Suicidio adolescente, entre el silencio colectivo y la ausencia estatal

😢 Entre presiones sociales y pocas oportunidades a futuro, la tasa de suicidios adolescentes aumentó significativamente en la última década. El abuso de las redes sociales y la falta de políticas públicas no contribuyen a cambiar el panorama.
29/11/2025

Mientras la motosierra de Milei avanza, el ruido de su filo entra por los tímpanos gastados y llega a los cerebros limados. Con síndrome de Burnout y sin muchas posibilidades a futuro, la salud mental de la juventud argentina se ve afectada por los recortes del Gobierno. Trabajando de Rappi o de Uber, en condiciones precarizadas, las metas a futuro se difuminan frente a la satisfacción inmediata. Con exceso de responsabilidades y falta de recursos, sin propuestas laborales y con dificultades para construir una vivienda propia, en las generaciones que nacieron con redes sociales la salud mental se ve cada vez más deteriorada. 

Según un informe que publicó en su perfil de Instagram el medio La Garganta Poderosa, los intentos de suicidios adolescentes aumentaron un 25% entre 2020 y 2023 y las internaciones en hospitales públicos bonaerenses crecieron un 63% entre 2019 y 2024. “En junio de 2025 más de la mitad de las camas fueron ocupadas debido a crisis de angustia, consumo e intentos de suicidio”, declaró La Garganta. Sin embargo, el gobierno nacional quiere dejar el programa de “Apoyo y promoción de la salud mental” con apenas 48 millones de pesos, un recorte del 91,5% según ACIJ, en su análisis actual del presupuesto 2026. 

“Nosotras seguimos sosteniendo y cuidando la salud mental de las vecinas, los vecinos, los niños, las juventudes y también la nuestra porque estamos atravesadas por el mismo estrés, la misma angustia, no escapamos de esta realidad”, aportó a La Garganta Beatriz Silveira del barrio Yapeyú, en Cordoba. “Todos los días vamos viendo cómo hay que hacer para comer, de dónde sacamos plata para alimentar a nuestros hijos, no hay trabajo, cuando conseguimos una changa a veces no nos pagan como corresponde”, agregó.   

“Hay que preguntarse a qué llamamos salud mental en términos de instituciones y de redes sociales, que son las redes culturales”, explicó por su parte a El Grito del Sur la psicoterapeuta Sofía Guggiari. “Quizás podemos pensar que lo que llamamos salud mental no se refiere a la salud o enfermedad de un individuo, sino a las expresiones sociales de un pueblo determinado. Capaz la salud mental se parezca más a la cultura del pueblo que a la mirada clínica que puede tener una persona individual. En ese sentido me pregunto, de una forma estadística, si el mayor consumo de psicofármacos en la adolescencia y el acercamiento a problemáticas de salud mental no tiene que ver con que esto es un síntoma de cómo nos estamos organizando en términos sociales”, sumó.  

La situación recrudece en los barrios populares. De acuerdo con un relevamiento de CABA realizado por EPRA/ Observatorio de la deuda social- UCA, en los hogares con inseguridad alimentaria el malestar psicológico sube a un 53%, mientras que en otros baja al 22%.“La gente acá no tiene información ni acompañamiento psicológico. Cuando están bajo estrés, le cuentan sus preocupaciones a alguien de confianza: la mamá, una tía, una amiga, una hermana. Y lo mismo pasa al revés, se sostienen mutuamente. A veces eso también ocurre en la fila del comedor o con las cocineras, que generan esa confianza”, explicó en el posteo Leidy Baltazar, de la Villa 31.

Allí donde las barreras económicas son determinantes y el acceso a los servicios de salud mental resultan cada vez más restrictivos, es cuando se nota la ausencia de un Estado que, ya para 2023, tenía un presupuesto asignado a la salud mental adolescente de apenas el 0,4% del gasto total en el área. Actualmente los dispositivos son cada vez más limitados y los consultorios privados más elitistas.

