pluvial terminó acumulando residuos cloacales, basura y vegetación estancada. Cuando llueve, el agua contaminada invade las calles y las viviendas cercanas. Entre animales muertos y restos de basura, el olor y las enfermedades están siempre cerca. Cientos de familias conviven con riesgos habitacionales, sanitarios y ambientales. La contaminación sigue golpeando a quienes viven cerca de la laguna. A medida que pasan los años, el lago acumula más desechos cloacales y restos de basura.
En los últimos años, el dengue se ha convertido en un problema repetido, sobre todo en el verano. La proliferación de mosquitos cerca del lago, la falta de desmalezado y la ausencia de un plan de saneamiento integral exponen a toda la población a riesgos de salud. Aunque el Gobierno de la Ciudad envió una barcaza para “recolectar residuos”, la situación no mejoró. “Una sola embarcación no soluciona décadas de contaminación”, apunta Fidelia.
En cuanto al acceso a los servicios básicos, las conexiones eléctricas son precarias y muchas no están formalizadas. Los cortes de luz son frecuentes, especialmente en verano. “A muchos vecinos se les quemaron heladeras, televisores, y hasta se incendiaron sus casas por las subidas de tensión”, relata Fidelia. Los vecinos reclaman la instalación de medidores y cableado formal, pero los avances son lentos.
El gas natural también está ausente. Las familias deben comprar garrafas, cuyo precio se ha vuelto prohibitivo. En este contexto, la cocina y la calefacción se vuelven gastos imposibles de sostener. A esto se suma la falta parcial de agua potable, debido a que el acceso depende de instalaciones artesanales o conexiones compartidas. “Necesitamos medidores de agua y cloacas en todas las casas”, insisten desde el barrio.
Desde Los Piletones reclaman además a AySA la instalación de medidores de agua y un sistema de cloacas que garantice el acceso seguro al agua potable. En varios sectores, los caños están obsoletos o directamente no existen, lo que obliga a las familias a abastecerse mediante conexiones improvisadas. “El agua llega con baja presión o directamente no sale. Cuando hay cortes, tenemos que esperar que alguien traiga bidones o llenar baldes del tanque comunitario, pero obvio que no alcanza”, explica una vecina.
El aislamiento dentro de la Ciudad
Más allá de los servicios, Los Piletones enfrenta otro problema estructural: la falta de accesibilidad. El barrio está delimitado por las calles Lacarra, Barros Pazos, la proyección de Asturias y el Lago Soldati. La autopista Héctor Cámpora lo separa del resto de la ciudad como una muralla de cemento. Solo un puñado de calles permiten el ingreso de vehículos de los propios vecinos.
En caso de incendios o emergencias médicas, la situación se vuelve crítica. “Los bomberos no pueden entrar con los camiones. Tienen que hacerlo a pie, con las mangueras al hombro o entrar desde la avenida Asturias pero tardando más tiempo en ingresar al barrio. Lo mismo pasa con las ambulancias: llegan hasta la entrada debajo de la autopista, pero no pueden avanzar. Muchas veces los vecinos tienen que contratar remises para llevar a la gente hasta el hospital”, relata Fidelia.
La apertura de calles y la liberación de espacios es uno de los puntos más importantes del proyecto de reurbanización. Implica mejorar la conectividad interna, permitir el ingreso de servicios y transporte, y eliminar las barreras físicas que mantienen al barrio aislado.

Inseguridad: otra forma de vulnerabilidad
La falta de accesibilidad también repercute en otro aspecto sensible: la seguridad. En el último tiempo, los vecinos notaron un aumento de situaciones de violencia, vinculadas en muchos casos al consumo y la venta de drogas. “Acá la inseguridad no distingue —cuenta Fidelia—. Aunque seas del barrio, igual te pueden asaltar. Pasa a cualquier hora, pero de noche se vuelve más difícil”.
A partir de los reclamos vecinales, el Gobierno de la Ciudad instaló garitas policiales y puestos de patrulla, con recorridos tanto a pie como en móviles. Si bien la presencia es reciente, los vecinos la valoran como un primer paso. “Se necesita más control y presencia constante. No queremos vivir con miedo, solo poder caminar tranquilos”, comenta otra vecina.