“El estado actual del sistema de salud es bastante alarmante. Estamos en un momento de desinstitucionalización, desfinanciamiento y vaciamiento de los organismos públicos que brindan servicios a la comunidad. Hoy la situación es urgente, esta desfinanciación afecta de manera especial a los adolescentes que sufren la mayor fragilidad. El aumento de los padecimientos de salud mental, entre los cuales podemos mencionar estrés, ansiedad, trastornos alimenticios y en su máxima expresión el aumento de la tasa de suicidios, son el indicador del malestar que sufren los adolescentes, que se agrava por la falta de políticas públicas. La depresión es una de las presentaciones más frecuentes de ese malestar en este momento y podríamos vincularla con la falta de proyectos de vida junto con la desesperanza y la fragilidad de un mundo que está colapsado por conflictos que quedan al alcance de cualquier dispositivo electrónico”, declaró la Licenciada en Psicología Sofía Marino.

“La salud mental es un indicador muy importante para pensar cómo nos expresamos como sociedad”, declaró Guggiari. “Si aumentan la cantidad de consultas y vemos mayores estadísticas de suicidio, hay que hacerse la pregunta sobre qué está pasando. El problema está siendo nuestra falta de un destino común, la juventud está reflejando en sus expresiones anímicas y psíquicas que hay algo en nuestra manera de organizarnos que no les está haciendo bien. Los adolescentes vienen a mostrar que hay un destino común que está fallando”. 

Según publicó UNICEF en 2024, el 9% de los adolescentes de 13 a 17 años reportó sentirse deprimido y el 13% angustiado. Asimismo, el INDEC y Sedronar informaron en 2023 que el 69% de los jóvenes de 16 a 24 años consumió alcohol en el último año. El suicidio es la segunda causa de muerte en varones de 10 a 19 años. Desde 2023, se ha convertido en la primera causa de muerte en mujeres de la misma edad, superando a los tumores y los accidentes.  

“Hoy hay un consumo recreativo en alza en todos los estratos sociales. Los adolescentes de barrios populares quedan mucho más expuestos a sustancias baratas y de mala calidad, que usan para escapar de las consecuencias de su realidad. No hay plata y el consumo es cada vez más agresivo, como el paco o las pastillas con la jarra loca”, explicaron Valeria Cortina y Camila Seijas, jefa del Servicio de Salud Mental y Jefa del Servicio de Trabajo Social -respectivamente- del Hospital Dr. Eduardo Oller de Solano, que trabaja con una mirada interdisciplinaria de los trastornos de salud mental.

La generación que nació con redes sociales

El pasado 4 de noviembre Ofelia Fernández, junto con el medio Somos Corta, estrenó el documental “¿Cómo ser felíz?” sobre juventud, salud mental y redes sociales. En el mismo explica cómo desde el año 2010, con la aparición del “like” de Facebook y el aumento del uso de las redes sociales, la juventud cambió su forma de actuar y empeoró gravemente en términos de salud mental. “Después del 2010 la depresión grave en adolescentes mujeres aumenta 145% y en varones 161%”, retrata el documental. “¿Estamos peor o se volvió más normal escuchar estos pesares”, se pregunta la ex legisladora más jóven de latinoamérica.

Ansiedad, depresión, palabras que circulan. Tasas de suicidio en los adolescentes más jóvenes, que en 2010 aumentaron un 91% en varones y un 167% en mujeres. Visitas a los servicios de urgencia por autolesiones desde 2010 aumentan 48% en hombres y 188% en mujeres. 2010, el año que estalló todo. El año que sale el primer iphone con cámara frontal inaugurando el fenómeno de la selfie. Con el tiempo llegará el Fomo -el síndrome de sentir que siempre te estás perdiendo algo- y la adicción al celular. “Estar conectado es existir, más conectado estoy más existo”, continúa el film.

“Con la pandemia hubo un corte en la socialización y eso generó bastante soledad en todos los rangos etarios, pero especialmente en las adolescencias. Lo que vemos en las guardias es que los intentos de suicidios no son tanto por querer morir, sino por no poder asumir las angustias propias de la vida”, aseguró Valeria Cortina. 

“Hay un sedentarismo cognitivo, es decir que, como la inteligencia artificial nos responde todas las preguntas, nuestro cerebro empieza oxidarse, tendiendo a ser cada vez más vago. Esa es una variable que aumenta la depresión en adolescentes. A esto se suma que en las clases medias y altas los espacios de socialización son cada vez más escasos”, complementó Seijas.

Alberto Trimboli fue director nacional de Investigación de la Secretaría de Políticas de Drogas de la Nación, ⁠presidente honorario de la Asociación Argentina de Salud Mental y ex presidente de la Federación Mundial de Salud Mental. Consultado sobre qué influencia tienen las redes sociales en el aumento de la depresión juvenil en los últimos años, Alberto aseguró que, ante todo, es importante aclarar que las redes sociales, las pantallas o cualquier otro dispositivo tecnológico no generan por sí mismos una patología mental.

“Con frecuencia se supone que un joven que presenta adicción a las redes, al juego online o a las pantallas en general terminará desarrollando depresión, aislamiento o irritabilidad. Este es un error de enfoque: la problemática emocional suele ser previa, no consecuencia”, explicó Trimboli. “En otras palabras, una persona que ya está atravesando dificultades en su salud mental tiene muchas más probabilidades de desarrollar un consumo problemático que alguien que no presenta esa vulnerabilidad. Por eso, en la mayoría de los casos, la depresión antecede al uso compulsivo de redes: es causa, no efecto”.

Cuando usamos redes sociales, activamos en nuestro cerebro el sistema de recompensa que genera dopamina, el mismo que responde a la nicotina y el juego compulsivo. Para los pibes scrollear se volvió la nueva máquina tragamonedas y las apuestas online el nuevo pucho. Enfrascados en las pantallas se pierden conversaciones, vínculos, y momentos de ocio por pasar tanto tiempo con el celular. A eso se suma el peligro del grooming y el bullying, los ideales de belleza que se promueven en las redes y los filtros de Instagram que terminan incitando a realizarse las cirugías plásticas. 

“Vivimos en una sociedad de consumo, hoy intensificada por internet, las pantallas y el ecosistema digital. En este sentido, el mundo digital no solo refleja la lógica consumista: la amplifica, la redefine y la expande hacia territorios que antes permanecían relativamente protegidos, como la infancia, la intimidad o el tiempo de descanso. La llamada “cultura del like” funciona así como un nuevo dispositivo de regulación subjetiva, orientado por algoritmos de visibilidad, aprobación y recompensa inmediata”, agregó Trimboli. «Si nos centramos únicamente en las consecuencias corremos el riesgo de invisibilizar el trasfondo emocional, relacional o estructural que sostiene esa conducta: búsqueda de evasión, vacío afectivo, aislamiento social o exposición a entornos que refuerzan la competitividad y la recompensa inmediata”.

El entrevistado explicó que en nuestra sociedad estamos permanentemente expuestos a sistemas de recompensa. En el contexto actual, el juego se convierte en la interfaz de la existencia cotidiana y atraviesa casi toda actividad digital: redes sociales, videojuegos, plataformas de streaming e incluso ámbitos laborales integran dinámicas propias del juego. En este escenario, nos convertimos en mercancía, pero, cuando un adolescente atraviesa una situación emocional vulnerable, se vuelve especialmente susceptible a estos algoritmos, que no solo observan sus conductas, sino que las orientan.

“El abuso en el uso de los dispositivos electrónicos tiene un fuerte impacto en el psiquismo en pleno desarrollo, que son momentos en los que no podemos distinguir la realidad de la ficción, donde los estereotipos de belleza y los modelos de vida inalcanzables afectan la vida anímica de la población”, adhirió Sofía Marino. “El Estado debería garantizar las condiciones para el desarrollo de la vida, la promoción de espacios comunitarios y construcción colectiva. No todos contamos con los mismos recursos para hacer la vida más vivible en este momento”.

Entre criptomonedas y aplicaciones, la actual generación joven crece sin un horizonte en común. El cielo se pone negro y las crisis anímicas demuestran que se avecina una tormenta. Es responsabilidad del Estado -aunque no dé buenos augurios- crear políticas públicas que contengan a los jóvenes, especialmente a aquellos de los barrios vulnerables, que los alejen de los consumos problemáticos y los padecimientos de salud mental.

“El Estado debería impulsar transformaciones en la currícula educativa que incluyan, desde los primeros años, procesos sistemáticos de alfabetización digital. Esto implica incorporar contenidos vinculados con la ciudadanía digital, la comprensión crítica de los algoritmos, el uso responsable de las tecnologías y la protección frente a riesgos emergentes. La necesidad es urgente: los adultos no contamos hoy con las herramientas suficientes para acompañar adecuadamente a niños, niñas y adolescentes en esta nueva revolución tecnológica, donde lo digital no es un complemento de la vida cotidiana, sino uno de sus escenarios principales”, finalizó Alberto.

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