La sensación de inseguridad se suma a las otras precariedades: calles oscuras, zonas sin iluminación, y pasillos donde la policía casi no llega. Para muchos, garantizar la seguridad es también una forma de reurbanizar, porque sin luz, sin calles y sin servicios, la vulnerabilidad se multiplica.
El proyecto de reurbanización
El proyecto de reurbanización de Los Piletones, impulsado y elaborado por vecinos/as junto a diferentes organizaciones sociales y con el acompañamiento del Ministerio Público de Defensa, busca transformar el barrio sin desplazar a sus habitantes. Reurbanizar significa construir viviendas seguras, abrir calles, instalar redes de servicios, generar espacios verdes y garantizar la tenencia legal de los terrenos. Pero sobre todo, significa reconocer derechos.
En la parte sur del barrio, se encuentran los “nuevos complejos habitacionales” que están cercanos a la laguna. Durante la recorrida por el lugar se observa claramente intentos de construcciones de casas con paneles SIP (paneles estructurales aislados) que están sin terminar, lo que genera una peligrosidad sobre las personas que circulan por esas calles (intersección de la avenida Asturias con la calle Ana María Janer).
El movimiento Barrios de Pie acompaña estos reclamos desde hace años. Han presentado peticiones formales ante el Gobierno porteño y participado de mesas de trabajo por la integración socio-urbana. Pero las obras avanzan a un ritmo desigual: algunas manzanas tienen cloacas y luz, mientras que otras siguen esperando.
“La reurbanización no puede ser solo un plan de viviendas. Tiene que ser un proyecto integral que mejore la vida de las personas, su hábitat, su empleabilidad y su inserción social”, afirma Fidelia. La regularización dominial, la entrega de títulos de propiedad, también forma parte del proceso: brinda seguridad jurídica y la posibilidad de proyectar un futuro sin miedo al desalojo.
“Hay mucha gente que por estigma dice que no queremos trabajar o que no queremos pagar las cosas. No es así”, aclara Fidelia. “Nosotros queremos pagar, tener servicios, vivir tranquilos, que nuestros hijos crezcan sin miedo a que se les caiga el techo o se inunde la casa”.

El comedor del barrio
Entre tantas dificultades, el comedor comunitario funciona como un faro. Allí se cocina todos los días para cientos de vecinos que enfrentan problemas económicos y alimentarios. De lunes a viernes se sirven almuerzos, y los sábados, desayuno y merienda. “Viene gente de todo el barrio. Hay familias que, si no vienen al comedor, no comen. Los chicos esperan este plato de comida con ilusión”, cuenta Fidelia.
En el último tiempo, los recortes en la asistencia estatal agravaron la situación. Muchos comedores populares vieron reducidos sus recursos y tuvieron que ajustar porciones o días de atención. “Cada vez se acerca más gente, pero tenemos menos para dar. Es una contradicción dolorosa”, dice una de las voluntarias.
“Además, en el último tiempo, hay vecinos que le reclaman a otros vecinos en muchos casos en el que golpean las puertas de las casas, por si tienen algo para dar de comer”, comenta Fidelia.
Esperanza a futuro
Caminar por Los Piletones es recorrer un barrio que lucha todos los días contra la invisibilidad. Donde la pobreza no es solo una condición material, sino también una consecuencia de la indiferencia institucional. Sin embargo, entre los pasillos y los patios compartidos hay una comunidad viva, organizada y con esperanza.
La historia de Los Piletones es también la historia de una ciudad partida. Mientras en algunos barrios porteños se discute sobre bicisendas o remodelaciones, en otros todavía se pelea por tener agua y luz normalmente. “No pedimos privilegios —dice Fidelia—, queremos vivir como cualquier vecino de la ciudad, con dignidad”.
La lucha por la reurbanización continúa, porque Los Piletones no quiere ser un asentamiento olvidado: quiere ser barrio, con nombre, calles, servicios, seguridad y derechos.





